Derribando muros

Juan C. Planterio

Derribando muros en la familia

Derribando muros en la familia | Predicas Cristianas

Predicas Cristianas Lectura Bíblica: Josué 6

Texto clave: “Y cuando tocaron prolongadamente el cuerno de carnero, Josué dijo al pueblo: Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad.” (vers. 16)

Introducción

Una gran realidad es que la Palabra de Dios no fue escrita para adorno ni para entretenimiento. Fue escrita para instruirnos, para corregirnos y para transformar nuestro caminar. Y cuando abrimos la Escritura al libro de Josué capítulo seis, no estamos simplemente viendo una estrategia militar. Estamos viendo una enseñanza espiritual que apunta directamente al corazón de lo que muchos hogares hoy están viviendo.

Jericó era una ciudad amurallada. Sus muros eran altos, gruesos, impenetrables. El enemigo estaba dentro, pero el pueblo no podía avanzar porque el muro estorbaba el paso. Y si somos sinceros, lo mismo está pasando en muchos hogares. No hay lanza, no hay espada, no hay ejército contrario, pero hay muros que han detenido el amor, el diálogo, el perdón y la unidad en la familia.

¿Y sabes qué es lo más triste? Que hay cristianos que oran, que ayunan, que trabajan, que sirven, pero cuando llegan a su casa, hay frialdad. Hay distancia. Hay sospecha. Hay heridas sin sanar. Viven en el mismo techo, pero no están en el mismo espíritu. Hablan, pero no se entienden. Duermen, pero no descansan. Son familia, pero viven como extraños. Y el enemigo, al igual que en Jericó, se esconde detrás de esos muros que no se han querido derribar.

Pero Dios no nos llamó a aceptar esas ruinas como si fueran normales. Él no nos mandó a vivir en ruinas emocionales, ni a acostumbrarnos a la división como si fuera parte de la vida cristiana. No, Dios nos llamó a edificar hogares que le honren, que reflejen Su amor, y que estén firmes sobre Su Palabra.

Y así como Josué y el pueblo no podían tomar la ciudad hasta que los muros cayeran, así también tú y yo no veremos restauración en la familia hasta que no se derriben esos muros que el tiempo, el orgullo, el pecado o la falta de perdón han levantado entre nosotros.

Este estudio no es para señalar culpables, sino es para provocar una búsqueda genuina. Porque si hay algo que Dios quiere hacer, es restaurar. Él quiere sanar. Él quiere unir. Y si tú estás dispuesto, Él también lo está.

Hoy comenzamos este estudio con un solo clamor: “Señor, muéstrame los muros que estorban mi casa, y dame la fe para obedecer como Josué, para que Tu poder haga lo que yo no puedo hacer.”

Vamos a la Palabra.

I. Derribando muros invisibles que dividen la familia

Cuando hablamos de “muros”, la mente enseguida piensa en algo físico, visible, concreto. Pero los muros que más daño hacen en la familia no son los de ladrillo. Son los del alma. Son los que se levantan sin ruido, sin aviso, sin que nadie los note al principio… pero que terminan separando corazones que Dios había unido.

Jericó estaba cerrada. No por el ejército enemigo. No por falta de poder. Estaba cerrada por un muro. Y eso es lo que sucede también hoy. Hay hogares donde no hay violencia ni infidelidad. No hay pleitos abiertos ni amenazas. Pero hay un muro. Y mientras ese muro esté en pie, no habrá restauración.

a. Un hogar puede estar junto… pero dividido

En Josué 6:1 la palabra de Dios nos dice: “Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cerrada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía.”

El pueblo estaba listo. La promesa estaba hecha. Pero el muro impedía el paso. En muchos hogares, Dios ya ha dado promesas. Ya ha hablado. Ya ha movido corazones. Pero el muro sigue ahí. Nadie entra. Nadie sale. Todos juntos, pero cada uno en su mundo. Y eso no es comunión. Es encierro.

Cristo no murió para que vivamos atrapados tras paredes de indiferencia. Él vino a romper toda división. Como dice Efesios 2:14: “Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación.”

Y si Él puede derribar el muro entre el pecador y Dios, ¿cómo no podrá derribar el que hay entre padre e hijo, entre esposo y esposa, entre hermanos en la fe?

b. La rutina puede levantar muros sin darnos cuenta

Muchos hogares dejan que lo cotidiano reemplace lo eterno. Se habla de cuentas, de trabajos, de tareas… pero ya no se habla con el alma. Ya no se ora juntos. Ya no se abren las Escrituras como familia. Y así, sin darnos cuenta, la familia se convierte en compañeros de agenda, no en compañeros de pacto.

Salomón advirtió esto cuando escribió: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero…” (Eclesiastés 4:9-10a)

Pero ¿cómo vamos a levantar al otro si ya ni lo vemos? ¿Cómo sabremos que ha caído si ya no escuchamos su voz ni conocemos su carga? Donde no hay comunión, el muro crece.

c. Obedecer a Dios derriba lo que la fuerza no puede

Lo que derribó los muros de Jericó no fue la fuerza. No fue una táctica militar. Fue obediencia. Fue fe. Fue escuchar a Dios cuando no se entendía el plan. Y en la familia, eso sigue siendo cierto.

Josué 6:20 lo declara con poder: “Entonces el pueblo gritó, y los sacerdotes tocaron las bocinas; y aconteció que cuando el pueblo oyó el sonido de la bocina, gritó con gran vocerío, y el muro se derrumbó; el pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, y la tomaron.”

¿Ves lo que pasó? El muro cayó… y entonces el pueblo pudo avanzar. Así también en el hogar. El muro del orgullo, del silencio, de la falta de perdón, tiene que caer primero. Solo entonces comenzará la restauración.

Según el Blue Letter Bible, la palabra hebrea para “muralla” usada en Josué 6:20 es chowmah (Strong’s H2346), que implica una fortaleza o defensa que protege algo dentro. Pero también revela que aquello que se protege… se aísla. Y si en la familia usamos muros para protegernos del dolor, terminamos también aislándonos del amor.

Y ahora, la pregunta no puede esperar: ¿Qué muro estás tolerando en tu casa? ¿Qué estructura invisible está estorbando el mover del Espíritu en tu familia? Si hoy escuchas la voz de Dios, no la endurezcas. Porque lo que no derribas hoy… mañana te detendrá. Pero si hay fe, si hay obediencia, si hay disposición, entonces también tú verás muros caer.

II. Derribando Muros que el pecado levanta dentro del hogar

Dios puede bendecir un hogar sencillo. Puede prosperar una familia que enfrenta necesidad. Puede glorificarse incluso en medio del dolor. Pero hay algo que el Señor no pasará por alto: el pecado oculto que se tolera como si fuera parte del paisaje. Cuando se deja entrar al pecado y no se trata, se levanta un muro. Y ese muro separa la casa de la bendición.

a. Cuando el pecado se ignora, el muro crece en silencio

No todo muro se forma con actos violentos. Algunos se levantan con decisiones pequeñas, repetidas en secreto, y nunca confesadas. Se mira lo indebido. Se habla sin control. Se guarda rencor. Se tolera la mentira. Y aunque no haya consecuencias inmediatas, algo empieza a cerrarse. Algo se enfría. El Espíritu ya no fluye igual. La paz se ausenta. Y la familia entera lo siente… aunque nadie lo diga.

Proverbios 28:13 lo declara con fuerza: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

La falta de confesión, el orgullo que impide reconocer la falla, es una muralla espiritual. Y mientras no se derribe con arrepentimiento, la familia caminará con peso… aunque por fuera todo luzca en orden.

b. El pecado no confesado afecta a todos en la casa

Muchos creen que si fallan “en secreto” no dañan a nadie. Pero el pecado nunca es una ofensa privada. Aún cuando se comete en lo oculto, afecta la atmósfera espiritual de la casa. El enemigo no necesita permiso para atacar cuando encuentra puertas abiertas por el pecado.

Así ocurrió con Acán. Un solo hombre pecó, pero toda la congregación sufrió derrota. Y cuando Josué oró buscando respuestas, Dios fue claro: “Israel ha pecado… y han tomado del anatema, y también han hurtado, han mentido, y aún lo han guardado entre sus enseres.” (Josué 7:11)

Un solo acto deshonesto levantó un muro entre el pueblo y la victoria. Y en el hogar, pasa igual. Un solo hábito escondido. Una sola mentira sin confesar. Un solo rencor alimentado en silencio… puede abrir la puerta a la derrota.

c. Solo la limpieza del corazón puede derribar ese muro

Los muros del pecado no se derriban con promesas vacías. No caen con emociones. Caen con confesión. Con arrepentimiento genuino. Con decisión firme de apartarse. Porque donde hay limpieza, hay restauración. Y donde hay restauración, el muro se derrumba.

David lo entendió cuando clamó en el Salmo 32:5: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado.”

Eso es lo que derriba muros: confesión. No excusas. No justificaciones. Una confesión hecha con quebranto. Una boca que se abre. Un alma que se rinde. Y cuando eso ocurre, la gracia entra como río, limpia la casa, y empieza el verdadero proceso de derribando muros que han dividido a la familia.

Hermano, hermana… si hay pecado tolerado, no lo justifiques. No lo maquilles con actividades religiosas. No uses el servicio para esconder la desobediencia. Dios ve. Dios conoce. Pero también Dios perdona. Y si hoy tú decides tratar ese muro como Él manda, entonces Él mismo lo derribará.

III. Derribando muros que se levantan cuando no caminamos en el mismo espíritu

Puede que vivan en la misma casa, pero no por eso caminan en la misma dirección. El verdadero peligro no está en dormir bajo el mismo techo, sino en vivir con corazones desconectados. Cuando cada uno busca su propia voluntad, cuando no hay una visión común, cuando no hay acuerdo espiritual, los muros se levantan y la unidad de la familia se resquebraja.

a. Dos no caminan juntos si no hay acuerdo

Amós 3:3 lo plantea con una pregunta sencilla, pero directa: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?”

La respuesta es obvia: no. No se puede caminar juntos si cada uno quiere ir por su propio camino. Y ese es el problema en muchos hogares hoy. No hay acuerdo en la visión. No hay acuerdo en las prioridades. Uno quiere servir a Dios con todo, el otro prefiere la comodidad. Uno quiere orar, el otro solo critica. Uno quiere edificar, el otro solo señala. Y así, ladrillo a ladrillo, el muro crece.

No basta con estar casados. No basta con compartir apellido. Si no hay unidad espiritual, no hay verdadero caminar. Y donde no hay caminar, tampoco hay crecimiento.

b. El desacuerdo constante desgasta y divide

No todos los desacuerdos son pecado. Pero cuando se convierten en patrón, cuando se discute más de lo que se ora, cuando se critica más de lo que se anima, se crea un ambiente tóxico. Y en ese ambiente, el amor se enfría, la fe se debilita, y la convivencia se torna pesada.

Romanos 15:5-6 nos da una meta clara para el hogar cristiano: “Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.”

Ese “unánimes” no es algo que se da por accidente. Se cultiva. Se busca. Se protege. Requiere humildad. Requiere diálogo. Requiere madurez. Y si no se procura, el muro del desacuerdo permanente se levanta… y se vuelve difícil de romper.

c. La unidad en el Espíritu derriba cualquier muro invisible

Aquí es donde todo comienza a cambiar. Cuando el Espíritu de Dios gobierna el corazón de cada miembro de la casa, entonces hay unidad que no depende del temperamento, ni de las opiniones, ni del pasado. Es una unidad que nace de caminar bajo un mismo Señor, con un mismo propósito, y con una misma fe.

La palabra griega para “unidad” en Efesios 4:3 es henotes (Strong’s G1775), y según Blue Letter Bible, significa: “estado de ser uno; armonía interior que produce paz duradera.” Y eso es lo que necesitamos: no solo acuerdos prácticos, sino armonía espiritual. Porque donde hay verdadera unidad, no hay muro que resista. Puede que el enemigo intente separar, pero no encontrará grietas por donde entrar. Porque el Espíritu ha sellado esa casa con Su presencia.

Efesios 4:3 nos exhorta: “solicitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”

Hermano, hermana… si quieres comenzar derribando muros en la familia, empieza por buscar la unidad espiritual. No te conformes con la rutina. No toleres un cristianismo dividido. Pídele a Dios que los alinee. Que los una. Que les dé un mismo sentir. Porque cuando la familia camina en el Espíritu, camina sin muros.

IV. Derribando muros que se levantan cuando falta el perdón genuino

Si hay algo que impide la restauración de la familia, es un corazón que no sabe perdonar. El rencor puede guardarse en silencio, pero su efecto se nota. Una casa donde no fluye el perdón se enfría, se endurece, se distancia. El amor puede estar, pero enterrado. Y si no se perdona, no se avanza. Porque derribando muros no es solo cuestión de palabras bonitas. Es cuestión de rendición al Espíritu Santo.

a. El perdón superficial no derriba, solo disfraza

Decir “ya pasó” no significa que sanó. Decir “estamos bien” no significa que el muro cayó. A veces lo que llamamos paz, es solo maquillaje. Es solo apariencia. Es tolerancia disfrazada de perdón. Pero el perdón verdadero no oculta. Sana. No maquilla. Restaura.

Proverbios 28:13 declara: “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Eso aplica también a las relaciones rotas. Porque cuando el perdón no es real, el muro sigue ahí. Quizás con pintura. Quizás con cortesía. Pero sigue separando. Y la familia no fue diseñada para vivir con muros disfrazados de diplomacia.

b. El perdón retenido encadena al que no lo da

Muchos creen que retener el perdón es castigar al otro. Pero el verdadero cautivo es el que no perdona. Su corazón se envenena. Su gozo se apaga. Su comunión con Dios se interrumpe. El otro puede haber seguido adelante… pero el que no suelta la ofensa sigue atado al pasado.

Jesús advirtió con claridad en Mateo 6:15: “Mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.”

No perdonar es romper el canal por donde fluye la gracia. No es solo un asunto emocional. Es espiritual. Es rebelión contra la cruz. Porque quien ha sido perdonado tanto, no tiene derecho de retener lo que ha recibido por gracia.

c. El perdón verdadero reconstruye lo que el pecado quebró

Cuando el perdón es genuino, el muro se cae. No con fuerza humana, sino con el poder del amor de Cristo. El corazón se libera. El ambiente cambia. Las lágrimas fluyen. El Espíritu se mueve. Y lo que parecía irreparable, comienza a sanar.

Efesios 4:32 lo dice así: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”

Este es el modelo: no perdonamos porque el otro lo merece. Perdonamos porque hemos sido perdonados en la cruz. El que recuerda su propia deuda delante de Dios, no puede seguir levantando paredes de rencor contra su hermano.

Hermano, hermana… si hay un muro en tu hogar que lleva por nombre “falta de perdón”, hoy es el día para derribarlo. No con tus fuerzas. No con argumentos. Sino con la gracia que has recibido. Porque si Cristo destruyó el muro que nos separaba del Padre, también puede ayudarte a seguir derribando muros en la familia, para que Su paz reine donde antes había dolor.

V. Derribando muros cuando la autoridad en el hogar ha sido desplazada

En muchos hogares cristianos se habla de orden, se ora por dirección, y se desea bendición. Pero si somos sinceros, hay algo que se ha ido perdiendo, casi sin darnos cuenta. Y eso es la autoridad espiritual dentro del hogar. No hablo de control, ni de rigidez, ni de imponer. Hablo de la autoridad que fluye del temor de Dios, de la obediencia a Su Palabra y del ejemplo piadoso que moldea a los hijos, guía a la esposa, y honra al Señor.

En Jericó, nada sucedía hasta que Josué hablaba. El pueblo no marchaba hasta que se daba la orden. El grito de victoria no vino cuando cada uno quiso, sino cuando Josué dijo: “Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad” (Josué 6:16). Eso no fue arrogancia, fue liderazgo ungido. Fue obediencia a lo que Dios había mandado. Y esa figura, aunque en otro contexto, nos muestra lo que se ha perdido en muchos hogares: una voz que instruya con la Palabra, que reprenda con amor, que dirija con humildad y que inspire a todos a buscar a Dios.

a. El muro de la pasividad espiritual

Uno de los muros más peligrosos que se levanta sin hacer ruido, es el de la pasividad. Padres que no oran con sus hijos. Maridos que no abren la Biblia con su esposa. Familias que solo oran en los alimentos, pero no se sientan juntos a buscar a Dios. Y cuando eso pasa, el enemigo encuentra terreno libre para sembrar división, confusión y frialdad.

Dice la Escritura: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:6-7)

Dios no le dijo eso a un pastor, ni a un profeta. Se lo dijo a todo padre creyente. Porque el altar de la casa no debe estar apagado. Y si dejamos que ese muro crezca, la familia comenzará a ser guiada por opiniones, por emociones, o por la cultura, pero no por la Palabra.

b. El muro de la inversión de roles

En otros casos, el problema no es la ausencia de autoridad, sino el desorden de ella. El esposo no guía. La esposa toma decisiones espirituales sola. Los hijos hacen lo que quieren. Nadie sabe a quién escuchar. Y en ese caos disfrazado de modernidad, la familia pierde el rumbo.

Pablo fue claro al hablar del orden divino: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo.” (1 Corintios 11:3)

Esto no tiene nada que ver con superioridad ni con machismo. Tiene que ver con diseño, con honra, con propósito. Cuando ese orden se quiebra, el enemigo aprovecha. Y el muro se levanta. Porque cuando no hay una voz espiritual firme, todo lo demás se convierte en ruido.

c. El muro de la autoridad sin testimonio

Hay quienes sí hablan, sí corrigen, sí instruyen. Pero sus palabras no pesan, porque su testimonio no las respalda. Exigen oración, pero no oran. Corrigen el pecado, pero toleran el suyo. Hablan de amor, pero viven con amargura. Y cuando eso pasa, los hijos se endurecen, la esposa se retrae, y el respeto se pierde.

Proverbios 20:7 lo dice con sabiduría: “Camina en su integridad el justo; sus hijos son dichosos después de él.”

Lo que transforma no es solo la palabra, es la coherencia. Un padre que ora, una madre que ama, un líder que sirve, una familia que ve a Cristo en el diario vivir… eso derriba muros. Eso abre el corazón de los hijos. Eso restaura lo que se había perdido. Porque donde hay integridad, hay autoridad. Y donde hay autoridad con testimonio, hay poder de restauración.

Cuando Josué habló, el pueblo escuchó. Cuando obedecieron, el muro cayó. Y en tu casa, si permites que el Señor restaure tu voz, tu rol, tu testimonio… también caerán los muros. Porque no hay autoridad más fuerte que la que se ejerce bajo el señorío de Cristo.

Conclusión

Cuando caen los muros, Dios edifica de nuevo

Dios no llamó a su pueblo a dar vueltas por Jericó para entretenerlos. Lo hizo para enseñarles que hay victorias que no se ganan con fuerza, sino con obediencia. Que hay promesas que no se heredan por talento, sino por fe. Y que hay muros que no se derriban con manos humanas, sino con el poder de su Palabra.

Hoy, muchos hogares están dando vueltas alrededor de sus propias ruinas. Luchando, esforzándose, haciendo todo lo que saben… pero sin resultados. Y el Señor sigue esperando que dejemos de depender de lo nuestro, para hacer lo que Él ya prometió hacer.

“Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas.” 2 Corintios 10:4

Ese verso no fue escrito para un ejército, fue escrito para creyentes que están peleando batallas invisibles. Para esposos que ya no saben cómo restaurar el diálogo. Para hijos que crecieron viendo muros de amargura en casa. Para familias que saben que algo está mal, pero no saben por dónde empezar.

Hermano, hermana, la voz de Dios sigue siendo la misma. No necesitas una estrategia nueva. No necesitas esperar a que el otro cambie. Necesitas obedecer. Necesitas dar la vuelta que Dios te pidió. Necesitas derribar ese muro en oración. Gritar en fe. Creer que Él puede restaurar lo que tú ya diste por perdido.

Dios no quiere familias rotas. Él quiere hogares santos. Él no quiere casas funcionales. Quiere casas que le glorifiquen. Pero eso no sucede sin guerra espiritual. No sucede sin humildad. No sucede sin lágrimas en el altar.

Y ahora te pregunto, con toda claridad:

¿Estás dispuesto a comenzar hoy el proceso de derribando muros en tu casa?

¿Estás listo para ser el primero en romper el silencio, en pedir perdón, en restaurar el altar, en volver a amar como Cristo?

Dios está listo. Su Espíritu está llamando. Y si hoy decides responder, no solo verás muros caer… verás a la familia restaurarse para la gloria de Dios.

Porque el mismo Dios que hizo caer las murallas de Jericó, también puede reconstruir el amor que parecía perdido.

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Juan C. Planterio

Siervo de Jesucristo y amante de la palabra de Dios. Me gusta compartir los mensajes que el Espíritu Santo me inspira a escribir.

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