Estudios Biblicos
CAPÍTULO 11: (Estudio 11A) El Gran Tema de la Fe
Estudio Bíblico de la epístola a los Hebreos
Así comienza el esperado capítulo 11 de este inigualable libro de los Hebreos:
1 “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. 2 “Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos”. 3 “Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”.
Cuando el autor llega a esta parte de su libro y nos ofrece todo un capítulo para hablar de la fe, es como estar en presencia del cierre de un ciclo de lo que nos ha venido hablando. Una de las palabras que más usamos en nuestro diario andar como hijos de Dios, es la “fe”.
Son apenas dos letras, las que nos ayudan a vivir y es ella, la que finalmente determina el destino que tendrá nuestra alma. La forma cómo se define la fe, pone de manifiesto que ella trabaja en el campo netamente de lo espiritual, por lo que se nos va a decir más adelante, que todo lo que no proviene de fe es pecado.
Una bendición saber lo que puede hacer la fe
Mis amados hermanos, es una bendición saber lo que puede hacer la fe. De una manera muy breve el autor nos habla de la naturaleza de la fe, el honor que va asociado con ella y cómo los hombres han podido lograr grandes cosas a través de la fe.
El último versículo del capítulo anterior nos dejó claro, de cómo la fe está basada en la promesa divina, cuando el autor nos dijo: “Pero nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma” (vers. 39).
La certeza de la fe está basada en las promesas divinas, siendo ésta una de las más importantes. Por otro lado, la fe es “la convicción de lo que no se ve”. Hay una esperanza en la realidad de lo que no se ve, pero tenemos la convicción de que sí estará allí.
De igual manera, la fe es la manera como ella se presta para honrar a los hombres del Antiguo Testamento, cuyas vidas y ejemplos estuvieron rodeados de actos, proezas y desafíos que solo fueron posible a través de una vida de fe. La fe de ellos les hizo alcanzar buen testimonio, pero su fe siempre estuvo basada en la fidelidad de Dios. Y el autor también nos dice que es través de la fe, que podemos llegar a entender la existencia de todo lo creado.
Mis amados, los hombres que creen en esa tonta teoría de que el mundo vino de la nada a través del “big bang”, y que luego ha ido evolucionando, han tratado de poner a un lado la fe. Pero los hombres y mujeres que creemos en nuestro común Dios y salvador, damos por sentado que este mundo fue hecho por la Palabra creativa de Dios. Así que, contrario a los que sostienen que este mundo surgió de la nada y al azar, nuestra fe nos dice “que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía”. ¡Eso es realmente tener fe!
Ahora el autor, como alguien que quiere hacer justicia a esos héroes de la fe del A.T., nos da una lista de ellos, quienes con sus vidas y sus hechos son presentados como auténticos modelos, para imitar su fe.
Cada uno de ellos nos ofrece una faceta de la fe, de acuerdo a lo que tuvieron que enfrentar. Así tenemos:
4 “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella”.
Mi amada gente, en Abel encontramos un ejemplo de la fe que agrada a Dios. No se nos dan muchos detalles de su vida en aquellos comienzos de la historia de la humanidad, pero un solo acto de su vida lo ha marcado como el hombre que presentó un excelente sacrificio, o un mejor sacrificio, al compararlo con el que presentó su hermano Caín.
Al igual que Abel, nosotros somos llamados a lograr la aceptación de parte de nuestro Dios, sobre la base de un mejor sacrificio del nuevo pacto. Los sacrificios que Dios rechaza son aquellos que se hacen sobre la base de buscar un reconocimiento y aceptación propia, ya que lo que buscan es satisfacer un deseo de una gratificación personal. Esa es la forma cómo el incrédulo siempre ofrece a Dios, y Caín es un símbolo de ello. La sangre derramada por parte de Abel en su sacrificio, contiene la esencia de la ofrenda que agrada a Dios.
Héroe de la fe
Otro héroe de la fe que nos menciona el autor, tiene que ver con un patriarca, el que vivió menos dentro de aquellos cuyas edades estaban sobre los 900 años. Pero que al final, fue uno que vivió más que ellos porque no experimentó la muerte ¿Quién fue?
5 “Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios”.
En esta lista aparece Enoc como otro gran ejemplo de la fe. La de él, la podríamos llamar: “la fe que camina con Dios”. Este será el primer ejemplo de un arrebatamiento bíblico. Su vida y su caminar con el Señor fue de tal naturaleza, que mientras los demás patriarcas vivieron más años que él, finalmente todos murieron; pero sin embargo, este hombre a los 300 años de vida fue traspuesto al cielo por Dios.
Le pareció a Dios que su comunión era tan íntima y tan grande con este patriarca, que tomó la decisión de llevárselo para tenerlo más cerca. Con este hecho está confirmado, que la muerte no se iba a enseñorear sobre la vida del creyente. ¡Años después el Señor Jesucristo la vencería por completo! La fe de un hijo de Dios debiera producir esta clase de vida que también agrada a Dios. ¡Caminar con Él es el asunto más importante para todo creyente!
Ahora el autor hace una especie de paréntesis para hablar de lo que representa la fe delante de Dios. Así nos dice el pasaje:
6 “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”.
Mi querida gente, si bien hasta acá el autor nos ha hablado de lo que hace la fe, ahora nos trae un texto que se constituye en la esencia de la vida misma. Entonces, podemos afirmar que: los ateos no pueden agradar a Dios porque ellos no creen en Él.
En general, los hombres esperan que Dios les resuelva todas las cosas pero no le toman en cuenta, ni ven en la fe la importancia que ella tiene; entonces, no pueden pretender que Dios obre en sus vidas. Si no hay una fe anticipada, no podremos agradar a Dios. De esto se deduce que lo que Dios toma en cuenta para ser de su agrado, es nuestra fe.
Mis hermanos, la esencia de este texto es mostrarnos que hay dos elementos en la fe. Uno es que, hay que creer que Dios existe, y el otro es que, Él es un Dios personal que cumple con sus promesas. Cuando nuestra fe la traemos delante de Él de esta forma, entonces se nos confirmará que esa es la fe que le agrada a Dios. Por lo tanto, no hagamos nada para agradar a Dios, si no poseemos una fe capaz de levantar el gozo y la satisfacción divina.
Así, pues, frente a un mundo que cada vez más se aleja de Dios y con sus actos desagrada a Dios continuamente, como sus hijos hagamos la diferencia. ¡Nacimos para agradar a Dios y no a los hombres! Si nuestra fe no le agrada, entonces no importa a quien le agrademos. Vivamos pues, como estos héroes de la fe, agrandándole con nuestras palabras y con nuestros hechos. Este capítulo todavía no está cerrado, así que viva de tal manera que pueda ser contado también como un hombre o una mujer de fe. Amen.
CAPÍTULO 11: (Estudio 11B) La Fe Que Teme y Es Probada
Hablar de la galería de estos héroes de la fe es todo un reto. Así nos sigue hablando en el autor:
7 “Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase; y por esa fe condenó al mundo, y fue hecho heredero de la justicia que viene por la fe”.
Ahora llegamos a un singular personaje en la Biblia, uno llamado Noé. La verdad es que la historia de la humanidad se divide en dos con la llegada de este patriarca, y su escogencia para la obra que Dios le encomendó. Con él se pude hablar de la era ante diluviana y la era post diluviana. Y Noé es el hombre que, tanto en la Biblia como en la historia de la humanidad, se asocia con el llamado diluvio universal que acabó con la humanidad de aquel tiempo. La fe de Noé la podemos llamar: “la fe que teme a Dios”.
Mis amados hermanos, la fe de Noé se encumbra hacia los linderos imponderables, cuando al recibir de Dios la advertencia de un juicio divino contra la humanidad, sintió un vivo temor y, valiéndose de un deseo de agradar pero también de obedecer a su Dios, aceptó la encomienda de construir un barco para salvar a su familia, en una región donde no llovía ni había un mar, un lago o algún río para navegar.
Tal magnitud de fe, le hizo acreedor de una justicia que vino por esa fe. Dos cosas hizo la fe de Noé: condenó al mundo y lo hizo heredero de la justicia que viene por esa fe. La referencia a Noé como quien salva a su casa recuerda el énfasis del escritor en la herencia de la salvación.
Más adelante vamos encontrar que el arca que él preparó llegó a ser un tipo de Cristo, ya que teniendo una sola puerta, nos recuerda que hay un solo camino de salvación que es Cristo; y teniendo una sola ventada, nos recuerda la luz del Espíritu Santo que viene para iluminar la casa del Señor. Pero también, la presencia de distintos animales, inmundos y puros, nos recuerda que la iglesia del Señor está compuestas por personas de distintas razas, y todas ellas realmente necesitadas de Él.
Mi amada gente, la inspiración que nos ofrece la fe de Noé tiene un elemento muy familiar. Sugiere que la fe personal de un hombre de esa talla, puede dar frutos en la familia, y eso se vio en la forma cómo este hombre por su fe, salvó a la familia íntima, pero también con su fe llegó a ser un salvador del mundo, con lo cual se constituye también en un tipo de Cristo. Necesitamos una fe como la de Noé quien duró 120 años construyendo el arca, soportando la burla de su generación, hasta que llegó el diluvio como un juicio divino.
El autor en la medida que va introduciendo a los héroes de la fe pareciera ir en un orden ascendente. Ahora nos presenta al hombre que se considera el padre de la fe, e mayor de los grandes de la fe en la Biblia.
8 “Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba”.
Cuando buscamos a un hombre con las dimensiones más completas de la fe tenemos que hablar de Abraham. Con justicia se ha dicho que él es el “Padre de la fe”. Tan grande fue su fe que la vida de Israel va a girar en torno a aquel que fue el hombre que le “creyó a Dios, y le fue contado por justicia” (Génesis 15:6).
La fe de Abraham la vamos a llamar “la fe doblemente probada”.
Salir de su tierra y de su parentela sin saber a dónde se iba, es un acto de mucha fe. Dejar al resto de la familia, sus parientes y amigos, sin responder a sus preguntas y sin planes de volverles a ver jamás, es un acto de verdadera fe.
Vivir en la tierra que llegó a ser su “tierra prometida”, sin tomarla y quedarse allí a vivir por siempre, es un acto de fe. Creer que a los 100 años podía tener el hijo de la promesa con su esposa que ya tenía 90, es un acto de fe. Pero sobre todas las cosas, ofrecer a su hijo en holocausto a Dios, creyendo que aun de los muertos el Señor lo podía levantar para poder cumplir su promesa, es ser un hombre de fe. Y finalmente, obedecer como lo hizo Abraham es un acto de fe.
Mis amados hermanos, la vida de Abraham invita a cada creyente para oír la voz de Dios y estar dispuesto a obedecerla. Él la oyó en Ur de los caldeos y salió. La oyó estando en Canaán y la obedeció. Y la cumbre de toda la fe probada de Abraham, fue cuando decidió ofrecer a Isaac (Génesis 22). Como alguien lo dijo: “Ahí toda palabra es una prueba. Nuestro deber es eliminar nuestras dudas y temores mirando, como hizo Abraham, al poder omnipotente de Dios”.
Con la fe de Abraham
Con la fe de Abraham comprobamos que la mejor forma de disfrutar de nuestras bendiciones es trayéndoselas al Señor. El resultado final será que Dios nos las devolverá en la mejor forma para nosotros. ¡Podemos perdernos el ver a Dios bendiciendo nuestras vidas, cuando nuestra fe no tiene el olor del sacrificio!
9 “Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa;” 10 “porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”.
Mis amados, hay una gran hermosura en estos textos. ¿Podemos imaginarnos el vivir como extranjeros en lo que sería la tierra de su familia? Pero notemos además, que aún sus herederos Isaac y Jacob, también vivieron allí, y que finalmente sería habitada por sus descendientes después de 400 años, cuando la promesa hecha a Abraham se cumpliría. La fe tiene esa característica, la fe camina sobre la tierra prometida, aunque todavía no se haya conquistado o ni se nos haya estregado.
11 “Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido”.
Entonces, ¿Qué podemos decir de Sara la mujer del padre de la fe? Observemos cómo el autor describe su fe. Su esterilidad planteaba una imposibilidad humana, y siendo su edad tan avanzada, peor aún. Sin embargo, su fe le dio fuerzas para concebir aun fuera de tiempo, pues ella aprendió de su esposo la clase de fe que se basaba en la seguridad de la promesa hecha por Dios.
¡La fe real es la que se levanta sobre lo que parece imposible y le cree a Dios, porque solo Él puede hacerlo!
La fe al estilo de Sara se levanta sobre los imposibles humanos, y abre la puerta al dador de la fe, que solo es Dios. Ahora el autor nos coloca en lo más alto de la fe de este hombre. Nos ubica en lo que sería el resultado de una fe semejante. Observemos este último verso sobre su caso:
12 “Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar”.
Mis amados, qué epitafio tan hermoso se escribió sobre la lápida de la tumba del patriarca. Fue después de muerto que finalmente Dios sacó: “como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar”.
Observemos esto, Dios le había prometido Abraham la tierra y una descendencia numerosa, y ninguna de estas promesas fue cumplida antes de que murieran. Pero la verdad divina es que la muerte no significa que las promesas de Dios quedan incumplidas. La verdad de la vida de Abraham es que la fe abarca cosas que en esta vida siempre serán esperadas; pero que solamente serán visibles en el mundo al otro lado de la muerte.
Mis amados hermanos, vale la pena tener una fe como la de Abraham. Vale la pena creer a Dios y obedecer su voz. La fe es sostenida en la promesa de quien nos llama. Nadie ha fracaso hasta el día de hoy por haber puesto su fe humilde y sincera en las manos de Aquel que mantiene sus promesas. Que Dios nos ayude a tener una fe capaz de ver más allá, aun cuando ya no estemos acá. Que así sea. Que el Señor nos bendiga por esa fe con que nos ha dotado. Amen.
CAPÍTULO 11: (Estudio 11C) La Fe Que Mira de Lejos lo Prometido
Seguimos analizando el capítulo 11 de Hebreos. Por su rico contenido, se necesitan varios estudios para cubrirlo. Así nos dice:
13 “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”. 14 “Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria;” 15 “pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver”. 16 “Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad”.
Es interesante como el autor hace este paréntesis mientras está hablándonos de Abraham, a quien le dedica más tiempo que a ningún otro personaje en el capítulo. Y la razón es obvia, Abraham es el más claro ejemplo de una fe que agrada, obedece y es probada por Dios. Ahora, él recapitula lo que ha venido diciendo y nos presenta estos textos.
Aquí el escritor destaca el hecho, de que las personas pueden seguir viviendo conforme a la fe hasta que mueren, incluso si para entonces no han recibido lo prometido. En este sentido la fe va más allá del tiempo de nuestra vida. Cuatro cosas hacen los que así viven por fe: ¡Miran de lejos lo prometido, lo creen, lo saludan y lo confiesan! Al final, el objetivo de la fe es buscar algo mejor, así como una patria mejor.
Meta de la fe
Mis amados hermanos, en esta meta de la fe, nada mejor que hacer referencia a los santos del Antiguo Testamento, quienes vieron las realidades prometidas de lejos y mantuvieron su carácter de extranjeros y peregrinos, buscando una patria mejor y rehusándose a regresar a la tierra que habían dejado.
Este pensamiento está alineado, cuando el autor habla de que nosotros no somos de los que retroceden para perdición, sino de los que tenemos fe para ir hacia adelante, preservando el alma y asegurando dónde será nuestra morada final. Cuando el creyente apunta a lo celestial y su fe tiene esta característica, Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos.
Mi amada gente, la fe verdadera transita lo temporal y pasajero, porque por fe andamos no por vista, y se remonta siempre más allá de las nubes. Los hombres que aquí se reconocen eran hombres con olor a cielo. ¡Ellos reconocían que su destino eterno no era terrenal ni temporal!
Ellos entendieron que su ciudadanía eterna pertenecía al cielo y no a la tierra. En todo caso, la forma cómo vivían acá era un peregrinaje que los llevaría al cielo. En eso, y solo en eso, consiste la auténtica fe del creyente. ¡La fe tiene que trascender lo celestial y eterno!
Ahora el autor regresa otra vez a la fe de Abraham, y como si lo que hizo fuera uno de los episodios más grandes de su vida, probó su real fe. Así nos dice:
17 “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito,” 18 “habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia;” 19 “pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir”. 20 “Por la fe bendijo Isaac a Jacob y a Esaú respecto a cosas venideras”.
Mis preciosos hermanos, la fe auténtica necesita ser probada. La prueba de Abraham es la cumbre de las pruebas humanas. Dios le dio Isaac a Abraham como un cumplimiento de la promesa, y lo tuvo en su vejez. Todas las etapas de la vida para tener un hijo son hermosas, pero tener un hijo en la vejez no tiene comparación. Esto haría que la prueba fuese aún mayor. Imaginémonos ese cuadro.
Veamos a Abraham caminar con paso lento, llevando en su mano el cuchillo y sobre los hombros de su amado hijo, la leña con la que haría su propio holocausto. Pensemos en el momento de la pregunta que le hizo el hijo acerca del cuchillo, la leña y el cordero para el sacrificio. Imaginemos la escena en la cumbre del monte, ellos solos en el sacrificio del hijo, porque su Dios así se lo había pedido.
Ese acto debió ser una prueba colosal y de extremo significado para ambos. Pero es allí donde la fe de un gigante como Abraham se crece. Fue allí cuando en medio del dolor que embargaba aquel momento, le dijo al hijo de la promesa, que Dios se proveería del cordero para el sacrificio. ¡Eso es tener fe! Es por eso que el autor tiene que decirnos que: “Dios es poderoso para levantar de entre los muertos”, su propia promesa.
La fe del creyente
Amados hermanos, la fe del creyente tiene que crecer en la prueba. Es más, debiéramos prepararnos para que nuestra fe sea probada, pues es la única forma de saber si ella es más preciosa que el oro. Esa es la fe que al final tiene que oír: “no le hagas daño al joven, pues ya conozco que temes al Señor”. Ojala, pues, nuestra fe tenga el olor de un sacrificio agradable, a través de una obediencia sin objeciones.
A este respecto el comentarista Matthew Henry ha dicho: “Miremos hasta qué punto nuestra fe ha causado una obediencia semejante, cuando hemos sido llamados a actos menores de abnegación o a hacer sacrificios más pequeños en nuestro deber. ¿Hemos entregado lo que se nos pidió, creyendo plenamente que el Señor compensará todas nuestras pérdidas y hasta nos bendecirá con las dispensaciones más aflictivas?”.
Ahora el autor introduce al nieto de Abraham, para hablar también de un hombre de fe. La suya la vamos a llamar: “la fe que bendice las postreras generaciones”.
21 “Por la fe Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado sobre el extremo de su bordón”.
Mis amados, Jacob se conoce en la Biblia como el engañador y suplantador. Él robó a su hermano la primogenitura y la bendición de Isaac. Ahora ya habían pasado los años y la vida le había enseñado, la importancia que tiene una bendición y sus consecuencias.
Es por eso que ahora usando un bastón, después que le tocó luchar con el ángel y su muslo se desgarró, se apoya sobre él para adorar y bendecir. José no fue escogido entre las doce tribus de Israel, sino sus dos hijos. La bendición seguiría para ellos. Como José previamente había pedido que sus huesos fueran llevados a la tierra prometida después de que muriera, la bendición de Jacob a sus hijos apuntaba al cumplimiento de la promesa de Dios de dar Canaán a sus descendientes, al ser enterrado allí como en su debida posesión.
Amados hermanos, la fe es el hilo que nos ata al cielo. Si bien es cierto que ahora en la tierra nuestra fe tiene que ser probada, al final ella será una fe mucho más preciosa que el oro, y será a través de ella que viviremos; pues, como dice la Palabra: por fe andamos.
Pero también ponemos nuestra mirada en las cosas celestiales, de modo que al igual que los patriarcas, estamos esperando lo mejor, y sabemos que lo mejor está arriba, con el Señor. Que nuestra fe siga creciendo, sea robusta y firme hasta que por ella lleguemos a la patria celestial que nos espera. Amen.
CAPÍTULO 11: (Estudio 11D) La Fe Que Sostiene Como Viendo al Invisible
Así nos habla el escritor, en la continuación de su descripción de estos héroes de la fe:
22 “Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos”.
He aquí otro personaje digno de imitar su fe. Su vida es un testimonio de lo que significa agradar a Dios desde la juventud, por encima de unos hermanos perversos y un padre engañador y complaciente. Después que se dio a conocer ante sus hermanos, y sabiendo del Dios de la promesa, y que el destino final para su gente era llegar a la tierra prometida, vislumbró por fe el día cuando eso sucedería, y por esa misma fe pidió que sus huesos fuesen llevados a esa tierra en lugar de ser embalsados y enterrados en Egipto, sabiendo que con toda propiedad lo hubieran podido hacer.
Como ya lo habíamos dicho anteriormente, la fe auténtica va más allá de la muerte, y aunque no se cumpla en vida la promesa, queda pendiente para la posteridad su cumplimento. Entonces José, como un tipo de Cristo, es un modelo de la fe del creyente.
Mis hermanos, un elemento interesante en la vida de José fue reconocer que su pueblo sería esclavizado, pero que llegaría el día cuando ellos serían liberados, y cuando eso sucediera, entonces sus huesos también quedarían en libertad. ¡Eso es tener fe! Así que, cuando él estaba próximo a morir, expresó su confianza en una liberación futura.
Semejante fe nos debe ayudar a ver el día de nuestra total liberación, y el cumplimiento de las promesas divinas. El pueblo de Dios camina hacia la tierra prometida y debe superar cada etapa donde se vea alguna esclavitud, declarando que a libertad fuimos llamados. ¡Vivamos con la fe de un José, que se mantuvo con la visión puesta en la tierra prometida!
Ahora el escritor nos trae a la memoria otro gigante de la fe, nos referimos a Moisés. Esto dice:
23 “Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres por tres meses, porque le vieron niño hermoso, y no temieron el decreto del rey”.
Mi amada gente, si bien es cierto que Moisés es una de las figuras más extraordinarias del Antiguo Testamento, y de los más reconocidos por el pueblo de Israel, él no sería nada si no hacemos justicia a lo que dice este texto. Por la fe de sus padres, corrieron todo el riesgo de ser muertos por desobedecer el orden del rey.
Así que si Moisés fue un gigante en la fe, anteriormente había tenido unos padres, y en especial una madre, llenos de fe, escondiéndole después que nació, por tres meses. Al hacerlo, Dios bendijo la fe de sus padres. Así que podemos llamar la fe de ellos como “la fe que toma riesgos”. La fe debe tomar riesgos para que sea fe.
Pero veamos ahora a Moisés ya crecido, manifestando también una gran fe:
24 “Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón”, 25 “escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado”, 26 “teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.
Mi apreciada gente, cuando uno lee el versículo 24 de esta galería de la fe, está obligado a comentar lo que hizo Moisés en medio del más grande, dominante y temido imperio, como lo fue el de Egipto con sus faraones. Rehusar llamarse “hijo de la hija de Faraón”, parecería una locura.
Eso implicaba perder todos los privilegios, quizás hasta poder llegar a ser un futuro monarca de aquella nación. En esto consiste la fe de un real creyente. Al rehusar lo que sería una vida de placer, de reconocimientos, privilegios y “deleites temporales del pecado”, por la otra que se identificaba con los maltratados del pueblo de Dios. ¡Así fue la fe de Moisés! La fe que menosprecia lo que los hombres más aman, por lo que Dios tiene reservado para los que siguen su voluntad y su Palabra. Así fue la fe de este hombre.
Y luego el autor nos dice:
27 “Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; porque se sostuvo como viendo al Invisible”.
Mis amados, la fe de un hombre como Moisés lo empujó a salir del palacio real, para luego vivir en la más indeseable condición; sin embargo, consciente de esto prefirió vivir en el desierto, en compañía de Dios, que vivir en el palacio en compañía de dioses paganos.
La fe real
La fe real es aquella que no le teme a la ira del rey humano, si ésta obedece al Rey de los cielos. La fe real es aquella que nos hace salir de lo seguro y cómodo, para transitar por el camino de Aquel que aunque no se ve, pues es “invisible”, al final Él será el encargado de llenar la vida de un significado más grande que no lo puede dar un palacio.
Mi muy amada gente, ver a Moisés desechando los atractivos de los deleites temporales, es ver a un hombre realmente de fe. Verlo escoger los vituperios de Cristo en lugar del pecado, es mostrarnos la manera de un hombre realmente lleno de fe.
Es esa fe la que le sostendrá cuando tenga que enfrentar al faraón, al cual seguramente éste conocía muy bien, pero sobre todo, al verlo con una fe capaz de creerle a Dios y ser testigo de los más sorprendentes milagros. Así también nosotros, necesitamos levantar nuestra fe por encima de aquello que nos da una satisfacción pasajera.
El autor también nos presenta otro elemento que hizo a Moisés un gigante de la fe, cuando nos dice:
28 “Por la fe celebró la pascua y la aspersión de la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocase a ellos”.
¿En qué consistía la fe de celebrar la pascua, la que sería instituida y que hasta Jesús la comería después? La presente fe consistía en su creencia en la promesa de aquel que reconoció como su invisible Dios, creyendo además que el ángel destructor pasaría, no entraría y no tocaría a los primogénitos en las casas rociadas con la sangre (Ex. 12:23). Esto es en esencia el significado de la palabra pascua, “pasar”.
Él creyó en la sangre derramada y colocada en el dintel de las casas, figura de lo que después haría Cristo al morir en la cruz. A través de lo cual habría una destrucción de los primogénitos egipcios, pero los de Israel estarían a salvo. ¡Así fue la fe de este hombre! La fe del creyente debe celebrar con certeza la promesa divina, la que al final se cumple a favor de su pueblo.
Y finalmente, el autor nos dice esto respecto a la fe de Moisés:
29 “Por la fe pasaron el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados”.
Amada familia, ¡la fe tiene niveles que necesitan ser explorados! Creer que Dios puede abrir caminos en el mar, es un asunto que rompe toda lógica e imaginación humana. Creer que Dios puede trazar un canal en una masa de agua para que una multitud, de unos dos millones de personas que incluía ancianos, niños, animales, hombres y mujeres, verdaderamente es un acto de fe.
Previo a esto, cuando Moisés oraba a Dios por la queja de una muerte segura para la gente, por la acción del ejército egipcio que los perseguía, y aceptando el reto divino para que dirigiera al pueblo a marchar, Moisés creyó en el poder de Dios y con la vara levantada, golpeando el agua, estas se amontonaron para que este glorioso milagro ocurriera.
En consecuencia mis amados, necesitamos despertar la fe que está en nosotros para ver los milagros modernos. Necesitamos poner nuestra fe en lo alto, para creer que Dios es capaz de hacer cosas que jamás hemos visto antes, y que pensamos que jamás pasarían.
Que Dios nos dé el gozo de vivir por fe y no por vista, de tal manera que toda nuestra vida sea un milagro viviente tanto que otros puedan imitar mi fe. Que seamos hombres y mujeres de fe. Que también nuestros nombres se inscriban en una galería de fe, como la de este capítulo 11. Que así sea. Que el Señor nos bendiga ricamente. Amén.
CAPÍTULO 11: (Estudio 11E) La Fe Que Hace Proezas
Así nos sigue hablando el autor en estos versículos finales del capítulo:
30 “Por la fe cayeron los muros de Jericó después de rodearlos siete días”.
Cuando uno ve las estrategias de Dios para tomar una ciudad, tiene que pensar que los hombres que estuvieron envueltos en tales conquistas fueron hombres de mucha fe, pues los métodos de Dios siempre parecen absurdos. Cualquier militar, y déjeme decirle que Josué era un militar, que vea el plan de Dios para vencer al enemigo simplemente pensaría que son “locuras divinas”.
¿Quién podía pensar que dándole siete vueltas a la ciudad de Jericó todos los días y el último día siete más, los muros de la ciudad podían caer? ¡Y así fue! Los muros de Jericó cayeron ciertamente por el poder de Dios, pero bajo el combustible de la fe. ¡Los estrategas como Josué ponen a un lado sus métodos y a través de su fe dejan fluir el plan de Dios! ¡Esto requiere de mucha fe, más que de una planificación cuidadosa!
Mis amados, hay imposibles humanos que se presentan invulnerables, pero tienen su punto débil en la fe. Observe cómo se describe lo impenetrable de una ciudad como Jericó. Los historiadores nos dicen que la ciudad fue construida sobre una colina y bien fortificada con murallas exteriores e interiores de 4m y 2m de anchura respectivamente.
La muralla interior era de 6 a 7m de altura. Desde el punto de vista humano, la ciudad era invencible, pero la fe la conquistó. Con razón Jesucristo diría después que si teníamos fe como “el grano de mostaza”, le ordenaríamos a las montañas para que se cambiaran de lugar. En el caso de Jericó el texto con toda simplicidad, pero con profundidad nos dice que por la fe “cayeron los muros”.
Pero ahora veamos como el autor nos introduce en una heroína de la fe a quien la Biblia la llamará Rahab la ramera. Así nos dice el texto:
31 “Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido a los espías en paz”.
Amados, la presencia de esta mujer y con esta reputación nos habla del carácter divino que no hace acepción de personas, sino que se agrada de aquellos que depositan en Él su fe en medio de las circunstancias más duras y difíciles. He aquí una mujer de fe.
Una mujer que descubrió a tiempo al Dios de Israel, pues como ya había oído de Él y sus hazañas, temió más que los que “decentes” de la ciudad y por eso fue librada de la destrucción que vino sobre la ciudad.
Por su oficio, ella conocía historia de historias a través de los hombres que le visitaban acerca de lo que Dios había hecho en el cruce del mar rojo y los demás milagros que vivió Israel. Notemos que el autor habla de que ella no pereció “con los otros desobedientes”. Eso nos da a entender que si la ciudad y su rey hubieran obedecido como lo hizo Rahab no habrían perecido. Mis amados, la fe hace la diferencia. ¡Dios salva a través de una fe viva!
Ahora el autor sabiendo que si sigue hablando como lo ha hecho hasta ahora, no agotaría su capítulo y por eso se dispone hacer un resumen, pero con el mismo fin.
32 “¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas;” 33 “que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones,” 34 “apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros”.
En efecto, el autor lo ha dicho, el tiempo le faltará para contar de lo que todos esos hombres de la antigüedad y sus proezas. Imagínese a Gedeón ejerciendo su fe pues con solo trescientos hombres y otra vez, con un método no muy convencional, derrotó a los madianitas que eran un verdadero azote par Israel.
Observemos los hechos de esos otros jueces como Barac, Sansón y Jefté. Todos ellos fueron llamados a librar a Israel en su tiempo y de todos ellos se valió Dios para sus conquistas. Si bien es cierto que algunos de ellos como Sansón que jugaba con el pecado, quedando al final reducido a esclavitud, fue su fe la que le hizo destruir más filisteos con su muerte que durante su vida. La fe se sobrepone a los momentos más cruciales y obtiene la victoria. Nadie quedará derrotado si se pone la confianza en Dios.
Mis hermanos, ¿Y qué decir de David, el dulce cantor de Israel, el rey conforme al corazón de Dios a pesar de sus debilidades? Como no verlo desarrollar su fe cuando leemos sus salmos, pero sobre todo, cuando le tocó ganar las batallas de Israel. Lo mismo hizo Samuel, el estadista, juez y profeta de Dios. Imaginémonos si tuviéramos que contar las hazañas de fe los profetas.
¿En quién de ellos piensa? ¿Se acuerda lo que hizo Elías con los profetas de Baal? ¿Y qué decir de Eliseo, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel y los demás? La vida de esos hombres es una real invitación a imitarles por la forma de cómo le creyeron a Dios. ¡Así ha sido la vida de fe!
Los creyentes no podemos pensar en algo menor que esto. A veces creemos que ninguno de nosotros puede tener tal fe, pero cuando leemos que Elías era como nosotros, con nuestras mismas debilidades, tengo que pensar que cada todos nosotros también podemos llegar a tener una fe semejante. Entonces, lo que el Señor nos está diciendo es que: ¡tú también puedes hacerlo!
Mi amada gente, la fe tiene resultados impredecibles. Con fe somos capaces de subir hasta lo más alto y conquistar lo impensable. Observemos lo que aquellos hombres hicieron. Conquistaron reinos, se enfrentaron a leones como el caso de Sansón, David y Daniel.
Y entre esos héroes de la fe se encuentran aquellos que en esa relación con Dios fueron capaces de apagar fuegos impetuosos, evitar el mortal filo de espada, levantarse y sacar fuerzas de debilidad, hacerse fuertes en batallas, y hasta poner en fuga ejércitos extranjeros. Sí, amados míos, la fe logra todo, porque ella pone su confianza exclusivamente en Dios y para Dios “no hay nada imposible”.
Y el autor nos da la lista final de todas las cosas que esos hombres y mujeres hicieron por medio de la fe, así termina el capítulo:
35 “Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección”. 36 “Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles”. 37 “Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados;” 38 “de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”. 39 “Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido;” 40 “proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros”
Mi apreciada gente, cuando uno lee lo que el autor nos ha revelado acerca de esos hombres y mujeres de la fe que nos han precedido, quedamos con dos tipos de sensaciones: una que nos hace sentir que no hemos hecho mucho en la vida y que no hemos ejercido la fe como aquellos hombres. Pero también quedamos nutridos de esperanza y ante un reto mayor.
Quedamos persuadidos y convencidos que ante aquellas cosas que nos parecen imposibles, nosotros seguimos contando con el mismo Dios de la historia, y que tales ejemplos han sido puestos para que nosotros imitemos aquella fe dada a esos hombres, que en algunos casos pudo ser pequeña, pero que puesta en las manos del Señor resultó gigante y a través de ella se hicieron obras gigantes.
Y que sobre todo que ellos, quienes aun viviendo de esa manera no recibieron sus galardones, el Dios de los cielos tiene reservado lo más inimaginable, pues Dios no es injusto para olvidar aquel trabajo de amor hecho a los hombres en el nombre de Dios. Y nos gozamos en saber que ellos nos esperan, porque según el plan de Dios ellos no fueron “perfeccionados aparte de nosotros”. ¡Bendito sea Dios por su eterno plan! Los héroes de la fe nos esperan para compartir con nosotros cuando terminemos nuestra jornada. Que así sea ahora y siempre. Amen.
© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.