Predicas Cristianas… Predicaciones Cristianas
La semana pasada exploramos el tema de cómo el Señor se nos manifiesta en diferentes ocasiones. Vimos como el Señor nos provee diferentes oportunidades para obrar para Él, y como nos bendice con Su presencia cuando obramos de la menara que Él espera y demanda de nosotros.
Si se acuerdan, durante el servicio de la semana pasada cuando identificamos de las maneras que Jesús se había manifestado al pueblo, una de las formas que vimos claramente fue que Él había hecho numerosas sanidades. Pero si se acuerdan, también les dije que la mayoría de las personas, especialmente dentro del pueblo de Dios, no sufren de una enfermedad física, sino más bien espiritual y emocional.
Aunque una enfermedad física puede detenernos de hacer ciertas cosas por un tiempo, y claro está en que todo depende de la severidad de la enfermedad, la enfermedad espiritual y emocional no solo nos puede detener de hacer ciertas cosas por un tiempo; la enfermedad espiritual y emocional nos incapacitan totalmente.
En la mayoría de las situaciones un médico tiene disponible medicinas y tratamientos que pueden sanar a una persona de una enfermedad física, pero cuando se habla de una enfermedad espiritual, solo existe uno que puede sanar, y su nombre es Jesús.
Así que el tema principal que estaremos explorando hoy es la enfermedad que afecta a un buen número de creyentes en un punto de su caminar u otro, hoy estaremos explorando acerca de la enfermedad espiritual. Pasemos ahora a la Palabra de Dios.
Mateo 8:14-17 – Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre. 15Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.
Para tener un mejor entendimiento del mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, tendremos que fijarnos muy bien en lo que estaba sucediendo aquí. Como podemos apreciar, la suegra de Pedro estaba bien enferma; ella estaba tan enferma que estaba postrada.
En otras palabras ella estaba debilitada de tal manera que no podía pararse de la cama. Aunque la Palabra aquí no específica, ella seguramente estaba sufriendo de “malaria” cual era una enfermedad común en ese entonces.
Ésta enfermedad no es algo común aquí en los Estados Unidos, y definitivamente no en nuestro tiempo, pero si continua siendo una enfermedad bien seria en otras partes del mundo.
Antes de proceder deseo que tomemos el tiempo de conocer un poco más acerca de ésta enfermedad. La “malaria” es una enfermedad que completamente incapacita a una persona afectada.
La “malaria” es una infección bien seria de recaída causada por parásitos de una sola célula (del género Plasmodium) y es comúnmente transmitida por la picada de un mosquito. Éste parásito inicialmente penetra las células del hígado, donde se multiplica y después se riega por el cuerpo infectando los glóbulos rojos.
La rápida división o multiplicación de éste parásito causa la destrucción de los glóbulos rojos, y causa una gran variedad de sufrimientos o síntomas que incluyen, pero no se limitan a, ataques periódicos de frialdades y fiebre alta, anemia, esplenomegalia (ampliación del bazo), y otras complicaciones que menudo son fatales.
Aunque existen algunas medicinas que son usadas para aliviar los síntomas y que destruyen el parásito, existen tipos de éste parásito que resisten los tratamientos conocidos; en otras palabras ésta enfermedad con frecuencia no tiene cura, y es por eso que alrededor del mundo millones de personas mueren anualmente.[1]
Estoy seguro que la mayoría de ustedes deben estar pensando que todo esto suena más como una clase de medicina o de biología en vez de una predica, pero les aseguro que dentro de poco, todo tendrá mucho sentido.
Así que quiero te mantengamos en mente todos estos pequeños detalles, y que prestemos mucha atención al hecho de que ésta terrible enfermedad es causada por un parásito de una sola célula, y es transmitida por algo tan pequeño cómo lo es el mosquito.
Continuando leemos, “…Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre…”
Lo más seguro es que ella llevaba varios días en cama sufriendo de ésta enfermedad; ella estaba debilitada y su cuerpo adolorido debido a ésta terrible infección.
Si hacemos una comparación entre el sufrimiento de ésta mujer y muchos dentro del pueblo de Dios, creo que pronto encontraremos que existen muchos igualmente afectados.
Claro ésta en que no les estoy hablando de una enfermedad física, pero si existen muchos dentro del pueblo de Dios que sufren de una enfermedad espiritual. Existen muchos que sufren de malaria espiritual; estamos hablando acerca de la enfermedad del espíritu que es el pecado.
Al igual que el parásito de la malaria que consiste de una solo célula y que es transmitido por un insecto tan pequeño que cómo un mosquito, el pecado suele reproducirse o multiplicarse cuando no aprendemos a reconocerlo, y en ocasiones infecta la vida de aquellos que nos rodean.
Digo esto porque el pecado puede comenzar, y en numerosas ocasiones comienza con algo tan insignificante o pequeño como lo es un pensamiento. Pero, ¿es posible pecar con un pensamiento?
La respuesta a ésta pregunta es encontrada en las palabras de nuestro Señor en Mateo 5:27-28 cuando leemos, “…Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón...” Así que como podemos ver, si es posible pecar con un pensamiento y con frecuencia lo hacemos. Permítanme explicarles esto de otra manera para que entiendan bien lo que les digo.
En Romanos 8:5-6 encontramos que se nos dice, “…Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz…”
La gran realidad es que a nuestro enemigo nada le daría mayor placer que poder controlar nuestra mente. ¿Por qué? Porque cuando se puede controlar de la manera que una persona piensa, entonces se puede manipular de la manera que una persona se siente; en otras palabras se puede manipular el espíritu de una persona.
Satanás tratara de emplear pensamientos terrenales y carnales como un arma eficaz para tratar de alejarnos de la presencia de Dios.
Les hablo acerca de pensamientos como el desanimo, la depresión, la avaricia, los celos, la soberbia, la codicia, la lujuria, la lascivia, y todos esos otros pensamientos desordenados que bien sabemos no agradan a Dios y que no que edifican Su obra, o nuestro testimonio como fieles creyentes.
Estamos hablando acerca de pensamientos que si no aprendemos a reconocerles por lo que son, tentaciones del diablo para separarnos de la presencia de Dios, tarde o temprano nuestro caminar cristiano, es decir nuestro espíritu, será infectado y decaeremos hasta el punto en que quedaremos postrados en un estilo de vida que no glorifica a nuestro Señor.
En otras palabras nuestro crecimiento espiritual será detenido, y pronto nos encontraremos a la merced de éste mundo, envés de en la gloria de nuestro Dios.
Pero cuando aprendemos a reconocer estas cosas por lo que son, y cuando aprendemos a depender de nuestro Dios, entonces las cosas son muy diferentes. Continuemos ahora con nuestro estudio para que vean lo que les digo.
Continuando leemos, “…Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía. 16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; 17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias…”
Lo que sucedió con ella no es muy diferente a lo que le sucede a muchos de nosotros. Digo esto porque cuando una persona genuinamente acepta a Cristo como su Rey y Salvador, y permite que Él toque su corazón, entonces nuestro espíritu enfermo es sanado y liberado. ¿Se acuerda alguien de lo que sucedió en su vida cuando el Señor llegó a ella?
Yo diría que la mayor parte del cuerpo de Cristo consiste de personas que una vez estuvieron sedientos y hambrientos; necesitados y sufriendo; debido a las circunstancias difíciles que se presentan en éste mundo. En otras palabras, Él llego cuando más lo necesitábamos, cuando más angustiados y llenos de dolor estábamos.
Él llego y toco nuestro corazón y nuestro espíritu fue sanado de inmediato. Pero desdichadamente, en ocasiones, a muchos se les olvida el milagro que Él hizo en nuestra vida y el que esta haciendo.
Digo que se nos olvida porque con frecuencia dejamos de ser el ejemplo a seguir, dejamos de servirle de la manera que Él busca y desea que le sirvamos. Sino que continuamos en situaciones o en lugares donde no deberíamos estar.
En otras palabras en ocasiones nosotros le facilitamos la oportunidad al enemigo para que infecte y enferme nuestro espíritu nuevamente. Permítanme hacer una pregunta, ¿cuantos aquí entrarían a una habitación donde exista una persona bajo cuarentena a causa de una enfermedad muy contagiosa y mortal sin protección alguna?
Claro está en que muy pocos tomarían éste riesgo, ya que ser infectado no solo pusiera a riesgo nuestra salud, sino también pusiera a riesgo la salud de todos aquellos que nos aman y rodean. Sin embargo, con frecuencia esto mismo es lo que hacemos en cuanto a nuestra vida espiritual.
Digo esto porque con frecuencia envés de alejarnos de esas cosas que infectan nuevamente nuestro espíritu, envés de deshacernos de esas costumbres, amistades y demás cosas que sabemos que solo sirven para agobiarnos, robarnos la paz, y enfermar nuestro espíritu, persistimos en ellas. Ahora pregunto, ¿es esto lo que quiere Dios que hagamos? La respuesta es ¡NO!
Esto es algo que queda muy bien reflejado en las palabras del apóstol como encontramos en 2 Corintios 6:17 al leer, “…Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré…”
¿Cómo podemos saber si nuestro espíritu ha sido infectado nuevamente? La respuesta puede ser obtenida con solo examinar los síntomas. Si te encuentras en una relación inmoral, y todavía profesas ser cristiano, esto es un buen síntoma de que tu espíritu ha sido infectado nuevamente.
Si te da lo mismo venir a la iglesia para alabar y escuchar la Palabra de Dios que no venir, esto es un buen síntoma de que tu espíritu ha sido infectado nuevamente. Si conducimos una vida haciendo comentarios de mal gusto y riéndonos de nuestros hermanos que puedan estar atravesando por una situación difícil, esto es un buen síntoma de que nuestro espíritu fue nuevamente infectado.
Si encontramos de entretenimiento y diversión programas y películas que glorifican, y en ocasiones instigan el robo, los asesinatos, el adulterio, la fornicación, y todas esas otras cosas aborrecidas por Dios, esto es un buen síntoma de que nuestro espíritu fue nuevamente infectado.
Si permitimos ser dominados por el egoísmo, la lujuria, la lascivia, y el orgullo, esto es un buen síntoma de que nuestro espíritu ha sido nuevamente infectado. Si estamos más preocupados con los placeres y gusto que ofrece éste mundo envés que en nuestra relación con Dios, esto es un buen síntoma de que nuestro espíritu fue nuevamente infectado.
Tenemos que reconocer que estos síntomas solo indican un diagnóstico, y ese diagnóstico es que nuestro espíritu ha sido infectado por el virus mortal que es el pecado. Nunca nos olvidemos de lo que nos dice la Palabra en Romanos 6:23 cuando leemos, “…Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro…”
Aunque es imposible separarnos completamente de éste mundo, aunque vivimos en un ambiente pecaminoso, Dios nos ha prometido que el pecado nunca podrá dominar nuestra vida.
Esto es algo que queda bien declarado en 1 Corintios 10:13 cuando leemos, “…No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar…”
Para concluir. En estos versículos vemos que la Palabra nos dice que la suegra de Pedro se levantó y empezó a servirles. Y esto es exactamente lo que todos nosotros debemos y tenemos que hacer. Éste es el ejemplo que todos debemos seguir. Él llega ha nosotros, nos sana, y tenemos que empezar a servirles de inmediato.
No hay tiempo que perder, no existen excusas para no hacerlo. Ella respondió al toque de Jesús y empezó a servirle inmediatamente. ¿Por qué es necesario hacer esto?
Es necesario porque cuando servimos al Señor de la manera que Él espera, entonces tenemos Su presencia garantizada en nuestra vida. Cuando servimos a Dios de la manera que Él busca, entonces no corremos el riesgo de recaer en la fiebre espiritual, ya que no existe demonio ni potestad que pueda permanecer en Su presencia.
Cristo es el único que puede sanarnos de la fiebre espiritual. Cuando Él nos toca somos sanados, cuando Él nos toca los demonios huyen, pero una vez que esto sucede tenemos que comenzar a servirle. Si no queremos tener una recaída en la malaria espiritual, entonces tenemos que mantenernos firmes en nuestra fe, y fortalecernos siempre con Sus promesas.
Parte de la recuperación de toda enfermedad es una buena nutrición, especialmente en el caso de la malaria que con frecuencia causa anemia. Así que tenemos que buscar ser nutridos por Su palabra en todo momento.
No podemos permitir que esa fiebre de la que una vez sufríamos vuelva. No podemos permitir que nuestro espíritu se enferme con las mentiras del diablo. Fuimos sanados, fuimos restaurados, fuimos escogidos y es hora de empezar a servir.
Predicado: 20 de abril del 2008
[1] Enciclopedia Británica en Línea
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