¡Jesús! ¡Toma el volante!

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Vamos a considerar uno de los siguientes escenarios:

1) Si eres mujer y madre y tienes un hijo enfermo en estado delicado, ¿Cuándo te sentirías más segura? ¿Cuándo pones tu hijo en manos de los médicos en la sala de emergencias del hospital? O ¿cuándo estás a su lado aunque no sepas ni pizca de medicina?

2) Si eres hombre y amas la velocidad, ¿cuándo te sientes más seguro? ¿cuándo conduces tu vehículo a 140 km/h en la carretera? o ¿Cuándo desciendes a 80 km/h en la montaña rusa?

Te diré las respuestas aunque no sea madre ni mucho menos hombre. En el primer caso, te sentirías más segura como madre si puedes quedarte junto a tu pequeño. En el segundo caso, preferirías quemar cauchos en la carretera que bajar por la montaña rusa.

¿Por qué?

Porque una madre sabe que por encima del conocimiento médico y científico está su amor inmensurable por su pequeño, y si bien no tiene la preparación de un galeno, estaría dispuesta a probar e intentar cualquier cosa por salvar su vida. Estaría dispuesta a llegar más lejos que la ciencia o la ética médica para que su hijo se recupere.

Porque un hombre tras el volante de un vehículo disparado a toda velocidad puede poner el freno cuando quiera y maniobrar en el camino según el camino y su pericia le dé; no así en la montaña rusa, donde debe permitir que el mecanismo del aparato sea el que lo lleve y lo traiga a su antojo.

Ambos casos aunque parecen diferentes entre sí, tienen un punto en común: la disposición humana y personal de entregar a otro u otros el control sobre lo que nos importa.

¿Estamos dispuestos a ceder el control de nuestras vidas a alguien más? Si es así, ¿Hasta qué punto entregaríamos ese control?

Las batallas y guerras más longevas y sangrientas de la humanidad han tenido su punto de partida en el anhelo por la libertad: Libertad de los colonos, libertad de la esclavitud, libertad de decisión, libertad de género, libertad de pensamiento, libertad de culto, libertad de amar, etc.

El ser humano desde su nacimiento trae consigo un miedo a ser incapaz de controlar lo que le rodea. Ese mismo miedo es el que le ha llevado a combatir, pelear, luchar hasta la muerte por la pura y simple necesidad de dominar.

En el Antiguo Egipto, Faraón ordenó la muerte de los bebés que nacían varones por el miedo que sentía de perder el control sobre el pueblo hebreo. Esta historia es relatada en el libro de Éxodo capítulo 1 versos 8 al 22.

Caso similar se repitió siglos después con el primer rey de Israel, Saúl.

El pueblo de Israel volvía de vencer en batalla a los filisteos y David surgió como el héroe y paladín de los israelitas al matar al gigante Goliat. El pueblo comenzó a aclamarle e incluso le compusieron coros para festejar su hazaña. Tal hecho pareció tan abominable a los ojos de Saúl por el miedo a perder su trono, que de inmediato se apoderó de su corazón un deseo asesino por acabar con la vida de David, y hasta el último de sus días procuro su muerte. Este pasaje lo podemos encontrar en el libro de 1 Samuel capítulos 18 – 24, 26 y 27.

Ni qué decir del rey Herodes y el pequeño Jesús. Ni bien había nacido el bebé y ya Herodes temía que al nacer el Mesías prometido, él perdería su reinado; así que, al igual que Faraón ordenó la matanza de los niños en Judá menores de dos años para asegurar su puesto y su corona. Esta historia se puede encontrar en el evangelio de Mateo capítulo 2 versos 13 al 23.

Como se puede apreciar por los ejemplos arriba citados, el ser humano no se siente cómodo ni mucho menos seguro ante la posibilidad de perder el control sobre lo que tiene o conoce.

En el libro de Proverbios capítulo 23 verso 16 está escrito: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos”.

¿Por qué pide el Señor el corazón? ¿Por qué no las orejas, el estómago, los riñones o el cerebro?

Aunque la ciencia y la medicina afirman que el cerebro es el encargado de gobernar al cuerpo y que si se apaga o muere, el cuerpo entero muere con él; para Dios, es el corazón y no el cerebro, el que controla al ser humano. De allí, que su petición es menos que lógica, si Dios quiere tomar el control de nuestras vidas, no lo va a hacer a través de ningún otro órgano que éste. El órgano que literalmente bombea vida las 24 horas del día.

Sin embargo, aquí es donde exactamente radica el problema entre Dios y nosotros: en cederle el control de algo tan íntimo, delicado y poderoso a un ser que de hecho, ni siquiera podemos ver.

La reacción inmediata es la de inseguridad, incomodidad y sobretodo, vulnerabilidad. Los ateos rechazan la fe en Dios porque simplemente no pueden aceptar que sus vidas estén gobernadas por alguien que no sean ellos mismos, por alguien a quién no puedan controlar cuando lo deseen.

Pero esta es la situación, ¿de verdad somos tan buenos administradores con los dones que nos han sido entregados de parte de Dios?

Si echamos un vistazo rápido a la historia, encontraremos más desaciertos que tinos. El primer ejemplo está en el primer hombre sobre la tierra creado por Dios, Adán.

Supongo que sobra relatar su proceder en el jardín del Edén y cómo pasó de ser el administrador del paraíso al heredero de la tierra maldita.

También tenemos a Noé, hasta el momento de la construcción del arca y el diluvio todo marchó a la perfección, pero bastó una borrachera que se pegó tras la celebración por la sobrevivencia para que de nuevo la tierra recibiera maldición.

No olvidemos a Lot, el sobrino de Abraham. Después de su tío, Lot fue el hombre más rico de la época en aquella región y cuando ya no estuvo bajo su tutela, sus malas decisiones fueron en ascenso y sin paradas. Desde poner sus tiendas en Sodoma y Gomorra hasta convertirse en el padre biológico de sus propios nietos, Lot acumuló muchos malos momentos que pudieron haber sido evitados.

Por supuesto, no podíamos dejar de lado a Moisés en este recuento. Libertador de Israel, gran líder, patriarca de la nación hebrea.

Pero, antes de las plagas y el Mar Rojo fue un príncipe en Egipto que consideró que el papel de héroe de su pueblo afligido podría llevarse mejor y más rápido a cabo, si asesinaba a egipcios despiadados por su propia mano.

Como resultado de aquella osada acción terminó desterrado de Egipto y no fue sino cuarenta años después que Dios retomó en él, el llamado para liberar a Israel de manos de la esclavitud egipcia.

Faltarían hojas para seguir relatando los fallidos intentos humanos por hacer a su manera que todo resultara de maravillas.

Cederle el control de nuestras vidas a Dios, o pasarle el volante, implica una rendición total de nuestros deseos, instintos, pensamientos y más importante que todo, nuestros planes.

En el libro de 1 Reyes capítulo 17 versos 8 al 24 se encuentra una historia de rendición, obediencia y cesión total de los derechos. La historia en cuestión es la referida al profeta Elías tisbita y la viuda de Sarepta.

El pasaje bíblico relata que en aquellos tiempos gobernaba la sequía, y a consecuencia de la misma, los pobladores de Sarepta de Sidón carecían de alimentos. Tal es así, que la viuda del relato recogía leños para cocer las últimas tortas de pan para ella y su hijo antes de echarse a morir, cuando se encontró con Elías.

Dicho encuentro habría resultado en una bendición, si en lugar de recibir una orden que contradecía por completo su situación actual, ella hubiera recibido una “bendición” de manos del profeta (aunque en cierto modo así fue) que cambiara su predicamento.

La petición en cuestión fue: “…pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo” (verso 13). Como se dijo anteriormente, había sequía y escasez de alimentos, así que aquella petición fue por mucho una declaración de muerte para la pobre mujer y su hijo.

¿En qué cabeza cabe que le iba a pedir a una muerta de hambre que de su última y única comida lo primero en prepararse fuera para él? pareciera a primera vista que la solicitud carecía de compasión y humanidad por todas partes, sin embargo, esta no fue una petición directa de Elías sino de Dios. Lo primero que hagas, dámelo a mí y después recibirás lo tuyo.

Esa era la lectura de aquella situación. Por supuesto, Dios estaba consciente de la necesidad de esa mujer y también tenía el poder para multiplicar hasta la llegada de las primeras lluvias, el aceite y la harina con que contaba, pero lo importante que se debe resaltar aquí es que antes de recibir esa bendición, Dios le pidió que primero le diese a Él, en otras palabras, que le diera el primer lugar, que le cediera el control de la situación.

Imagínate a bordo de un vehículo que debe transitar por un valle de sombras y de muerte, y Dios te dijera: “Déjame a mí conducir”. ¿Le darías el volante? ¿Te sentirías más seguro si eres tú quien maneja el vehículo? O ¿Cuándo llegues a tierras más tranquilas le pedirías que se pase para el asiento trasero y te regrese a ti el volante?

El salmista David escribió en el Salmo capítulo 23 verso 4: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”; y en el capítulo 8 del libro de Romanos verso 32 el apóstol Pablo dice: “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?”

No importa cuán complicado sea el camino a transitar, o los peligros que se puedan encontrar si Dios está en control de la situación, no hay nada que temer, ¿o habrá algo que se escapa de su control?

Es tiempo de pasarle las riendas de nuestras vidas a Dios. No será fácil te lo advierto, pero sí será necesario si quieres que en tu vida las sombras y la sequía se disipen por completo.

En el momento que le des el control a Dios se asegurará de poner todas las cosas en orden dentro de ti. Ten presente lo que dice Su Palabra en 1 Corintios capítulo 14 verso 40: “pero hágase todo decentemente y con orden”. Nuestro Dios no trabaja en la falta de organización, la mejor muestra de ello la tenemos en la Creación.

En el capítulo 1 del libro de Génesis encontramos un claro patrón de su modo de hacer las cosas, y nótese con especial atención que lo primero en los seis días de la creación, fue la luz. Hasta entonces reinaban las tinieblas, y antes de empezar a poner orden en el caos reinante lo primero que hizo fue encender la luz. Como cuando te dispones a limpiar una habitación sucia y desordenada que lleva mucho tiempo sin ser aseada, y de entrada tu primera acción es encender la luz para ver por dónde debes empezar.

Asimismo ocurre en la vida de todo aquel que se pone en las manos de Dios y le cede el volante, le da permiso a Dios para que exponga todo lo que llevamos en el corazón; y te garantizo una cosa, si encuentra malo o que no sirva, lo va a botar.

Dios no es de los que barren la basura y la esconden debajo de la alfombra, cuando Dios limpia, purifica hasta el último rincón. Así que prepárate, porque si Dios halla una pequeña raíz de amargura, un ídolo muy bien guardado o un pecado no confesó, lo va a sacar de allí. No porque quiera humillarte ni tampoco porque sienta placer en hacerte pasar un mal rato, sino porque tu vida funcionará mejor sin ese terrible peso que llevas a cuestas.

Cuando entró al templo en compañía de sus discípulos, sintió tal celo por la casa de oración al ver cómo estaba repleta de cambistas y mercaderes que su enojo le llevó a voltear las mesas y a echar fuera a todos esos comerciantes (Mateo 21:12). Lo mimo hará en tu vida. Lo que no sirva, lo que no edifica, lo echará fuera.

Recuerda lo que dice 1 Pedro capítulo 5 verso 7: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.” Dios te cuidará durante el proceso de cambio, no temas.

El libro de Salmos en el capítulo 55 verso 22 aporta otro poco: “Echa sobre Jehová tu carga, y él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo”. Estás a salvo en las manos de Dios.

Confía en él. No te arrepentirás. Jamás ha perdido una batalla. Deja que tu vida y todo cuanto tienes se convierta en una fuente de bendición y prosperidad en sus manos.

Dios te bendiga.

Redactado por: Emily Sánchez.

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