Predicas Cristianas
Predicas Cristianas Predica de Hoy: A sanar a los quebrantados de corazón
Predicas Cristianas Lectura Bíblica: “Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, hallo el lugar donde estaba escrito: 18 El Espíritu del Señor esta sobre mi, por cuanto me ha ungido para dar las buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; Y a poner en libertad a los oprimidos, 19 A predicar el año agradable del Señor. 20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó, y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en el. 21 Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.” Lucas 4:17-21
Introducción
Para que nosotros podamos entender en este inicio de campaña el texto que acabamos de leer, necesitamos entender unas cuantas verdades, porque este pasaje no fue escrito para llenar una página de historia religiosa, sino para mostrarnos el corazón de Cristo y la misión que Él vino a cumplir entre nosotros. Aquí no estamos mirando a un simple maestro entrando a una reunión judía. Estamos mirando al Hijo de Dios entrando en la sinagoga, tomando el rollo del profeta Isaías, leyendo una promesa antigua, y declarando que esa palabra se estaba cumpliendo delante de ellos.
Este mensaje sigue siendo necesario hoy, porque hay muchas personas sentadas en templos, en hogares, en trabajos, en cuartos cerrados, y aunque por fuera parecen estar bien, por dentro están dobladas por el dolor. Hay gente que sonríe, pero lleva grietas en el alma. Hay hermanos que cantan, pero todavía sangran por heridas viejas. Hay familias que siguen caminando, pero con el corazón cansado. Y es precisamente a esa clase de persona que Cristo se acerca cuando dice que fue enviado a sanar a los quebrantados de corazón.
Primero necesitamos entender cómo funcionaba una sinagoga judía. La sinagoga judía no era un lugar de sacrificio, sino un lugar en donde se reunían los judíos a leer y a enseñar. Allí se leía el Pentateuco, los cinco primeros libros del antiguo testamento escritos por Moisés, y también los libros de los profetas. Solo había un templo, y este se encontraba en Jerusalén la capital, pero en cada ciudad se encontraba una sinagoga, y en Nazaret no era la excepción.
La diferencia entre un templo y una sinagoga es que en el templo estaba un sacerdote para ministrar el templo, en cambio en la sinagoga entre todos compartían, y así aprendían los unos de los otros. Bajo esta norma fue que se le dio a Cristo el rollo del profeta Isaías para que lo leyera. Note como dice la Biblia: se le dio el rollo del profeta Isaías para que lo leyera. No fue que Jesucristo se autodenominó el Mesías por capricho humano, sino que ya había sido profetizado de Él hacía algunos 600 años atrás.
Era también parte de la costumbre que cuando la persona terminaba de leer el rollo, se sentara y diera una explicación a todos los que estaban reunidos sobre lo leído. Jesús comenzó a compartir con ellos sobre lo que Él había leído, pero todo lo que Él pudo decir fue: Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de ustedes. Esa declaración no era pequeña. Era como abrir una puerta que llevaba siglos cerrada y decir: aquí está el cumplimiento, aquí está la promesa viva, aquí está el Ungido de Dios.
Este mensaje era muy claro y también muy bien dirigido a los siguientes tipos de personas: los pobres, los quebrantados de corazón, los cautivos, los ciegos y los oprimidos. En este primer día de campaña estaremos tocando brevemente los cinco tópicos, pero nuestro mensaje estará enfocado en uno de ellos, que es el quebrantado de corazón. Y cuando hablamos de quebrantados de corazón, no estamos hablando solamente de tristeza pasajera, ni de una emoción momentánea que viene y se va como nube sin lluvia. La palabra “quebrantado de corazón” literalmente significa: ser doblados por las calamidades.
I. Cristo vino a sanar lo que el hombre no puede sanar
Nosotros miramos que hay dos cosas muy importantes que debemos de tomar en cuenta en el verso 18: “por cuanto me ha ungido” y “Me ha enviado”. Estas dos declaraciones nos ayudan a entender que la sanidad del corazón quebrantado no nace de una técnica humana, ni de una emoción religiosa, ni de un consejo superficial. Nace de la autoridad de Dios, del poder de Dios y de la misión de Cristo.
a. Por cuanto me ha ungido
“Por cuanto me ha ungido” significa que el Señor fue ungido para poder llevar a cabo la obra de sanidad interna. Él tiene la unción. La Biblia dice que la unción pudre todo yugo. No hay enfermedad en el corazón que Él no pueda sanar. No hay dolor escondido que Él no pueda tocar. No hay memoria rota que Él no pueda ordenar. No hay lágrima antigua que Él no haya visto.
Muchas veces nosotros queremos sanar con fuerzas humanas lo que solamente Cristo puede sanar con poder divino. Tratamos de tapar el dolor con ocupaciones, con palabras, con amistades, con trabajo, con entretenimiento, con una sonrisa puesta como máscara, pero llega un momento donde el alma dice: ya no puedo más. Y allí es donde tenemos que entender que Cristo no vino solamente a corregir nuestra conducta externa, sino también a tratar con lo profundo del corazón.
La sanidad que Cristo trae no es una pintura sobre una pared quebrada. No es una curita sobre una herida infectada. Cristo entra hasta la raíz. Él no trabaja como el hombre trabaja. El hombre mira lo visible, pero Dios mira lo interno. Por eso hay personas que pueden aparentar fortaleza, pero están quebrantadas; pueden predicar, cantar, servir, ayudar a otros, y aun así estar dobladas por dentro. Pero el Señor conoce la carga que no se ve.
b. Me ha enviado
“Me ha enviado” significa que esta obra no fue improvisada. Como Dios está en todo lugar, Él conoce a los quebrantados de corazón, por lo que decimos que esa es la razón por la cual envió a Jesucristo para sanar a los quebrantados de corazón. Dios no se olvidó del herido. Dios no ignoró al afligido. Dios no pasó por alto al que lloraba en silencio.
Esto debe traer esperanza a nuestra vida, porque hay dolores que otros no entienden. Hay personas que dicen: “ya supéralo,” “ya pasó,” “eso no fue tan grave,” “otros han sufrido más,” pero esa clase de palabras muchas veces hunden más al quebrantado. Cristo no trata así al corazón herido. Él no se burla del dolor. Él no minimiza la herida. Él no apaga el pábilo que humea. Cristo se acerca con verdad, con gracia, con poder y con compasión.
Nosotros necesitamos entender que el corazón quebrantado no siempre se ve con lágrimas. A veces se ve con enojo. A veces con aislamiento. A veces con frialdad. A veces con desconfianza. A veces con una dureza que en realidad es miedo disfrazado. Pero Cristo no se confunde. Él sabe leer lo que está detrás de la conducta. Él sabe distinguir entre la rebeldía de un corazón endurecido y el dolor de un corazón herido que necesita ser restaurado.
II. El quebrantado de corazón necesita venir a Cristo con verdad
Hay cuatro cosas que debemos de hacer para poder ser sanados del corazón quebrantado. La primera es mostrarle a Dios nuestro dolor. Ser honestos con Dios no es pecado. Tener dolor no es pecado. Llorar no es pecado. Reconocer que estamos heridos no es falta de fe. Lo peligroso no es sentir dolor, sino permitir que ese dolor se convierta en amargura, en resentimiento, en una herida que nunca sana porque nunca se la entregamos a Dios.
a. Debemos de mostrarle a Dios nuestro dolor
Muchas personas quieren orar como si Dios no supiera lo que sienten. Usan palabras bonitas, frases religiosas, expresiones aprendidas, pero no abren el corazón. Y Dios no necesita teatro espiritual. Dios desea verdad en lo íntimo. Si estamos dolidos, tenemos que decirle al Señor: “Señor, esto me dolió.” Si estamos cansados, tenemos que decir: “Señor, ya no tengo fuerzas.” Si estamos confundidos, tenemos que decir: “Señor, no entiendo, pero vengo a Ti.”
El dolor que no se presenta delante de Dios empieza a gobernar desde adentro. Se convierte en filtro. Entonces la persona interpreta todo desde la herida. Si alguien no saluda, piensa que la rechazan. Si alguien corrige, piensa que la atacan. Si alguien se acerca, sospecha. Así el corazón quebrantado empieza a vivir encerrado en un cuarto oscuro, y aunque la puerta está abierta, no quiere salir porque ya se acostumbró a protegerse desde el dolor.
Pero Cristo vino a sanar a los quebrantados de corazón. Eso significa que tenemos que traerle el corazón tal como está. No el corazón maquillado. No el corazón arreglado para la reunión. No el corazón con ropa de domingo. El corazón verdadero, con sus preguntas, sus lágrimas, sus memorias y sus heridas. Él no se escandaliza de nuestro dolor. Él vino precisamente por los que están quebrantados.
b. El dolor no entregado puede convertirse en amargura
Cuando el dolor no se entrega a Dios, puede convertirse en amargura. Y la amargura es una prisión silenciosa. La persona cree que está castigando al que la hirió, pero en realidad se está encerrando a sí misma. La amargura cambia el tono de voz, cambia la mirada, cambia la manera de escuchar, cambia la manera de amar, cambia la manera de servir. Es como una raíz debajo de la tierra, no siempre se ve, pero está alimentando muchas reacciones.
Por eso tenemos que tener cuidado. Una herida sin tratar no se queda quieta. Crece. Se mezcla con orgullo. Se mezcla con miedo. Se mezcla con desconfianza. Y después nos preguntamos por qué reaccionamos así, por qué no podemos perdonar, por qué nos molestamos tan rápido, por qué sentimos un peso que no se va. Muchas veces no es el problema presente solamente, sino el dolor viejo que todavía habla desde adentro.
La sanidad comienza cuando dejamos de justificar la herida y empezamos a traerla delante de Dios. No para negar lo que pasó, sino para que Cristo gobierne sobre lo que pasó. Porque lo que no se entrega a Dios termina ocupando un lugar que no le pertenece.
III. El quebrantado de corazón necesita aprender a perdonar
La segunda cosa que debemos de hacer es dejar libres a aquellos que nos han causado dolor. Debemos de aprender a perdonarlos y soltarlos. Esto no es fácil, y sería irresponsable hablar de perdón como si fuera una frase liviana. Hay heridas profundas. Hay traiciones que marcaron. Hay abandonos que dejaron huecos. Hay palabras que todavía suenan en la memoria. Pero aunque perdonar no sea fácil, es necesario para que el corazón no siga encadenado al daño.
a. Perdonar no es decir que el daño fue bueno
Perdonar no significa decir que lo malo fue bueno. No significa justificar al que hizo daño. No significa negar el dolor. No significa permitir abuso. No significa volver a poner la vida en peligro. Perdonar significa poner la deuda en las manos de Dios y dejar de vivir gobernados por lo que alguien nos hizo. Hay personas que no quieren perdonar porque piensan que perdonar es absolver al culpable sin verdad, pero bíblicamente el perdón no es mentira. El perdón es obediencia a Dios.
Hay heridas que necesitan acompañamiento pastoral, consejo sabio, y en algunos casos medidas firmes de protección. Nosotros no podemos llamar restauración a lo que todavía es manipulación, violencia o pecado sin arrepentimiento. Pero aun cuando haya distancia necesaria, el corazón del creyente no puede vivir alimentándose de odio. Cristo vino a liberar también al herido de la cárcel interna del resentimiento.
Perdonar es como abrir una mano que lleva años apretada. Al principio duele porque los dedos se acostumbraron a cerrar. Pero cuando esa mano se abre delante de Dios, algo empieza a respirar otra vez. No siempre cambia la historia, pero cambia la manera en que la historia nos domina.
b. Soltar al que nos hirió es confiar en la justicia de Dios
Muchas personas no sueltan porque sienten que si sueltan, la injusticia gana. Pero eso no es así. Cuando nosotros soltamos en las manos de Dios, estamos reconociendo que Dios es Juez justo. Él vio lo que pasó. Él escuchó lo que se dijo. Él conoce lo que otros no conocen. Nosotros no tenemos que cargar el papel de juez, verdugo y víctima toda la vida. Esa carga es demasiado pesada para el alma.
El corazón quebrantado muchas veces repite mentalmente el mismo momento. Vuelve al lugar del dolor, vuelve a la conversación, vuelve al abandono, vuelve a la traición. Y cada vez que vuelve, la herida se abre otra vez. Por eso Cristo nos llama a traer todo eso a Sus pies. Él no nos pide negar el dolor, pero sí nos llama a no convertir el dolor en trono.
IV. El quebrantado de corazón necesita renovar su entendimiento
La tercera cosa que debemos de hacer es reemplazar las viejas heridas con la verdad de Dios. Hay veces nosotros estamos infestados con malos pensamientos del pasado. La mente vuelve una y otra vez a lo que ocurrió. El enemigo usa recuerdos, voces, acusaciones, temores y mentiras para mantener al creyente viviendo en un cuarto viejo de la memoria, aunque Dios lo está llamando a caminar en una vida nueva.
La Biblia dice en:
Romanos 12:2- No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta.
a. La mente necesita ser transformada por la verdad
Este texto nos enseña que la transformación pasa por la renovación del entendimiento. No basta con sentir alivio por un momento. Necesitamos que la verdad de Dios entre en nuestra mente y empiece a corregir mentiras antiguas. Hay personas que fueron heridas y terminaron creyendo: “No valgo.” “Nadie me ama.” “Dios se olvidó de mí.” “Nunca voy a sanar.” “Siempre seré así.” Pero esas frases no pueden tener más autoridad que la Palabra de Dios.
La herida habla, pero Dios también habla. La diferencia es que la herida habla desde el pasado, pero Dios habla desde la verdad eterna. La herida dice: “quédate aquí.” Dios dice: “levántate.” La herida dice: “protege tu dolor.” Dios dice: “entrégamelo.” La herida dice: “nadie entiende.” Dios dice: “Yo estuve allí.”
Predicas Cristianas como esta nos recuerdan que la sanidad interior no se recibe alimentando la mentira, sino renovando el entendimiento con la verdad de Dios. Cuando el creyente comienza a pensar conforme a la Palabra, también empieza a vivir de otra manera. No de un día para otro como quien cambia una camisa, sino paso a paso, con obediencia, con oración, con rendición y con fe.
b. No podemos seguir alimentando pensamientos que nos destruyen
Hay pensamientos que parecen normales porque llevan mucho tiempo con nosotros, pero no son sanos. Pensamientos de venganza. Pensamientos de inferioridad. Pensamientos de culpa falsa. Pensamientos de temor. Pensamientos que dicen que Dios ya no puede hacer nada. Todo eso tiene que ser confrontado con la Palabra. Si la mente sigue comiendo de la herida, el corazón seguirá enfermo.
Nosotros no podemos impedir que un recuerdo toque la puerta, pero sí podemos decidir si le vamos a preparar una cama para que se quede a vivir. El creyente tiene que aprender a decir: este pensamiento no viene de la verdad de Dios; esta mentira no va a dirigir mi vida; este dolor no va a definir mi identidad. Cristo me está sanando, Cristo me está levantando, Cristo me está enseñando a caminar otra vez.
V. El quebrantado de corazón necesita reenfocarse en el futuro
La cuarta cosa que debemos de hacer es reenfocarnos en el futuro, olvidando las cosas del pasado, y esperando por las cosas que están por venir. La Biblia dice: Filipenses 3:13. Esto no significa que la persona pierde la memoria, ni que lo vivido deja de existir. Significa que el pasado ya no tiene derecho de gobernar el presente ni cerrar el futuro que Dios tiene por delante.
a. Dios no nos llamó a vivir encadenados al ayer
Hay personas que siguen viviendo en un día que ya pasó hace años. El cuerpo está en el presente, pero el alma sigue sentada en el lugar donde fue herida. Y aunque alrededor todo cambia, por dentro la persona sigue allí, repitiendo la misma escena. Pero Cristo no vino para que nosotros aprendamos a decorar nuestras cadenas. Cristo vino para poner en libertad a los oprimidos, para sanar a los quebrantados, para levantar al caído y para traer buenas nuevas.
Reenfocarse en el futuro no es negar el pasado. Es reconocer que Dios es mayor que el pasado. Es creer que la última palabra sobre nuestra vida no la tiene quien nos hirió, no la tiene lo que perdimos, no la tiene la traición, no la tiene el abandono, no la tiene la calamidad. La última palabra la tiene Cristo.
A veces el corazón sanado todavía tiene cicatrices. Pero una cicatriz no siempre es señal de derrota. Muchas veces es testimonio de que hubo herida, pero también hubo sanidad. Es como una marca que dice: esto dolió, pero no me destruyó; esto me dobló, pero Cristo me levantó; esto quiso apagarme, pero Dios sopló vida otra vez.
b. La sanidad también nos prepara para servir a otros
Cuando Dios sana un corazón quebrantado, no lo hace solo para que la persona se sienta mejor, sino también para que esa vida sea testimonio de Su gracia. Hay personas que después de ser restauradas pueden abrazar a otros con más compasión, aconsejar con más ternura, orar con más entendimiento, predicar con lágrimas verdaderas, porque saben lo que es estar quebradas y saben lo que es ser levantadas por Cristo.
El dolor entregado a Dios no queda perdido. Dios puede usar aun las heridas sanadas como instrumento de consuelo para otros. Pero cuidado, no podemos servir desde la herida abierta como si nada estuviera pasando. Primero Cristo trata con nosotros. Primero Él sana. Primero Él ordena. Primero Él limpia. Entonces, lo que antes era quebranto, Dios lo convierte en testimonio.
VI. Cristo sigue sanando corazones quebrantados hoy
Este mensaje no fue solo para aquella sinagoga en Nazaret. Este mensaje es para nosotros hoy. Cristo sigue teniendo poder para sanar. Cristo sigue llamando al pobre, al cautivo, al ciego, al oprimido y al quebrantado de corazón. Él no ha cambiado. Su compasión no se agotó. Su unción no perdió fuerza. Su Palabra no envejeció. Su gracia no se quedó corta.
Tal vez alguien llegó a esta palabra con el corazón cansado. Tal vez lleva años cargando una herida familiar, una traición, un rechazo, una pérdida, una decepción espiritual, una palabra que le rompió por dentro. Tal vez ha aprendido a funcionar, pero no a sanar. Tal vez ha aprendido a callar, pero no a descansar. Tal vez ha aprendido a seguir, pero no a vivir libre. Hoy Cristo nos recuerda que Él fue enviado a sanar a los quebrantados de corazón.
No podemos conformarnos con sobrevivir espiritualmente. Dios quiere llevarnos a una sanidad real. Pero esa sanidad requiere que vengamos a Él con verdad. Tenemos que mostrarle el dolor. Tenemos que soltar el resentimiento. Tenemos que renovar la mente con Su Palabra. Tenemos que dejar de vivir mirando solo hacia atrás. Tenemos que permitir que Cristo entre a los lugares que nosotros hemos cerrado por miedo.
Hay puertas del corazón que a veces mantenemos cerradas porque decimos: “Si abro esto, me va a doler.” Pero muchas veces lo que más necesita ser abierto es precisamente lo que Cristo quiere sanar. Él no entra para destruir. Él entra para limpiar. Él no toca la herida para burlarse. La toca para curarla. Él no expone el dolor para avergonzarnos. Lo trae a la luz para que deje de pudrirse en secreto.
Conclusión
Hoy tenemos que mirar este pasaje con seriedad. Jesús abrió el libro, leyó la palabra del profeta Isaías, y declaró que esa Escritura se cumplía delante de ellos. El Ungido estaba allí. El Enviado estaba allí. El Sanador de los quebrantados de corazón estaba allí. Y nosotros tenemos que entender que el mismo Cristo sigue llamando hoy a los corazones heridos.
Hay cuatro cosas que hemos visto con claridad. Debemos de mostrarle a Dios nuestro dolor, porque ser honestos con Dios no es pecado. Debemos de dejar libres a aquellos que nos han causado dolor, aprendiendo a perdonar y a soltar. Debemos de reemplazar las viejas heridas con la verdad de Dios, porque no podemos vivir infestados con malos pensamientos del pasado. Y debemos de reenfocarnos en el futuro, olvidando las cosas del pasado y esperando por las cosas que están por venir.
No permitamos que una herida se convierta en identidad. No permitamos que el pasado nos robe el altar. No permitamos que el resentimiento nos encierre en una cárcel sin barrotes. No permitamos que la tristeza nos diga quiénes somos. Cristo vino a sanar a los quebrantados de corazón, y si Él vino con esa misión, entonces hay esperanza para el alma que se rinde a Él.
El corazón quebrantado no necesita más apariencia. Necesita a Cristo. No necesita más orgullo. Necesita rendición. No necesita más silencio enfermo. Necesita oración sincera. No necesita más cadenas emocionales. Necesita libertad en el Señor. Así que hoy es tiempo de venir delante de Dios y decirle: Señor, aquí está mi dolor, aquí está mi herida, aquí está mi memoria, aquí está mi corazón doblado por las calamidades; sáname, límpiame, levántame y enséñame a caminar otra vez.
Porque cuando Cristo sana, no solamente cierra una herida. Él restaura la vida, renueva el entendimiento, limpia el corazón, fortalece la fe y nos permite mirar hacia el futuro con esperanza. El mundo puede romper corazones, las calamidades pueden doblar el alma, las personas pueden herir profundamente, pero Jesucristo sigue siendo el Ungido de Dios, enviado para sanar a los quebrantados de corazón.
© 2012. Héctor Rodríguez. Todos los derechos reservados.






