Llorar con los que lloran

Rafael Rodríguez

Llorar con los que lloran

Llorar con los que lloran cuando alguien pierde a un ser querido. Este estudio bíblico de Romanos 12:15 explica cómo consolar a alguien según la Biblia, cuándo guardar silencio y cómo acompañar con amor sin ofrecer respuestas fáciles.

Introducción

Cuando alguien pierde a un ser querido, recibe un diagnóstico difícil o atraviesa una situación que le causa mucho sufrimiento, muchas veces no sabemos qué decir. Queremos ayudar, buscamos alguna palabra que pueda levantarle el ánimo y, sin darnos cuenta, terminamos diciendo cosas que no consuelan, aunque nuestras intenciones sean buenas.

Quizás alguna vez has escuchado a una persona decirle a alguien que acaba de sufrir una pérdida: «No llores, tienes que ser fuerte». O tal vez le han dicho: «Si tienes fe, no deberías estar así». Pero, ¿son estas las palabras que Dios espera de nosotros? ¿Acaso llorar significa que nuestra fe es débil?

El apóstol Pablo nos dejó una enseñanza que parece sencilla, pero que encierra una gran responsabilidad para todo creyente:

«Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran» (Romanos 12:15).

Estas palabras nos enseñan algo que necesitamos comprender. La compasión cristiana no consiste solamente en sentir lástima por alguien, sino en acercarnos a esa persona y acompañarla en su sufrimiento.

Ahora bien, para comprender lo que esto significa, necesitamos examinar el contexto de las palabras de Pablo, el ejemplo de Jesucristo y la manera en que nosotros debemos responder cuando alguien está pasando por un momento doloroso.

I. ¿Qué significa llorar con los que lloran según la Biblia?

a. El amor cristiano debe ser sincero

En Romanos 12:9, Pablo comienza una serie de exhortaciones enseñando que nuestro amor debe ser sin fingimiento. Más adelante nos llama a honrar a los demás, ayudar en sus necesidades y vivir en armonía.

En Romanos 12:4-5, Pablo compara a los creyentes con los miembros de un mismo cuerpo, y a partir del versículo 9 comienza a explicar cómo debe manifestarse el amor cristiano. Cuando llegamos a Romanos 12:15, encontramos dos mandatos que se complementan: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran». El apóstol nos enseña que el amor sincero nos lleva a participar tanto de las alegrías como de los sufrimientos de nuestros hermanos. No debemos sentir envidia cuando otros reciben una bendición ni permanecer indiferentes cuando atraviesan dificultades. En otras palabras, la vida cristiana no consiste solamente en preocuparnos por nuestra propia situación, sino también en interesarnos sinceramente por lo que otros están viviendo.

Una gran realidad es que resulta relativamente fácil acompañar a alguien cuando todo marcha bien. Nos alegramos por sus éxitos, compartimos sus celebraciones y disfrutamos de su compañía. Pero cuando esa misma persona atraviesa una dificultad, nuestra disposición a permanecer a su lado demuestra hasta qué punto nuestro amor es verdadero.

El amor cristiano no puede limitarse a los momentos agradables. También debe manifestarse cuando alguien necesita apoyo, paciencia y comprensión.

b. Llorar no significa tener poca fe

Hay creyentes que se avergüenzan de sus lágrimas porque piensan que un verdadero cristiano siempre debe mostrarse fuerte. Sin embargo, esta idea no corresponde con lo que encontramos en las Escrituras.

David conoció el sufrimiento. Jeremías lloró por la condición de su pueblo. El apóstol Pablo habló de sus muchas lágrimas (Hechos 20:19, 31). Estos hombres amaban a Dios, pero eso no significa que fueran indiferentes al dolor.

Debemos comprender que la fe no nos convierte en personas incapaces de sentir tristeza. La fe nos enseña a confiar en Dios aun cuando estamos sufriendo.

Tampoco significa que toda persona deba expresar su dolor llorando. Algunos necesitan hablar y otros prefieren guardar silencio durante un tiempo. Lo importante es que no confundamos la ausencia de lágrimas con fortaleza espiritual ni el llanto con falta de confianza en Dios.

c. Jesucristo también lloró

Uno de los ejemplos más importantes que encontramos en la Biblia está en Juan 11, cuando Jesús llegó a Betania después de la muerte de Lázaro.

El Señor sabía que iba a resucitarlo. Sin embargo, cuando vio a María llorando y a quienes la acompañaban, se conmovió profundamente. Poco después, Juan registra estas palabras:

«Jesús lloró» (Juan 11:35).

Pensemos en esto por un momento. Nuestro Señor no necesitaba que alguien le explicara lo que iba a suceder. Él sabía que Lázaro saldría del sepulcro, pero aun así lloró.

Esto nos muestra que tener esperanza en el poder de Dios no significa permanecer indiferentes ante el sufrimiento humano.

Charles Haddon Spurgeon (1834–1892), reconocido predicador bautista inglés y pastor del Metropolitan Tabernacle de Londres, explicó esta enseñanza en su sermón «Jesus Wept», predicado en 1889 y basado en Juan 11:35. Al hablar de las lágrimas de Jesucristo, declaró:

«Beloved, we can weep without sin. I do not suppose we have ever done so; but it is possible. It is not a sin to weep for those whom God has taken away from us, nor for those who are suffering»

Traducción: «Amados, podemos llorar sin pecar. No creo que lo hayamos hecho nunca, pero es posible. No es pecado llorar por aquellos que Dios ha llevado de nuestro lado, ni por quienes están sufriendo.».

Spurgeon estaba destacando que el llanto no constituye necesariamente una señal de incredulidad o rebeldía contra Dios. También reconocía que nuestras emociones pueden verse afectadas por actitudes pecaminosas, algo que no ocurrió con Jesucristo.

El Señor lloró ante el sepulcro de Lázaro, aunque sabía que iba a resucitarlo, pero nunca murmuró contra la voluntad del Padre. Por eso, no debemos confundir el dolor que experimentamos por la pérdida de alguien amado con una falta de confianza en Dios. Podemos sentir tristeza, derramar lágrimas y, al mismo tiempo, permanecer firmes en nuestra fe y esperanza en Jesucristo.

II. ¿Cómo consolar a alguien según la Biblia?

a. Aprendamos a escuchar antes de hablar

Uno de los errores más frecuentes cuando intentamos consolar a alguien es pensar que necesitamos encontrar inmediatamente una solución.

Una persona nos cuenta que está sufriendo y comenzamos a darle consejos. Le explicamos lo que debería hacer, le recordamos todo lo que Dios promete y procuramos cambiar rápidamente su manera de pensar.

Pero ¿qué sucede si esa persona todavía no está preparada para escuchar nuestros consejos? ¿Qué ocurre si lo que necesita en ese momento es alguien que la escuche?

Santiago 1:19 nos recuerda la importancia de ser prontos para oír y tardos para hablar.

Escuchar no significa estar de acuerdo con todo lo que alguien dice mientras está sufriendo. Una persona puede sacar conclusiones equivocadas como resultado de su angustia. Sin embargo, podemos escuchar con paciencia antes de intentar corregir su manera de pensar.

Hay momentos para enseñar, momentos para corregir y momentos en los que debemos guardar silencio. La sabiduría consiste en reconocer la diferencia.

b. No debemos utilizar la Biblia para minimizar el dolor

La Palabra de Dios es nuestra autoridad y contiene las enseñanzas que necesitamos para vivir conforme a su voluntad. Sin embargo, debemos tener cuidado de no utilizar un versículo correctamente citado para dar una aplicación equivocada.

Por ejemplo, cuando alguien pierde a un familiar, podemos recordarle la esperanza de la resurrección. Pero no debemos hacerlo como si esa promesa significara que la persona tiene que dejar de llorar inmediatamente.

En 1 Tesalonicenses 4:13-18, Pablo consuela a los creyentes hablándoles de la resurrección futura. Su propósito no es prohibirles sentir tristeza, sino recordarles que quienes pertenecen a Cristo tienen una esperanza que va más allá de la muerte.

Esto nos enseña que podemos tener esperanza y sentir dolor al mismo tiempo.

Tampoco debemos afirmar que sabemos por qué Dios permitió determinada tragedia cuando las Escrituras no nos han revelado esa razón. Frases como «Dios se lo llevó porque lo necesitaba» pueden producir todavía más confusión, además de atribuir al Señor una explicación que nosotros desconocemos.

Consolar bíblicamente no significa ofrecer respuestas para todas las preguntas, sino acompañar a la persona con verdad, amor y prudencia.

c. Nuestra presencia puede ser más importante que nuestras palabras

En Job 2:11-13, encontramos que tres amigos fueron a visitar a Job después de las calamidades que había sufrido. Cuando lo vieron, lloraron y permanecieron sentados junto a él durante siete días y siete noches sin hablarle, porque comprendieron que su dolor era muy grande.

Más adelante, aquellos hombres cometieron graves errores al tratar de explicar el sufrimiento de Job. Sin embargo, su reacción inicial nos deja una enseñanza: reconocieron la profundidad de su angustia y estuvieron presentes.

Esto es algo que nosotros necesitamos aprender.

Quizás una hermana de la iglesia acaba de perder a su esposo. Vamos a visitarla y encontramos que apenas tiene deseos de hablar. No necesitamos llenar todos los silencios con explicaciones. Podemos sentarnos a su lado, escucharla si desea compartir algo, orar con ella cuando sea apropiado y preguntarle si necesita ayuda.

A veces, una visita sincera puede transmitir más amor que muchas palabras.

d. El consuelo también requiere ayuda práctica

En Romanos 12:13, Pablo nos llama a compartir para las necesidades de los santos. Esto nos recuerda que el amor cristiano no se demuestra solamente con palabras.

Si una familia acaba de sufrir una pérdida, probablemente tenga responsabilidades que atender mientras intenta asimilar lo sucedido. Puede necesitar alimentos, transporte, ayuda con los niños o alguna diligencia que en ese momento le resulta difícil realizar.

En vez de limitarnos a decir «Si necesitas algo, llámame», podemos preguntar específicamente qué podemos hacer para ayudar.

Desde luego, debemos respetar la privacidad y los deseos de la persona. No todos necesitan la misma clase de ayuda ni desean estar acompañados constantemente.

La verdadera compasión procura aliviar las cargas de otros sin convertirse en una carga adicional para ellos.

III. ¿Cómo acompañar a quien sufre sin perder nuestra esperanza en Cristo?

a. Debemos recordar de dónde viene el verdadero consuelo

En 2 Corintios 1:3-4, Pablo presenta a Dios como el Padre de misericordias y Dios de toda consolación. También explica que el consuelo que recibimos del Señor nos capacita para consolar a quienes atraviesan dificultades.

Esto establece una diferencia importante entre el consuelo cristiano y las palabras de ánimo que dependen únicamente de nuestras buenas intenciones.

Nosotros no tenemos poder para quitar todas las aflicciones de las personas. Tampoco podemos garantizarles que sus circunstancias cambiarán inmediatamente. Pero sí podemos recordarles las promesas de Dios y acompañarlas mientras aprenden a confiar en Él.

Por eso, cuando acompañamos a alguien, debemos reconocer nuestras limitaciones. Somos instrumentos que Dios puede utilizar, pero no somos quienes tienen todas las respuestas.

b. Acompañar también significa permanecer cuando el dolor continúa

Una persona que acaba de sufrir una pérdida suele recibir muchas visitas durante los primeros días. Familiares, amigos y hermanos de la iglesia se acercan para ofrecer apoyo.

Sin embargo, después del funeral, cuando los demás regresan a sus responsabilidades, esa persona puede comenzar a experimentar con mayor intensidad la ausencia de su ser querido.

Es precisamente entonces cuando nuestra compañía puede ser especialmente valiosa.

Gálatas 6:2 nos llama a sobrellevar las cargas los unos de los otros. Este mandato no se limita a una visita o una conversación. Nos recuerda que la vida cristiana incluye responsabilidades hacia nuestros hermanos.

Podemos llamar después de algunas semanas, recordar fechas que sabemos que serán difíciles o sencillamente preguntar cómo se encuentra la persona.

Ahora bien, acompañar no significa obligarla a hablar de lo sucedido ni exigirle que se recupere dentro de un plazo determinado. Debemos respetar su manera de afrontar el dolor y ofrecer una compañía sincera.

c. Nuestra esperanza está en la victoria de Jesucristo

Cuando hablamos de la muerte, no podemos olvidar la verdad central del evangelio: Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó conforme a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4).

Por medio de su resurrección tenemos una esperanza que la muerte no puede destruir.

En 1 Corintios 15:20-23, Pablo enseña que Cristo resucitó y que quienes le pertenecen también participarán de la resurrección.

Esta esperanza no elimina automáticamente las lágrimas de quienes han perdido a una persona amada. Tampoco nos autoriza a asegurar el destino eterno de alguien cuando no tenemos fundamento bíblico para hacerlo.

Lo que sí podemos anunciar con confianza es que Jesucristo venció la muerte y que quienes creen en Él tienen la promesa de vida eterna.

La respuesta cristiana al sufrimiento, por tanto, no consiste en negar que la muerte es dolorosa. Consiste en reconocer su realidad mientras mantenemos nuestra confianza en el Señor resucitado.

d. También necesitamos aprender a recibir consuelo

Hasta ahora hemos hablado de nuestra responsabilidad de acompañar a quienes sufren. Pero hay otra pregunta que debemos hacernos: ¿qué ocurre cuando somos nosotros quienes necesitamos ayuda?

Algunos creyentes están dispuestos a servir, visitar y escuchar a todo el mundo, pero cuando atraviesan una dificultad prefieren encerrarse y cargar solos con su dolor.

No siempre es fácil reconocer que necesitamos compañía. Sin embargo, Romanos 12:15 describe una relación de amor y participación entre los creyentes. Hay momentos en los que nos corresponde consolar y otros en los que necesitamos recibir consuelo.

No tenemos que contar nuestros problemas a todas las personas, pero sí es saludable buscar el apoyo de familiares, hermanos maduros y pastores de confianza cuando estamos atravesando una situación difícil.

Y cuando el sufrimiento afecta seriamente nuestro descanso, nuestra salud o nuestra capacidad de realizar las actividades diarias, buscar ayuda profesional apropiada tampoco constituye una falta de fe.

Dios nos creó para vivir en relación con otras personas, y la iglesia debe ser un lugar donde podamos encontrar acompañamiento, verdad y amor.

Aplicación

Todos conocemos a alguien que está sufriendo. Puede ser una persona de nuestra familia, un hermano de la iglesia, un vecino o un amigo que está atravesando una situación que nosotros desconocemos.

La pregunta es: ¿cómo estamos respondiendo a su dolor?

Quizás hemos estado demasiado ocupados para visitarlo. Tal vez hemos intentado aconsejarlo sin escucharlo. O puede ser que hayamos evitado acercarnos porque no sabemos qué decir.

Esta semana podemos hacer algo diferente. Pensemos en una persona que necesita compañía y busquemos una oportunidad para acercarnos. No necesitamos preparar un discurso ni tener soluciones para todos sus problemas.

Podemos escucharla, ofrecerle ayuda y orar por ella.

Aprender a acompañar a una persona que sufre es una manera concreta de obedecer el mandamiento de amarnos los unos a los otros.

Y si somos nosotros quienes estamos sufriendo, recordemos que tampoco tenemos que enfrentar cada dificultad en soledad. Podemos acercarnos al Señor y permitir que hermanos maduros nos acompañen.

Conclusión

El mandato de llorar con los que lloran nos recuerda que la vida cristiana no se limita a escuchar prédicas, estudiar las Escrituras o participar en las actividades de una congregación. También incluye nuestra manera de tratar a las personas, especialmente cuando están atravesando momentos dolorosos.

Jesucristo nos dejó el ejemplo de su compasión. El apóstol Pablo nos enseñó a compartir las alegrías y las tristezas de nuestros hermanos. Y toda la Escritura nos recuerda que el amor verdadero debe manifestarse mediante nuestras acciones.

Una gran realidad que nunca debemos olvidar es que no siempre podremos cambiar las circunstancias de quienes sufren, pero sí podemos evitar que tengan que enfrentarlas completamente solos.

Por eso, aprendamos a escuchar antes de hablar, a ofrecer ayuda sin esperar reconocimiento y a presentar las promesas de Dios sin minimizar el dolor de nadie.

Que el Señor nos conceda un corazón sensible al sufrimiento de los demás, porque cuando acompañamos a una persona con amor y fidelidad bíblica, estamos demostrando de una manera práctica lo que significa vivir conforme a la enseñanza de Jesucristo.

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Rafael Rodríguez
Autor

Rafael Rodríguez

Mi nombre es Rafael Rodríguez, y tuve la bendición de crecer en un hogar cristiano, donde desde pequeño aprendí a valorar la Palabra de Dios y a reconocer la importancia de vivir conforme a sus enseñanzas. Con el paso de los años, ese fundamento que recibí en mi hogar fue despertando en mí un deseo cada vez mayor de profundizar en las Escrituras y compartir con otros las verdades que encontramos en ellas. No soy pastor de ninguna iglesia, simplemente soy un creyente que ama la Palabra de Dios y reconoce cuánto necesitamos de ella en nuestra vida diaria. Cuando escribo, mi mayor preocupación es mantenerme fiel a lo que enseñan las Escrituras, sin acomodar su mensaje a nuestras opiniones o preferencias personales, porque estoy convencido de que la verdad de Dios no necesita ser modificada, sino comprendida, obedecida y compartida. Mi deseo es que cada artículo que tengas la oportunidad de leer no solamente aumente tu conocimiento bíblico, sino que también te anime a examinar tu corazón, fortalecer tu fe y caminar cada día más cerca de nuestro Señor Jesucristo. Si algo de lo que comparto te ayuda a abrir tu Biblia con mayor interés y a conocer mejor a Dios, entonces este esfuerzo habrá valido la pena.

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