Bosquejos Biblicos
Bosquejos Biblicos… Texto de la Predicación: Salmo 2
Introducción
La predicación del evangelio recibe mucha oposición. Durante siglos, la gente se ha opuesto a la predicación del evangelio. Persiguen y torturan a los cristianos, censuran la predicación de la verdad, y se burlaron de los defensores de la Palabra de Dios.
¿Cómo, entonces, podemos estar seguro de que la verdad prevalecerá? ¿Cómo sabemos que la gente va a perseguir tanto a los cristianos, que un día no habrá más cristianos y no se predicará más el evangelio?
El Salmo 2 responde estas preguntas.
Y su punto de enfoque está en el Mesías venidero. Este Mesías, Jesucristo, sería la causa por la cual la predicación del evangelio prevalecerá, y tendrá fruto.
Este salmo tienes tres divisiones. La primera división es del versículo 1 al 3, que habla sobre la rebelión de las naciones; la segunda división es del versículo 4 al 9, que habla de la designación de Jesús como el Mesías; y la tercera división habla sobre las aplicaciones hacia las naciones como consecuencia de la exaltación de Jesús. Este sermón entonces estará dividido en tres partes, siguiendo el esquema del
Salmo:
- 1. La rebelión de las naciones hacia el evangelio.
- 2. La Designación de Jesús como el Mesías.
- 3. Nuestro deber de predicar el evangelio.
Desarrollo
I. La rebelión de las naciones
A. El cuestionamiento del profeta.
El salmista comienza cuestionando lo que hacen las naciones. El salmista se pregunta: “¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?” (vers. 1).
Para él, lo que hace la gente no está bien. Es una tontería. Porque todo será frustrado, sus intentos son vanos. Pero, ¿qué hacen las naciones?
B. La lucha de las naciones contra el Mesías.
Según el salmista, todos los reyes de la tierra, se levantan, y se unen contra Dios y contra su Ungido. Lo que esto significa es que todos se unen en un complot para luchar contra Dios y su Mesías.
Estas palabras son citadas por los discípulos, en un momento de persecución. Orando al Señor, dicen: “Por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? 26 Se reunieron los reyes de la tierra, Y los príncipes se juntaron en uno Contra el Señor, y contra su Cristo. 27 Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel,” (Hechos 4:25-27).
Estas palabras se cumplieron, cuando el mundo antiguo se unió para matar a Cristo. Hay que recordar que “Cristo” es la traducción griega de “Ungido”, que significa “Mesías”. Estos tres términos se refieren a lo mismo.
El mundo incrédulo
Ahora, todo el mundo incrédulo estuvo representado por Herodes, Poncio Pilato, los gentiles, y el pueblo de Israel. Y se sigue cumpliendo con los discípulos, cuando el mundo persigue a los cristianos por la predicación de la Palabra de Dios.
A los ojos del salmista, y de la visión bíblica, perseguir a la iglesia por la predicación, es lo mismo que luchar contra Cristo, y contra Dios. De hecho, cuando Jesús se manifestó a Pablo, el perseguidor de la iglesia, le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4). La predicación del evangelio es sobre Cristo. Perseguir a la predicación, es perseguir a Cristo.
C. Una oposición a la predicación del evangelio.
Esto nos da un panorama de la tierra sobre la cual vamos a trabajar. No es una tierra fértil y abonada, es una tierra que tiene espinos y cardos, y va a presentar toda la oposición posible para no aceptar el evangelio. Los hombres no siempre van a recibirnos con los brazos abiertos, y aún cuando lo hagan, van a poner muchos peros, tendrán argumentos en contra, incluso van a molestarse. Es más, muchos pueden llegar a odiarnos y perseguirnos por esto.
El salmista es claro. Las naciones están en oposición a Dios y a Cristo. Y harán todo lo posible, para perseguirlo.
II. La Designación de Jesús como el Mesías
A. Una aclaratoria.
El punto anterior no es suficiente motivación para evangelizar. De hecho, es lo contrario. ¿Quién va a querer predicar el evangelio, con tales expectativas? Sin embargo, las palabras del salmista aun no han acabado.
Dice que el Señor ve todos estos planes, y se burla de ellos. Se ríe desde el cielo, porque ve que lo que ellos están haciendo es una tontería, y sus planes serán frustrados. Veamos por qué razón.
B. El Mesías es declarado Rey.
El versículo 6 dice: “He establecido a mi rey sobre Sión, mi santo monte” (vers. 6). ¿Qué versículo enseña esta verdad?
El pasaje dice que Dios ha puesto su rey sobre Sión. ¿Y qué es Sión? Sión es una representación del cielo, donde Dios habita. Sión era el lugar más alto en Jerusalén, y el lugar dónde estaba el Templo, donde habitaba la presencia de Dios. Así que Sión se refiere al lugar más alto donde habita la presencia de Dios.
Lo que esto quiere decir es que, a pesar de que las naciones mataron a Jesús, Él ha resucitado, y ascendió al cielo, y desde allí gobierna todas las cosas con su poder. Las naciones mataron al Señor, creyendo que así podrían vencerlo. Per sucedió lo contrario. Esa fue la manera en que Jesús llegó al trono, y reina sobre las naciones. Dios ha convertido en Rey Soberano sobre los cielos y la tierra, a Aquel que las naciones mataron.
C. Las naciones y el reino de Cristo.
“Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra. 9 Los quebrantarás con vara de hierro; Como vasija de alfarero los desmenuzarás” (verss. 8-9).
Las naciones que le son entregadas a Jesús como herencia, son las mismas naciones que en el versículo 1 se sublevan contra el Señor. Que las naciones no quieran someterse, no le quita la autoridad que Jesucristo tiene sobre ellas. El Señor es Rey aún sobre aquellos que conspiran contra Él.
Eso tiene dos implicaciones. Por un lado, gracias a que Cristo es Rey tiene el suficiente poder para salvar a personas de toda lengua y nación. Él vence a sus enemigos, volviéndolos sus aliados. Un poder que sólo tiene el Rey que dio su vida por ellos.
Por otro lado, significa que las naciones serán sometidas a Cristo. El resultado de este reinado es que sus enemigos serán quebrantados con vara de hierro, y serán despedazadas como la vasija del alfarero. Estos enemigos son los que se niegan a creer en el evangelio. Estos perecerán en el día final.
III. Nuestro deber de predicar el evangelio
A. Debemos predicar el evangelio.
Después de entender todo esto, el salmista comprendió que tenía un deber para las naciones. Él debía proclamarles a las naciones cómo debían actuar, en virtud del reinado de Cristo.
Los versículos 10-12 dicen: “Ustedes, los reyes, sean prudentes; déjense enseñar, gobernantes de la tierra. 11 Sirvan al SEÑOR con temor; con temblor ríndanle alabanza. 12 Bésenle los pies, no sea que se enoje y sean ustedes destruidos en el camino, pues su ira se inflama de repente. ¡Dichosos los que en él buscan refugio!” (verss. 10-12).
Todas estas cosas son llamados de parte del salmista a creer en este decreto, y someterse al Señor. Ahora, si el salmista hizo esto viendo de lejos lo que habría de ser el Mesías, ¿cuánto no más nosotros, que conocemos al Señor con más claridad, y cuando el Señor ya está sentado en su trono? Al igual que Él, debemos proclamar a otros, que Cristo es Rey.
B. Lo que debemos predicar.
El salmista nos enseña lo que debemos decir en este decreto.
1. Que todos deben someterse a Cristo, a través de su evangelio. “Ustedes, los reyes, sean prudentes; déjense enseñar, gobernantes de la tierra. Sirvan al SEÑOR con temor; con temblor ríndanle alabanza. Bésenle los pies”. Los reyes funcionan como los representantes de las naciones. Es un deber para todos.
2. Qué el que no crea, perecerá. “Bésenle los pies, no sea que se enoje y sean ustedes destruidos en el camino, pues su ira se inflama de repente” (vers. 12).
3. Qué el que crea en él, tendrá vida eterna. ¡Dichosos los que en él buscan refugio!
Conclusión
Si Cristo es Rey, entonces tenemos asegurada la victoria en la predicación del evangelio. Nadie podrá detener la salvación de Cristo Jesús. Este poder es el que nos acompaña, cuando cada uno predica a Cristo.
© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.






