Estudios Bíblicos
Estudios Bíblicos Estudio de Hoy: Sanidad Emocional y Paz Mental
Estudios Bíblicos Lectura Bíblica Principal: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.” Filipenses 4:6-7
Tema: Venciendo la Ansiedad, la Depresión y las Heridas del Pasado con la Palabra de Dios
Introducción
Hay batallas que no se ven en el rostro, pero pesan sobre el alma como una piedra mojada. Hay personas que llegan a la iglesia, saludan, sonríen, cantan, levantan las manos, pero por dentro están luchando con ansiedad, tristeza profunda, pensamientos oscuros, cansancio emocional, temor al futuro o heridas antiguas que todavía sangran en silencio. Y hermanos, tenemos que hablar de esto con verdad bíblica y con compasión, porque una persona puede amar a Dios y aun así estar emocionalmente cansada. Una persona puede tener fe y aun así necesitar consuelo, dirección, restauración y ayuda sabia.
No podemos tratar la ansiedad como si siempre fuera falta de fe. No podemos tratar la depresión como si siempre fuera simple desobediencia. No podemos tratar el trauma del pasado con frases rápidas, como si una herida profunda se cerrara solo porque alguien dijo: “Olvídate de eso.” La Palabra de Dios no nos llama a negar el dolor. Nos llama a llevar el dolor a la presencia del Señor, bajo la verdad de Dios, con un corazón rendido a Cristo.
Pero también tenemos que decir esto con firmeza: el dolor emocional no tiene autoridad final sobre el creyente. La ansiedad no es nuestro señor. La tristeza no es nuestro dios. El pasado no tiene derecho a definir nuestra identidad en Cristo. Las heridas fueron reales, sí, y algunas dejaron marcas profundas, pero Cristo es más grande que la herida, más fiel que nuestra memoria rota, más cercano que la noche del alma, y más poderoso que aquello que nos quiso destruir.
Filipenses 4:6-7 declara: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
Fíjense bien. Pablo escribe estas palabras desde un contexto de sufrimiento, no desde una vida cómoda. Él no está hablando como alguien que nunca conoció presión. Está enseñando que la paz de Dios no depende de que todo esté fácil por fuera, sino de que el corazón esté guardado en Cristo por dentro. Esa es una verdad necesaria. Porque la paz bíblica no es ausencia de problemas. La paz bíblica es la presencia de Dios gobernando el corazón en medio de los problemas.
Para tener un mejor entendimiento, en Filipenses 4:6 la palabra traducida como “afanosos” viene del griego μεριμνάω (merimnaō, Blue Letter Bible Lexicon, Strong’s G3309) y comunica la idea de estar preocupado, ansioso o dividido por una carga. Esto nos ayuda a ver que la ansiedad muchas veces parte el corazón en pedazos. Una parte quiere confiar en Dios, otra parte corre hacia el miedo; una parte ora, otra parte imagina lo peor; una parte sabe la verdad, otra parte tiembla.
Ahora examinemos cómo la Palabra de Dios nos guía hacia sanidad emocional y paz mental, no con respuestas superficiales, sino con verdad, fe, arrepentimiento cuando sea necesario, consuelo, oración, renovación de la mente y esperanza firme en Cristo.
I. Dios No Ignora el Dolor Emocional de Sus Hijos
Lo primero que tenemos que reconocer es esto: Dios no es indiferente al dolor del alma. El Señor no mira al creyente quebrantado con desprecio. No lo acusa por llorar. No lo rechaza por estar cansado. No lo abandona porque su corazón esté luchando. La Escritura nos muestra a un Dios cercano al quebrantado, tierno con el herido, firme con el pecado, pero compasivo con el débil.
Salmo 34:18 declara: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; Y salva a los contritos de espíritu.”
Esta palabra tiene que entrar como agua limpia en el corazón cansado. Dios está cercano a los quebrantados de corazón. No dice que Dios está cercano solamente a los fuertes, a los que nunca lloran, a los que siempre tienen respuestas, a los que nunca tiemblan. Dios está cercano al quebrantado. Esto no es permiso para quedarnos hundidos, pero sí es consuelo para saber que no estamos solos en el valle.
a. El dolor emocional no debe ser escondido de Dios
Hay creyentes que piensan que tienen que esconder su dolor para verse espirituales. Llegan delante de Dios con palabras correctas, pero con el corazón encerrado. Como si el Señor no supiera lo que pasa por dentro. Hermanos, eso no es fe madura. La fe verdadera no finge delante de Dios. La fe verdadera se presenta delante del Señor con reverencia y sinceridad.
Salmo 62:8 declara: “Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio. Selah”
La Biblia dice: “Derramad delante de él vuestro corazón.” Eso significa que podemos llevarle a Dios la ansiedad, la tristeza, el miedo, la confusión, la memoria herida, el cansancio que no sabemos explicar. No para acusar a Dios, sino para refugiarnos en Él. Hay una diferencia grande entre quejarse contra Dios y derramar el corazón delante de Dios.
b. Los siervos de Dios también conocieron angustia
La Escritura no esconde las luchas internas de los hombres de Dios. David lloró. Elías se cansó. Jeremías lamentó. Pablo fue atribulado. Nuestro Señor Jesucristo, sin pecado, experimentó profunda angustia en Getsemaní. Esto nos enseña que el dolor emocional no debe ser tratado con ligereza ni con vergüenza religiosa.
Salmo 42:5 declara: “¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.”
El salmista habla con su propia alma. No niega el abatimiento. No pretende que todo está bien. Pero tampoco deja que su alma le predique desesperanza. Le habla con verdad: “Espera en Dios.” Eso es importante. Hay momentos donde no tenemos que escuchar todo lo que sentimos. Tenemos que predicarle la verdad de Dios a nuestra propia alma.
c. Cristo entiende el sufrimiento humano sin haber pecado
Cuando hablamos de sanidad emocional, tenemos que mirar a Cristo. Él no es un Salvador distante. Él se hizo hombre, sufrió, lloró, fue rechazado, fue traicionado, fue acusado injustamente y llevó sobre sí el peso del pecado de Su pueblo. Cristo entiende el dolor humano, pero lo entiende sin pecado.
Hebreos 4:15 declara: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.”
Esto nos da confianza. Podemos acercarnos a Cristo sin fingir fuerza. Él no es cruel con el débil. Pero también tenemos que recordar que Su compasión no nos deja igual. Cristo consuela, restaura, corrige, santifica y enseña al alma a caminar en verdad.
II. La Ansiedad Tiene que Ser Llevada a Dios en Oración
La ansiedad muchas veces intenta gobernar la mente antes de que el día comience. Nos despierta con preguntas. ¿Y si pasa esto? ¿Y si no puedo? ¿Y si fracaso? ¿Y si se repite lo mismo? ¿Y si Dios no responde? Y la mente corre como caballo sin freno. Pero la Palabra de Dios no nos deja a merced de esa carrera interior.
Filipenses 4:6 declara: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”
Pablo no está diciendo que el creyente nunca será tentado a preocuparse. Está enseñando qué hacer con la carga cuando aparece. No alimentarla. No adorarla. No construir una casa dentro del miedo. Tenemos que llevarla delante de Dios.
a. La ansiedad se fortalece cuando la mente se aparta de la verdad
La ansiedad no siempre nace de incredulidad voluntaria, pero muchas veces crece cuando la mente empieza a vivir más en posibilidades temidas que en promesas verdaderas. La mente ansiosa fabrica escenarios, y luego el corazón sufre como si esos escenarios ya fueran realidad. Ahí tenemos que detenernos y volver a la Palabra.
Mateo 6:34 declara: “Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.”
Jesús no niega que cada día tiene su carga. Él dice: “Basta a cada día su propio mal.” En otras palabras, no cargues hoy con el peso imaginado de mañana. Dios da gracia para el día, no para todos los temores que inventamos antes de tiempo.
b. La oración entrega a Dios lo que la ansiedad quiere controlar
La ansiedad quiere controlarlo todo. Quiere adelantar conversaciones, resolver problemas antes de que existan, protegernos de dolores posibles, asegurar resultados que no están en nuestras manos. Pero la oración nos lleva a reconocer: “Señor, esto no lo puedo cargar solo. Esto está en Tus manos.”
1 Pedro 5:7 declara: “echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”
No dice: “echando algunas ansiedades.” Dice: “toda vuestra ansiedad.” El creyente no tiene que cargar como si fuera huérfano. Tenemos Padre. Tenemos Pastor. Tenemos Salvador. Tenemos acceso al trono de la gracia. Y el texto añade la razón: “porque él tiene cuidado de vosotros.” La oración no es hablar al aire. Es venir delante del Dios que cuida a los suyos.
c. La paz de Dios guarda el corazón y los pensamientos
Dios no promete que al orar desaparecerán instantáneamente todos los problemas. Pero sí promete algo profundo: Su paz guardará el corazón y los pensamientos en Cristo Jesús. Esta paz no nace de controlar la vida. Nace de confiar en el Señor de la vida.
Filipenses 4:7 declara: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
La palabra “guardará” nos presenta la imagen de protección. La paz de Dios actúa como guardia sobre el corazón y la mente. No significa que nunca volverá una preocupación, sino que el creyente aprende a traer sus pensamientos cautivos bajo la verdad de Cristo.
III. La Depresión y el Abatimiento Necesitan Verdad, Compañía y Esperanza
Tenemos que hablar con cuidado. La depresión puede tener diferentes causas y niveles. A veces está relacionada con pérdida, cansancio extremo, pecado no tratado, heridas profundas, enfermedad, cambios físicos, soledad, opresión espiritual o una combinación de varias cosas. Por eso no se debe tratar con frases simples ni acusaciones rápidas. El creyente que está abatido necesita verdad, sí, pero también necesita paciencia, compañía, oración, consejo sabio y, en algunos casos, ayuda médica o profesional sin vergüenza.
La Biblia no presenta el abatimiento como algo desconocido. La Palabra nos muestra almas cansadas que claman a Dios.
Salmo 143:7 declara: “Respóndeme pronto, oh Jehová, porque desmaya mi espíritu; No escondas de mí tu rostro, No venga yo a ser semejante a los que descienden a la sepultura.”
David habla desde un lugar profundo. “Desmaya mi espíritu.” Esa frase no es ligera. Es el lenguaje de un alma agotada. Pero aun desde ese agotamiento, David clama a Jehová. Eso nos enseña que el abatimiento no tiene que separarnos de Dios. Puede convertirse en el lugar donde volvemos a clamar con más sinceridad.
a. El abatimiento no debe ser alimentado con aislamiento
Cuando el alma está triste, muchas veces quiere esconderse. Y hay momentos donde necesitamos silencio y descanso, claro que sí. Pero el aislamiento prolongado puede convertirse en terreno peligroso. El creyente no fue diseñado para pelear solo todas sus batallas.
Gálatas 6:2 declara: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.”
La iglesia tiene que ser un lugar donde las cargas se ayudan a llevar, no un lugar donde todos fingen estar bien. Esto no significa publicar todo dolor a todo el mundo. Significa que necesitamos hermanos maduros, consejería bíblica, oración, pastoreo y comunión verdadera. Hay cargas que se vuelven más pesadas cuando se cargan en secreto.
b. La esperanza bíblica confronta la desesperanza
La depresión puede hacer que la persona sienta que nada cambiará. Le roba color al futuro. Le habla con voz de sentencia. Pero la Palabra de Dios nos llama a no darle autoridad final a esa voz. La esperanza cristiana no se basa en que mañana será fácil. Se basa en que Dios es fiel.
Romanos 15:13 declara: “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.”
Dios es llamado aquí “el Dios de esperanza.” No el Dios de la confusión. No el Dios del abandono. El Dios de esperanza. Y esa esperanza no nace de pensamiento positivo. Nace del poder del Espíritu Santo. Por eso el creyente abatido tiene que seguir viniendo a Dios, aun cuando no sienta fuerza. A veces la oración sale como susurro, pero Dios también escucha susurros.
c. La iglesia tiene que acompañar con paciencia y verdad
Hay personas que sufren más porque alguien les habló sin cuidado. Les dijeron: “Eso se te quita orando.” Claro que tenemos que orar, pero no podemos usar la oración como una frase para quitarnos de encima el dolor de alguien. Otros dicen: “Un cristiano no se deprime.” Eso no es una afirmación cuidadosa. El creyente puede pasar por abatimiento profundo, y necesita ser guiado a Cristo con verdad, no golpeado con culpa religiosa.
1 Tesalonicenses 5:14 declara: “También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos.”
Fíjense bien en el equilibrio. A los ociosos se les amonesta. A los de poco ánimo se les alienta. A los débiles se les sostiene. Y con todos se tiene paciencia. La iglesia necesita discernimiento pastoral. No todos necesitan la misma palabra en el mismo momento. Algunos necesitan corrección. Otros necesitan consuelo. Otros necesitan que alguien los sostenga mientras recuperan fuerza.
IV. Las Heridas del Pasado Tienen que Ser Traídas a la Luz de Cristo
El pasado puede dejar marcas profundas. Palabras que entraron como cuchillos y se quedaron como ecos. Y aunque el tiempo pasa, hay dolores que siguen apareciendo en la manera de confiar, amar, reaccionar, defenderse o relacionarse con otros.
Pero la Escritura nos enseña que el creyente no tiene que vivir esclavo de lo que sufrió. Eso no significa negar lo ocurrido. No significa llamar pequeño a lo que fue grave. No significa apresurar procesos. Significa traer la herida al Señor, permitir que Su verdad corrija las mentiras que nacieron del dolor, y caminar hacia sanidad con fe, paciencia y obediencia.
Salmo 147:3 declara: “El sana a los quebrantados de corazón, Y venda sus heridas.”
Dios no solo ve la herida. Él puede vendarla. Qué imagen tan tierna. El Señor no trata al quebrantado como estorbo. Él se acerca al corazón roto y obra con misericordia.
a. El trauma no debe definir la identidad del creyente
Lo que nos pasó puede haber sido real, doloroso e injusto. Pero no tiene derecho a definir quiénes somos en Cristo. El enemigo quiere convertir la herida en identidad. Quiere que la persona diga: “Soy lo que me hicieron.” “Soy lo que perdí.” “Soy lo que sufrí.” Pero el evangelio dice otra cosa.
2 Corintios 5:17 declara: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
Esto no significa que la memoria desaparece automáticamente. Significa que nuestra identidad final ya no está en el pecado sufrido, en el pecado cometido, en la vergüenza del pasado ni en la voz de quienes nos hirieron. Nuestra identidad está en Cristo. Somos nueva criatura en Él.
b. La verdad de Dios corrige las mentiras que nacieron del dolor
Muchas heridas dejan mentiras sembradas. “No valgo.” “Dios me abandonó.” “Nunca podré confiar.” “Siempre estaré roto.” “Nadie me puede amar.” Esas mentiras pueden sonar reales cuando nacen de un dolor profundo, pero siguen siendo mentiras si contradicen la Palabra de Dios.
Juan 8:32 declara: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
La libertad no viene de negar la historia. Viene de someter la historia a la verdad de Cristo. La verdad de Dios no borra artificialmente lo que pasó, pero rompe el poder de la mentira que quiso gobernar el corazón.
c. El perdón es obediencia, pero la restauración de confianza requiere fruto
Cuando hablamos de heridas del pasado, tenemos que hablar del perdón con precisión. Dios llama al creyente a perdonar. Pero perdonar no significa decir que el daño no importó. No significa permitir que la persona siga destruyendo. No significa negar consecuencias. No significa regresar a una relación peligrosa sin arrepentimiento y fruto.
Efesios 4:32 declara: “Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.”
El perdón cristiano mira a Cristo. Pero la reconciliación bíblica requiere verdad. Donde hubo abuso, manipulación, violencia o pecado grave, se necesita sabiduría, ayuda pastoral responsable, protección cuando sea necesaria, y evidencia clara de arrepentimiento. La Escritura no nos autoriza a llamar paz a lo que todavía está gobernado por mentira o peligro.
V. La Paz Mental Requiere Renovación de la Mente
La mente es un campo de batalla. Lo que pensamos alimenta lo que sentimos, y lo que sentimos muchas veces empuja lo que hacemos. Por eso la sanidad emocional no puede separarse de la renovación de la mente. No basta decir: “No quiero sentirme así.” Tenemos que aprender a pensar bajo la verdad de Dios.
Romanos 12:2 declara: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”
Pablo enseña que la transformación está conectada con la renovación del entendimiento. La mente tiene que ser formada por la Palabra, no por el miedo, no por el pasado, no por la cultura, no por la carne, no por la mentira.
a. Tenemos que examinar lo que permitimos entrar a la mente
No podemos llenar la mente de ansiedad, pecado, comparación, noticias constantes, conversaciones tóxicas, recuerdos alimentados sin verdad, y luego preguntarnos por qué no tenemos paz. La mente necesita alimento santo.
Filipenses 4:8 declara: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.”
“En esto pensad.” Pablo no dice que la mente debe correr sin dirección. La mente del creyente tiene que ser pastoreada por la verdad. No todo pensamiento merece alojamiento. No toda imaginación merece atención. No todo recuerdo debe gobernar el presente.
b. Tenemos que llevar cautivos los pensamientos a Cristo
Hay pensamientos que entran como ladrones. Acusan. Amenazan. Mienten. Exageran. Reviven vergüenza. Anticipan desastre. Y si los dejamos crecer sin confrontarlos, terminan levantando fortalezas.
2 Corintios 10:5 declara: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,”
Esto no es una frase bonita. Es guerra espiritual. Los pensamientos que se levantan contra el conocimiento de Dios tienen que ser derribados. No acariciados. No alimentados. No obedecidos. Llevamos cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.
c. Tenemos que reemplazar la mentira con la verdad bíblica
No basta intentar vaciar la mente. Tenemos que llenarla de verdad. Cuando la ansiedad dice: “Dios se olvidó,” respondemos con la Escritura. Cuando la depresión dice: “No hay esperanza,” respondemos con la Escritura. Cuando el trauma dice: “Siempre serás esclavo de lo que pasó,” respondemos con la Escritura.
Salmo 119:105 declara: “Lámpara es a mis pies tu palabra, Y lumbrera a mi camino.”
La Palabra no solo informa. Alumbrará pasos concretos. Nos enseña qué creer, qué rechazar, qué confesar, qué obedecer, qué esperar y dónde descansar. En medio de la oscuridad emocional, necesitamos la lámpara de la Palabra.
VI. La Sanidad Emocional Camina con Fe, Obediencia y Ayuda Sabia
La sanidad emocional muchas veces es un proceso. Dios puede obrar de manera inmediata, claro que sí. Pero muchas veces el Señor nos lleva paso a paso, verdad sobre verdad, oración tras oración, obediencia tras obediencia. No tenemos que despreciar los procesos de Dios porque no sean tan rápidos como quisiéramos.
También tenemos que ser claros: buscar ayuda sabia no es falta de fe. Hablar con un pastor maduro, recibir consejería bíblica, acudir a un médico cuando hay síntomas graves, hablar con un profesional responsable en casos de trauma profundo, todo eso puede ser parte de caminar con sabiduría. La fe no niega los medios legítimos de ayuda. La fe somete todo a la verdad de Dios.
a. La oración tiene que ser constante, no ocasional
Hay heridas que requieren perseverancia en oración. No porque Dios sea lento o indiferente, sino porque nuestro corazón necesita ser trabajado con paciencia. La oración nos mantiene cerca del Señor mientras Él forma confianza en nosotros.
1 Tesalonicenses 5:17 declara: “Orad sin cesar.”
Orar sin cesar no significa estar de rodillas todo el día sin hacer nada más. Significa vivir en dependencia continua de Dios. Respirar oración. Llevar el pensamiento al Señor. Volver a Él una y otra vez. No dejar que el corazón se acostumbre a cargar solo.
b. La obediencia protege la salud del alma
Hay dolores que no escogimos, pero también hay decisiones que sí tenemos que tomar. No podemos alimentar pecado y esperar paz. No podemos vivir en desobediencia y pedir descanso espiritual. La paz de Dios no es compañera de una vida rendida a la carne.
Isaías 26:3 declara: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.”
La paz está conectada con una mente que persevera en Dios y un corazón que confía en Él. Esto no significa que nunca habrá lucha emocional. Significa que la dirección del alma tiene que volver al Señor una y otra vez.
c. La comunidad cristiana ayuda a sostener al cansado
Dios no diseñó la iglesia para ser un salón lleno de desconocidos religiosos. Somos cuerpo. Somos familia espiritual. Tenemos que aprender a caminar con los que sufren, no desde curiosidad, sino desde amor y verdad.
Romanos 12:15 declara: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran.”
Hay momentos donde la mejor ayuda no comienza con un discurso largo, sino con presencia, oración, paciencia y lágrimas compartidas. Pero esa compañía tiene que dirigir al alma a Cristo, no hundirse junto con la desesperanza.
Para concluir
La sanidad emocional y la paz mental no se encuentran negando el dolor, escondiendo las heridas o fingiendo una fortaleza que no tenemos. Se encuentran viniendo a Cristo con verdad. Cristo no desprecia al quebrantado. Cristo no abandona al ansioso. Cristo no mira con frialdad al deprimido. Cristo no se asusta de nuestras heridas. Pero tampoco deja que el dolor sea nuestro señor.
Filipenses 4:6-7 declara: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
Esta es la promesa que vuelve a llamar nuestra alma. Dios puede guardar el corazón. Dios puede guardar los pensamientos. Dios puede traer paz donde la mente parece un cuarto lleno de ruido. Dios puede sanar heridas que el tiempo no pudo cerrar. Dios puede levantar al abatido. Dios puede enseñar al ansioso a descansar. Dios puede tomar una vida marcada por dolor y hacerla testimonio de Su gracia.
Pero tenemos que responder. Tenemos que llevar la ansiedad a Dios en oración. Tenemos que dejar de alimentar pensamientos que contradicen Su Palabra. Tenemos que buscar ayuda sabia cuando la carga es pesada. Tenemos que permitir que la verdad de Dios corrija las mentiras del pasado. Tenemos que perdonar conforme a Cristo, sin llamar seguro lo que todavía es peligroso, y sin llamar restaurado lo que todavía no muestra fruto.
Hoy el Señor nos llama a venir a Él. No con máscaras. No con frases hechas. No con religión por encima de heridas abiertas. Venimos a Cristo como somos, pero no para quedarnos como estamos. Venimos con ansiedad, y Él nos enseña a confiar. Venimos con tristeza, y Él nos sostiene con esperanza. Venimos con recuerdos rotos, y Él nos recuerda que nuestra identidad está en Él.
No entreguemos la mente al miedo. No entreguemos el corazón a la desesperanza. No entreguemos el pasado al enemigo para que siga predicando mentira sobre nuestra vida. Volvamos a la Palabra. Volvamos a la oración. Volvamos a Cristo.
Porque la paz que Cristo da no es una pintura sobre una pared quebrada. Es una obra profunda del Dios vivo en el corazón de Sus hijos. Y cuando Él guarda el corazón y los pensamientos, aun en medio de la batalla, el alma puede decir: estoy herido, pero no abandonado; estoy cansado, pero no destruido; estoy luchando, pero Cristo sigue siendo mi paz.
© José R. Hernández. Todos los derechos reservados.





