Predicas Cristianas
Predicas Cristianas Prédica de Hoy: El temor de Dios en la vida del cristiano
Predicas Cristianas Lectura Bíblica: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” 1 Pedro 1:17-19
Introducción
El temor de Dios es un tema importante en toda la Palabra de Dios, y lo vemos con mucha claridad desde el Antiguo Testamento, puesto que aquellos hombres y mujeres contemplaron de cerca distintas demostraciones de su poder, su justicia y su santidad. De allí que temer a Dios no significa vivir aterrorizados, esperando que Él nos castigue en cualquier momento, sino reconocerlo como Supremo Creador, Señor soberano y Juez justo, sabiendo que la Escritura declara: “Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, Que anda en sus caminos” Salmos 128:1.
El temor de Jehová también nos enseña a confiar en su cuidado. El salmista declara: “Temed a Jehová, vosotros sus santos, Pues nada falta a los que le temen. Los leoncillos necesitan, y tienen hambre; Pero los que buscan a Jehová no tendrán falta de ningún bien” Salmos 34:9-10. Esto no significa que el cristiano jamás enfrentará enfermedad, pérdida, prueba o necesidad; significa que nuestra vida permanece en las manos de Dios, y que Él conoce perfectamente aquello que verdaderamente necesitamos.
Por eso el mismo salmo nos hace una invitación: “Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré. ¿Quién es el hombre que desea vida, Que desea muchos días para ver el bien?” Salmos 34:11-12. El temor de Dios se aprende cuando conocemos quién es Él, escuchamos su Palabra y comprendemos que nuestra vida debe desarrollarse delante de su presencia.
Jesucristo llevó esta verdad todavía más lejos cuando enseñó que no debemos vivir dominados por el temor a los hombres. Él dijo: “Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed” Lucas 12:5. Cristo no estaba enseñándonos a huir desesperadamente de Dios; estaba colocando todos nuestros temores en su lugar correcto. Los hombres tienen autoridad limitada, pero Dios es Señor sobre la vida, la muerte y la eternidad.
Así que cuando hablamos del temor de Dios, estamos hablando de una reverencia profunda que reconoce quién es Dios, acepta su autoridad, toma en serio su santidad y nos mueve a obedecerle. Y cuando este temor santo comienza a gobernar nuestro corazón, también comienza a transformar nuestra manera de pensar, hablar y vivir.
I. El temor de Dios comienza cuando entendemos quién es Él
Como cristianos tenemos que entender a nuestro Señor. Dios es santo, completamente separado del pecado y perfecto en todos sus caminos. Su santidad no depende de las circunstancias, no cambia según nuestra conducta y no fluctúa como nuestras emociones. Dios siempre es santo, siempre es justo, siempre dice la verdad y siempre permanece fiel a su propio carácter.
Una de las palabras hebreas utilizadas en el Antiguo Testamento para expresar esta idea es יָרֵא (yārē’), Strong H3373. Blue Letter Bible muestra que este término puede expresar temor, pero también reverencia. Esta distinción es importante porque nos ayuda a comprender que el temor de Dios no consiste solamente en sentir miedo ante su poder, sino en reconocer su grandeza con una reverencia que nos conduce a tomarlo en serio. Fuente: Blue Letter Bible Lexicon Strong’s H3373.
Esto también nos ayuda a entender las palabras que encontramos en Job. Después de que Job había perdido sus bienes, sus hijos y su salud, Elifaz le recordó que anteriormente había fortalecido a otros y le preguntó: “¿No es tu temor a Dios tu confianza? ¿No es tu esperanza la integridad de tus caminos?” Job 4:6.
Debemos interpretar este pasaje con cuidado. Quien está hablando es Elifaz, no Dios, y más adelante el Señor reprende a los amigos de Job porque no habían hablado correctamente acerca de Él. Por lo tanto, no podemos utilizar las conclusiones de Elifaz para afirmar que cada persona que sufre está recibiendo necesariamente el resultado de algún pecado escondido.
Sin embargo, su pregunta nos confronta: ¿Es nuestro temor de Dios nuestra confianza?
Cuando todo marcha bien es relativamente fácil decir que confiamos en el Señor, pero la prueba revela muchas veces dónde estaba descansando realmente nuestro corazón. Si nuestra seguridad estaba solamente en el dinero, la salud, la familia, el trabajo o las circunstancias favorables, cuando alguna de estas cosas se mueve, nosotros también comenzamos a tambalear. Pero cuando nuestra confianza descansa en el carácter de Dios, podemos atravesar aun temporadas dolorosas sabiendo que Él continúa siendo Dios.
El Señor nos conoce completamente. No estamos tratando con otro ser humano a quien podamos impresionar con nuestras palabras, nuestras apariencias o nuestras acciones religiosas. Podemos esconder muchas cosas de las personas, pero delante de Dios no existen habitaciones cerradas. Él conoce nuestros pensamientos, nuestras intenciones, nuestras luchas y también aquellas áreas de nuestra vida que todavía necesitan transformación.
Pedro nos recuerda esto cuando escribe: “Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” 1 Pedro 1:17.
¿Qué quiere decir con conducirnos en temor? Nos está diciendo que debemos vivir con un sincero respeto por la clase de Ser que es Dios, recordando siempre con quién estamos tratando. Él no hace acepción de personas, no podemos comprar su favor, no podemos manipular su voluntad y no podemos engañarlo para que mire nuestro pecado de una manera diferente simplemente porque nosotros nos llamamos cristianos.
El temor de Dios, entonces, comienza con una visión correcta de Dios. Cuando entendemos quién es Él, dejamos de preguntarnos solamente qué podemos hacer sin recibir consecuencias, y comenzamos a preguntarnos si aquello que estamos haciendo verdaderamente agrada al Señor.
II. El temor de Dios nos aparta del pecado y nos lleva a la santidad
El temor de Dios nunca debe quedarse solamente en una idea dentro de nuestra mente. Si verdaderamente reconocemos la santidad del Señor, esa verdad tiene que producir cambios en nuestra conducta. Proverbios enseña que temer a Jehová está relacionado con aborrecer el mal, porque no podemos decir que reverenciamos a un Dios santo mientras abrazamos deliberadamente aquello que Él condena.
La ausencia del temor de Dios se manifiesta muchas veces cuando comenzamos a justificar aquello que antes nuestra conciencia reconocía como pecado. La Escritura describe a personas que conocían acerca de Dios, pero continuaban viviendo según sus antiguas costumbres: “Hasta hoy hacen como antes: ni temen a Jehová, ni guardan sus estatutos ni sus ordenanzas” 2 Reyes 17:34.
Este peligro también existe dentro de la iglesia. Podemos escuchar sermones, conocer muchos versículos y utilizar lenguaje cristiano, pero si comenzamos a fabricar argumentos para defender aquello que la Palabra de Dios llama pecado, algo está ocurriendo dentro de nuestro corazón.
Aquí debemos evitar dos extremos. No debemos confundir santidad con legalismo. El legalismo añade reglas humanas y después mide la espiritualidad de todos según esas reglas. La santidad bíblica, en cambio, nace de un corazón que ama a Dios, se somete a su Palabra y desea vivir de una manera que le agrade.
Pero tampoco debemos utilizar la gracia como excusa para vivir cada vez más cerca del pecado. La gracia de Dios nunca fue dada para que pudiéramos acomodarnos tranquilamente en aquello de lo cual Jesucristo vino a rescatarnos. Cuando comenzamos a llamar libertad a lo que Dios llama esclavitud, hemos comenzado a perder el temor del Señor.
El pecado tiene consecuencias, aunque debemos ser cuidadosos al hablar de ellas. La Biblia no nos autoriza a declarar que cada enfermedad, tragedia o sufrimiento particular sea un castigo directo de Dios por un pecado específico. Jesucristo mismo rechazó esa manera simplista de juzgar el sufrimiento humano. Sin embargo, la Escritura sí nos enseña que nuestras decisiones producen consecuencias y que vivir apartados de la voluntad de Dios termina causando daño espiritual, moral y muchas veces también consecuencias en otras áreas de nuestra vida.
Por eso Jeremías advirtió al pueblo: “Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos” Jeremías 2:19.
Observe dónde estaba el verdadero problema: “faltar mi temor en ti”. Israel no había llegado a ese estado de un momento a otro. Poco a poco se había apartado del Señor, había tolerado aquello que antes debía rechazar y finalmente había comenzado a vivir como si Dios no tuviera autoridad sobre su vida.
Algo semejante puede sucedernos. Primero el pecado nos incomoda; después comenzamos a tolerarlo; más tarde buscamos argumentos para justificarlo, y finalmente podemos terminar defendiéndolo. Ese proceso es peligroso porque una conciencia que continuamente rechaza la corrección puede volverse cada vez menos sensible.
Por eso Hebreos declara: “Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor” Hebreos 12:28-29.
La santidad de Dios no desapareció cuando llegamos al Nuevo Testamento. El mismo Dios santo que habló en el Antiguo Testamento es aquel que nos ha reconciliado consigo mismo por medio de Jesucristo. La gracia no disminuye su santidad; la cruz demuestra cuán seria es.
Hay demasiados esclavos de la maldad en este mundo como para que nosotros voluntariamente regresemos a las cadenas que Cristo vino a romper. No se necesita mucho valor para seguir la corriente del mundo, pero sí se necesita firmeza espiritual para vivir de acuerdo con la Palabra de Dios cuando aquello que Dios enseña contradice lo que nuestra cultura desea escuchar.
El verdadero valor cristiano no consiste en hablar más fuerte que otros ni en sentirnos superiores. Consiste en permanecer fieles, amar a las personas, rechazar el pecado, defender la verdad y vivir nosotros mismos bajo la autoridad de esa verdad.
III. El temor de Dios nos acerca a Cristo y transforma nuestra manera de vivir
El temor de Dios es una actitud básica en la vida del cristiano, pero no estamos hablando del temor desesperado de una persona que solamente espera castigo. El creyente conoce la justicia de Dios, pero también conoce su gracia. Sabemos que somos pecadores, pero sabemos igualmente que nuestra esperanza está en Jesucristo.
Pedro explica esto de una manera extraordinaria. Después de decirnos que debemos conducirnos en temor, inmediatamente nos recuerda el precio de nuestra redención: “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” 1 Pedro 1:18-19.
Aquí encontramos el corazón del mensaje.
El temor de Dios no puede separarse de la cruz de Cristo.
Cuando contemplamos la cruz entendemos dos verdades al mismo tiempo. Primero comprendemos cuán serio es nuestro pecado, porque nuestra redención no pudo ser comprada con oro ni con plata; fue necesario que Jesucristo entregara su vida. Pero al mismo tiempo comprendemos la grandeza del amor de Dios, porque Él proporcionó aquello que nosotros jamás hubiéramos podido proporcionar para nuestra salvación.
Así que nosotros no buscamos la santidad para comprar el amor de Dios. Buscamos vivir en santidad porque hemos sido amados, rescatados y llamados a una nueva vida.
El cristiano no teme a Dios como un criminal que solamente quiere escapar de un juez; le teme con la reverencia de un hijo que no desea despreciar al Padre que lo rescató a tan grande precio.
Por eso este temor santo no nos aleja de Dios. Pablo declara: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” Romanos 8:15.
Somos hijos.
Y porque somos hijos, cuando pecamos no debemos escondernos del Señor ni huir de su presencia, sino arrepentirnos y volver a Él. La Escritura nos invita: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” Hebreos 4:16.
Aquí encontramos un equilibrio hermoso: temor y confianza, reverencia y cercanía, santidad y gracia.
No nos acercamos a Dios con irreverencia, porque sabemos quién es Él; pero tampoco permanecemos lejos, porque sabemos lo que Jesucristo hizo por nosotros.
El temor de Dios debe impulsarnos entonces a perfeccionar la santidad, haciéndonos conscientes de aquellas áreas de nuestro corazón y nuestra conducta que todavía necesitan cambiar. Un cristiano que ya no siente ninguna necesidad de crecer espiritualmente corre un peligro serio, porque probablemente ha comenzado a sentirse cómodo con cosas que antes perturbaban su conciencia.
Ninguno de nosotros ha llegado a la meta. Todos necesitamos que el Señor continúe trabajando en nosotros.
Por eso tenemos que examinarnos con sinceridad. ¿Qué estamos mirando cuando nadie nos observa? ¿Qué pensamientos alimentamos continuamente? ¿Qué palabras salen de nuestra boca cuando estamos molestos? ¿Qué cosas intentamos esconder? ¿Existe algún pecado que hemos comenzado a justificar porque todavía no queremos abandonarlo?
Estas preguntas no tienen el propósito de llevarnos a desesperación, sino de llevarnos nuevamente a Jesucristo.
El temor de Dios nos hace conscientes de nuestra necesidad de santidad, y Cristo nos recuerda que no tenemos que enfrentar esa necesidad solos. Él murió por nuestros pecados, resucitó victorioso y nos ha dado una nueva vida. Por eso podemos arrepentirnos, levantarnos y continuar caminando en obediencia.
Conclusión
El temor de Dios no es una doctrina antigua que pertenece solamente a Israel ni una expresión religiosa que ya no tiene lugar en la vida cristiana. Es una actitud necesaria para todos nosotros, porque nos recuerda quién es Dios, quiénes somos nosotros y cómo debemos vivir delante de su presencia.
Cuando hay temor de Jehová en nuestro corazón, no tratamos el pecado como un juego, no utilizamos la gracia como excusa y tampoco vivimos intentando impresionar a los hombres. Deseamos agradar al Señor porque reconocemos su santidad, confiamos en su Palabra y recordamos el precio de nuestra redención.
Tal vez hemos permitido que poco a poco nuestro corazón pierda sensibilidad. Quizás aquello que antes nos preocupaba ahora nos parece normal; quizás hemos comenzado a mirar con buenos ojos cosas que sabemos que no agradan a Dios. Si ese es nuestro caso, este es un buen momento para volvernos al Señor.
Este es el momento para pedirle que renueve en nosotros un temor santo. Este es el momento para examinar los dichos de nuestra boca, aquello que contemplan nuestros ojos, lo que permitimos permanecer en nuestra mente y las decisiones que tomamos cuando nadie nos está mirando.
Pero no intentemos hacerlo solamente con nuestra propia fuerza. Miremos a Jesucristo.
Recordemos que no fuimos rescatados con cosas corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo. Él no murió para dejarnos exactamente como estábamos; murió para reconciliarnos con Dios y llamarnos a una nueva manera de vivir.
Por eso nosotros no buscamos la santidad para conseguir que Cristo nos ame; buscamos la santidad porque en Cristo hemos conocido un amor demasiado grande como para continuar abrazando aquello que lo llevó a la cruz.
Hoy podemos volver al Señor. Hoy podemos abandonar aquello que está apagando nuestra sensibilidad espiritual. Hoy podemos decidir caminar nuevamente en obediencia y permitir que el temor de Dios gobierne nuestra vida.
Que podamos vivir cada día recordando quién es nuestro Padre, descansando en su gracia, respetando su santidad y deseando glorificarlo con todo lo que somos. Y que nuestra vida pueda declarar, no solamente con palabras sino también con nuestra conducta: Señor, quiero honrarte, quiero obedecerte y quiero caminar en tus caminos.
© José M. Vega. Todos los derechos reservados.






