Prédica de hoy: El verdadero cristianismo: verdad, justicia y amor
Lectura Bíblica: Romanos 8:18-25
Introducción
Decimos siempre que los cristianos son, o deben ser, reconocidos por el resto de los cristianos y por el mundo, y con esto estamos diciendo que nosotros debemos manifestar nuestra condición de creyentes de una manera visible, no solamente por aquello que decimos creer, sino también por la manera en que vivimos; y esto es importante porque nos enfrentamos con los peligros y dificultades causadas por vivir en un mundo donde conviven la incredulidad, la idolatría, la confusión moral, la exaltación de los deseos humanos y una confianza enorme en la sabiduría del hombre, algo que no es tan diferente de aquello que encontraron los apóstoles cuando llevaron el evangelio a muchas ciudades del mundo grecorromano.
Hoy el desafío incluso entra en nuestras casas por caminos que generaciones anteriores no conocieron de la misma manera, porque ya no recibimos ideas solamente por medio de un periódico, un libro, una conversación o un noticiero; ahora vivimos rodeados de redes sociales, videos breves, influenciadores, algoritmos, inteligencia artificial y una corriente casi interminable de opiniones que pueden presentar como verdad aquello que simplemente es popular, emocionalmente atractivo o repetido miles de veces.
Por eso, como verdaderos cristianos, debemos ser fuertes en el Señor y llevar la verdad del evangelio en nuestro testimonio, entendiendo que nuestra respuesta no puede ser aislarnos del mundo, vivir asustados por cada cambio cultural ni acomodar el mensaje de Cristo para que no incomode a nadie; nuestra responsabilidad continúa siendo conocer la Palabra, vivirla con fidelidad y proclamar a Jesucristo con verdad, justicia y amor.
Una creación que espera la manifestación de los hijos de Dios
Leamos la Palabra de Dios:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos” (Romanos 8:18-25).
Pablo no describe un mundo que progresivamente se arreglará mediante el esfuerzo humano hasta eliminar las consecuencias del pecado, sino una creación que gime y espera, mientras los hijos de Dios también aguardamos la consumación de aquello que Cristo comenzó en nosotros; de manera que el creyente no debería sorprenderse al encontrar contradicciones, sufrimiento, corrupción y valores enfrentados con la voluntad de Dios, pero tampoco debe permitir que esa realidad le robe la esperanza o lo convierta en un espectador indiferente.
Hay algo que el mundo necesita poder ver en quienes confesamos a Jesucristo, y no se trata de perfección humana ni de una apariencia religiosa cuidadosamente construida, sino de una vida donde la verdad que confesamos comienza a producir una diferencia real en nuestra conducta; porque si nuestra fe solamente existe dentro del templo, pero desaparece cuando entramos al trabajo, al hogar, a las redes sociales, a nuestros negocios o relaciones personales, entonces el problema no está simplemente en la cultura que nos rodea, sino también en el testimonio que estamos ofreciendo.
El cristianismo verdadero no puede convertirse en monotonía religiosa
Una de las cosas que debemos vigilar es que nuestra relación con Cristo nunca se convierta simplemente en costumbre, porque podemos conocer los cantos, saber cuándo sentarnos y cuándo levantarnos, conocer expresiones cristianas, escuchar predicaciones durante años y, sin darnos cuenta, perder aquella sensibilidad que nos llevaba a examinar nuestra vida delante de la Palabra de Dios.
El problema no es que el evangelio pierda su frescura, porque la verdad de Dios no envejece; somos nosotros quienes podemos acostumbrarnos tanto a escucharla que dejamos de recibirla con el peso y la seriedad que merece, y entonces lo extraordinario se convierte en rutina, la oración en una formalidad, la lectura bíblica en una obligación y el llamado a la santidad en algo que siempre parece dirigido hacia otra persona.
En medio de una cultura que cambia rápidamente, nosotros no necesitamos un evangelio nuevo; necesitamos regresar continuamente al evangelio que recibimos, comprenderlo cada vez mejor y permitir que transforme áreas de nuestra vida que quizás hemos protegido durante demasiado tiempo.
La misión no cambia aunque cambie la cultura
Quienes seguimos los caminos del Señor nos enfrentamos hoy a transformaciones culturales profundas, y muchas ideas que hace algunas décadas solamente aparecían en determinados ambientes ahora pueden llegar al teléfono de un niño, de un adolescente o de un adulto en cuestión de segundos; pero esta realidad no elimina nuestra misión, sino que nos recuerda la urgencia de anunciar el evangelio con claridad, convicción y discernimiento.
El Señor dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:15-18).
Nuestra responsabilidad continúa siendo llevar el mensaje de Cristo a las personas donde realmente están, hablando de una manera que puedan comprender sin cambiar aquello que deben escuchar; podemos utilizar nuevas herramientas, nuevas tecnologías y nuevos medios de comunicación, pero ninguna herramienta tiene autoridad para redefinir el mensaje, porque la iglesia no recibió permiso para fabricar un evangelio apropiado para cada generación, sino el mandato de proclamar el evangelio de Jesucristo a cada generación.
Verdad, justicia y amor en la vida del creyente
Cuando estudiamos la primera epístola de Juan encontramos una preocupación constante por distinguir una profesión cristiana verdadera de una mera afirmación religiosa, y Juan desarrolla esta preocupación desde varios ángulos que se encuentran profundamente unidos: lo que creemos acerca de Jesucristo, la manera en que vivimos delante de Dios y la forma en que amamos a nuestros hermanos.
Podemos expresarlo mediante tres palabras que aparecen repetidamente en su mensaje: verdad, justicia y amor; pero no debemos convertirlas en un simple esquema que podamos memorizar y después olvidar, porque Juan las utiliza para llevarnos a un examen mucho más incómodo y personal, obligándonos a preguntarnos si aquello que confesamos con nuestra boca realmente está apareciendo en nuestra manera de vivir.
¿Estamos caminando en la verdad acerca de Jesucristo?, ¿estamos practicando justicia en lugar de acostumbrarnos al pecado?, ¿estamos amando al hermano o conservando resentimientos mientras afirmamos que amamos a Dios? Estas preguntas no tienen el propósito de llevarnos a una salvación basada en obras, sino de mostrarnos que la nueva vida recibida por gracia inevitablemente comienza a producir fruto.
La verdad comienza con reconocer quién es Jesucristo
La primera gran prueba del verdadero cristianismo no consiste simplemente en decir que creemos en Jesús, porque históricamente han existido muchas personas dispuestas a utilizar su nombre mientras redefinen quién es Él; por eso Juan insiste tanto en la verdad acerca del Hijo de Dios, porque un Cristo construido según nuestras preferencias no puede salvarnos.
Como cristianos sabemos que Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, el Verbo eterno que entró en nuestra historia, pues la Escritura declara: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14).
Jesús no fue simplemente un maestro extraordinario, un reformador moral, un profeta más entre muchos o una representación simbólica de algo divino; el Hijo eterno tomó verdadera naturaleza humana, vivió entre nosotros, murió realmente y resucitó corporalmente, de manera que cualquier enseñanza que pretenda conservar una parte agradable de Jesús mientras elimina su identidad, su cruz, su resurrección, su autoridad o su señorío ya no está presentando al Cristo revelado en la Escritura.
El evangelio no necesita que nosotros lo mejoremos
El problema existía en los días apostólicos y continúa existiendo en nuestro tiempo, porque siempre aparecerán personas capaces de hablar de Dios, espiritualidad, amor y aun de Jesús, pero que consideran necesario quitar importancia a aquellas verdades bíblicas que chocan con la mentalidad predominante, mientras enfatizan solamente aquello que saben que será recibido sin dificultad.
En nuestros días esta tentación puede presentarse de maneras muy atractivas, con excelente producción audiovisual, mensajes motivacionales, enorme presencia digital y palabras cuidadosamente escogidas para no incomodar a nadie; pero una presentación moderna no convierte automáticamente un mensaje en evangelio, del mismo modo que utilizar vocabulario cristiano no garantiza que aquello que se está enseñando sea la verdad de Cristo.
Nosotros tampoco tenemos permiso para predicar condenación sin gracia, ni para convertir el púlpito en un lugar desde donde atacamos personas; pero amor nunca significó llamar bueno aquello que Dios llama pecado, porque el mismo Cristo que recibió pecadores los llamó también al arrepentimiento y a una vida nueva.
El mundo entero está bajo el maligno, pero nosotros somos de Dios
La Escritura nos recuerda que la oposición espiritual detrás de muchas mentiras no puede ser ignorada, pues Juan declara: “Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo” (1 Juan 5:19-20).
Esto no significa que todo aquello producido por una persona no cristiana sea automáticamente malo, ni que los creyentes debamos rechazar conocimientos científicos, tecnológicos, artísticos o culturales simplemente porque procedan de personas que no comparten nuestra fe; significa que nosotros no aceptamos al mundo caído como autoridad final para definir la verdad, el bien, el pecado, la identidad humana o el propósito de nuestra existencia.
Nuestra referencia continúa siendo Dios y su Palabra, y precisamente por eso podemos reconocer aquello que es bueno dondequiera que aparezca, pero también debemos tener la valentía espiritual de rechazar aquello que contradice claramente lo que Dios ha revelado.
La iglesia no existe solamente para modificar valores culturales
Los cristianos debemos llevar el evangelio a la sociedad en la cual Dios nos ha colocado, pero nuestro objetivo principal no puede limitarse a conseguir que una cultura adopte determinados valores cristianos mientras las personas permanecen sin Cristo; podemos tener una sociedad externamente moral y, aun así, llena de corazones que nunca han sido reconciliados con Dios.
Pedro declara: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9), y esa es nuestra identidad y también nuestra misión, anunciar a Aquel que nos llamó, presentar el evangelio de Cristo y vivir de tal manera que nuestra conducta no contradiga aquello que anunciamos.
Pablo describe a quienes permanecen alejados de Dios diciendo que “andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón” (Efesios 4:17-18); y la respuesta a esa condición no consiste simplemente en enseñar buenos modales religiosos, sino en llamar a las personas a Cristo, porque “cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Corintios 3:16-17).
El evangelio puede entrar en toda cultura sin pertenecer exclusivamente a ninguna
La Encarnación nos recuerda que el Hijo de Dios entró realmente en nuestra historia; la muerte y resurrección de Jesucristo constituyen el corazón de las buenas nuevas que anunciamos, y Pentecostés nos recuerda que el Espíritu Santo capacitó a la iglesia para llevar ese mensaje a pueblos y lenguas diferentes, por lo que el evangelio no pertenece exclusivamente a una nación, raza, idioma, clase social o costumbre humana.
Por eso, cuando predicamos el evangelio en culturas diferentes, no estamos llamados a convertir primero a las personas a nuestras costumbres para después llevarlas a Cristo; debemos anunciar a Cristo y permitir que la Palabra de Dios juzgue tanto aquello que está mal en su cultura como aquello que está mal en la nuestra.
La iglesia tiene la responsabilidad de proclamar el mensaje “para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados” (Hechos 26:18), y cuando el evangelio entra verdaderamente en una vida comienza también a transformar la manera en que esa persona piensa, ama, trabaja, forma su familia, utiliza sus recursos y se relaciona con los demás.
La fe cristiana es más que repetir una declaración doctrinal
El cristianismo no se trata simplemente de seguir una doctrina de manera fría, ni de repetir una confesión como una cinta grabada sin permitir que aquello que confesamos alcance nuestra conducta; pero tampoco debemos menospreciar los credos o declaraciones doctrinales históricas solamente porque pueden ser repetidos mecánicamente, pues el problema no está en confesar correctamente la verdad, sino en pronunciarla sin creerla y vivir como si no tuviera ninguna consecuencia.
Podemos repetir que creemos en Dios Padre, en Jesucristo, en su muerte y resurrección, y aun así resistirnos a obedecer al mismo Cristo que confesamos; por eso la verdad debe establecerse en el corazón y comenzar a producir una transformación visible en nuestra manera de vivir.
Pablo declara: “Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Romanos 8:10-11).
Si esto es así, entonces nosotros no podemos tratar el pecado como si fuera compatible con una vida completamente gobernada por el Espíritu Santo; no estamos hablando de perfección sin pecado en esta vida, porque el mismo Juan enseña que el creyente debe confesar sus pecados, sino de la diferencia entre luchar contra el pecado y establecerse voluntariamente dentro de él como estilo de vida.
¿Qué enseñaba realmente el gnosticismo?
Cuando hablamos de los gnósticos debemos hacerlo con precisión histórica, porque no existió una sola organización gnóstica con un sistema idéntico de doctrina y conducta; el término abarca distintos movimientos de los primeros siglos que compartían ciertas ideas, entre ellas formas de conocimiento espiritual reservado y, en muchos casos, una fuerte separación entre el mundo espiritual y el material.
La Encyclopaedia Britannica, en su artículo sobre el gnosticismo, lo presenta como un conjunto de movimientos filosóficos y religiosos relacionados que alcanzaron especial prominencia en el mundo grecorromano durante los primeros siglos de la era cristiana; esta diversidad es importante porque evita que atribuyamos exactamente la misma enseñanza a cada grupo gnóstico.
Muchos sistemas gnósticos desarrollaron alguna forma de dualismo que miraba negativamente el mundo material frente a lo espiritual, pero las consecuencias prácticas no siempre fueron iguales; algunas corrientes terminaron promoviendo un fuerte ascetismo, mientras otras pudieron utilizar esa separación para restarle importancia moral a aquello que se hacía con el cuerpo.
El Nuevo Testamento no nos permite semejante separación, porque nuestro cuerpo pertenece al Señor y nuestra conducta importa delante de Dios; la espiritualidad bíblica jamás nos ofrece permiso para pecar diciendo que solamente importa nuestro “interior”, ni tampoco enseña que la materia sea inherentemente mala, porque Dios creó el mundo material y el Hijo de Dios verdaderamente tomó carne.
La gracia jamás fue permiso para vivir en pecado
Judas enfrentó personas que utilizaban de manera corrupta el mensaje de la gracia, y escribió: “Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo” (Judas 1:4).
Este peligro continúa siendo muy actual, porque todavía hay quienes desean una gracia que perdone pero que jamás confronte, un Salvador que consuele pero que no gobierne, una cruz que garantice el cielo pero que no tenga nada que decir acerca de nuestra manera de vivir; sin embargo, la gracia verdadera no solamente nos perdona, también comienza una obra de transformación mediante la cual aprendemos a renunciar a aquello que deshonra al Señor.
No debemos caer en el error opuesto y pensar que una persona salva nunca vuelve a pecar, porque Juan mismo declara: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9); pero tampoco podemos utilizar esa misericordia como permiso para abrazar aquello de lo cual Cristo vino a rescatarnos.
El que ha nacido de Dios no puede hacer las paces con el pecado
Juan declara: “Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios” (1 Juan 3:9).
Este pasaje no afirma que un verdadero creyente alcance una condición en la cual sea absolutamente incapaz de cometer un pecado, porque eso contradiría lo que Juan ya había explicado acerca de confesar nuestros pecados; el énfasis está en una vida caracterizada por la práctica del pecado, una persona que se establece dentro de él, lo defiende, lo convierte en su manera habitual de vivir y al mismo tiempo insiste en que su relación con Dios no tiene por qué verse afectada.
Allí encontramos dos posiciones incompatibles: una cosa es un creyente que tropieza, es confrontado, se arrepiente, confiesa y vuelve a caminar con el Señor; otra muy distinta es una persona que decide llamar normal a aquello que Dios llama pecado y después utiliza la gracia para silenciar cualquier llamado al arrepentimiento.
No podemos decir que hablamos la verdad y practicamos la verdad del evangelio si deliberadamente hacemos las paces con aquello que contradice esa verdad; tampoco podemos presentarnos como fuertes en el Señor mientras voluntariamente alimentamos las mismas tentaciones que después afirmamos no poder vencer.
Verdad sin amor y amor sin verdad son falsificaciones
También debemos recordar que defender la verdad no nos concede permiso para convertirnos en personas ásperas, orgullosas o crueles, porque Juan no separa la verdad del amor; precisamente por eso el cristianismo auténtico resulta tan difícil de falsificar durante mucho tiempo, ya que nos obliga a mantener juntas cosas que nuestra naturaleza pecaminosa suele separar.
Hay personas que hablan de verdad mientras disfrutan humillando a los demás, y hay personas que hablan constantemente de amor mientras se niegan a reconocer cualquier verdad que pueda incomodar; pero el evangelio no nos permite escoger solamente la mitad que mejor coincide con nuestro temperamento.
Juan declara: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad” (1 Juan 3:18), colocando nuevamente ambas realidades juntas, porque el amor cristiano no es sentimentalismo y la verdad cristiana no es un arma para alimentar nuestro orgullo.
Conclusión
En un mundo donde las ideas cambian con enorme velocidad, donde una enseñanza puede convertirse en tendencia mundial en cuestión de horas y donde cada persona puede construir una versión de la realidad que confirme exactamente aquello que desea creer, nosotros necesitamos algo mucho más firme que nuestras emociones, preferencias o algoritmos.
Necesitamos regresar continuamente a Jesucristo y a su Palabra.
El verdadero cristianismo no se demuestra simplemente porque conocemos vocabulario cristiano, asistimos a una congregación, repetimos una declaración doctrinal o publicamos versículos en nuestras redes; se manifiesta cuando la verdad acerca de Cristo gobierna lo que creemos, cuando la justicia comienza a aparecer en nuestra conducta y cuando el amor de Dios transforma la manera en que tratamos a los demás.
No seremos perfectos mientras caminemos en esta tierra, y todavía tendremos que luchar contra la carne, reconocer errores, arrepentirnos y acudir una y otra vez a la gracia de Dios; pero precisamente esa lucha demuestra que ya no queremos hacer las paces con aquello que antes gobernaba nuestra vida.
La pregunta, entonces, no es solamente si nosotros nos llamamos cristianos, sino si nuestra vida está manifestando aquello que decimos creer; porque en medio de una creación que todavía gime, Dios nos ha llamado a vivir como hijos suyos, sosteniendo la verdad sin negociar el amor, practicando la justicia sin confiar en nuestra propia justicia y anunciando al único Salvador que puede llevar al pecador de las tinieblas a su luz admirable.
Y si nosotros somos verdaderamente de Cristo, entonces nuestra oración debe ser que el mundo no vea simplemente personas religiosas, sino hombres y mujeres cuya manera de vivir confirma que Jesucristo realmente transforma una vida.
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