¿Qué hacer cuando nuestros hijos adolescentes se alejan de Dios?

Rafael Rodríguez

¿Qué hacer cuando nuestros hijos adolescentes se alejan de Dios?

Tema para predicar sobre la familia basado en Lucas 15:11-32 y Efesios 6:4: Cuando nuestros hijos adolescentes se alejan de Dios, los padres podemos experimentar tristeza, preocupación y hasta preguntarnos dónde fallamos en su formación espiritual. La parábola del hijo pródigo nos ayuda a comprender la importancia del arrepentimiento, la misericordia y la responsabilidad de continuar enseñando la verdad sin intentar obligar a nuestros hijos a tener una fe que debe nacer de su propia respuesta al Señor.

INTRODUCCIÓN

Una madre se prepara para salir a la iglesia y llama a su hijo adolescente, como lo ha hecho durante muchos años. Cuando era pequeño, él se levantaba entusiasmado, buscaba su Biblia y hasta le recordaba que no podían llegar tarde. Pero ahora las cosas son diferentes. Desde su habitación responde: “Mamá, hoy no quiero ir”. Ella insiste, le recuerda lo importante que es congregarse, pero el muchacho termina diciendo algo que le duele mucho más que su negativa: “No sé si todavía creo en todo eso”.

La madre se queda unos segundos frente a la puerta. No sabe si debe insistir, enojarse o comenzar a llorar. Recuerda cuando su hijo participaba en las actividades de la iglesia, cuando oraba antes de dormir y cuando parecía disfrutar de todo lo relacionado con Dios. Ahora apenas quiere conversar sobre esos temas, y ella comienza a preguntarse qué sucedió con aquel niño que parecía tener tanta fe.

Hay padres que conocen muy bien ese dolor. No siempre se trata de un hijo que abandona su hogar o comienza a vivir abiertamente en pecado. A veces el alejamiento ocurre dentro de la misma casa. El hijo continúa sentado a nuestra mesa, comparte las actividades familiares y cumple con sus responsabilidades, pero cuando hablamos de Dios parece que una puerta se cierra por dentro.

Y entonces comenzamos a buscar explicaciones. Pensamos en sus amistades, en las influencias que recibe, en lo que escucha por internet o en alguna experiencia desagradable que pudo haber tenido dentro de la iglesia. Algunas de esas cosas pueden influir, pero también debemos reconocer que nuestros hijos están creciendo, desarrollando sus propias convicciones y tomando decisiones por las cuales tendrán que responder personalmente delante de Dios.

Aquí surge una pregunta difícil: ¿Cómo debemos actuar cuando nuestros hijos comienzan a rechazar aquello que durante años nos hemos esforzado por enseñarles?

En Lucas 15 encontramos una de las parábolas más conocidas de Jesucristo. Generalmente la llamamos la parábola del hijo pródigo, aunque su enseñanza es mucho más amplia que la historia de un muchacho que abandonó su casa.

Jesús contó esta parábola después de que los fariseos y los escribas criticaran su disposición a recibir a publicanos y pecadores. En respuesta, el Señor presentó tres relatos relacionados con lo perdido y el gozo de encontrarlo: la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hijos de un padre.

El centro de esta enseñanza es la misericordia de Dios hacia los pecadores que se arrepienten, y también confronta la actitud de quienes se consideran justos y desprecian a los que necesitan perdón.

Sin embargo, dentro de la historia encontramos principios que pueden ayudarnos a examinar nuestra responsabilidad como padres cuando un hijo decide tomar un camino contrario a lo que le hemos enseñado.

Lucas 15:20 declara: “Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.”

Estas palabras nos muestran una respuesta marcada por la misericordia, pero para comprender su profundidad necesitamos observar primero lo que ocurrió antes de aquel encuentro.

I. CUANDO NUESTROS HIJOS COMIENZAN A TOMAR SU PROPIO CAMINO (Lucas 15:11-16)

La parábola comienza presentándonos a un hombre que tenía dos hijos. El menor pidió la parte de los bienes que le correspondía, y poco tiempo después reunió todo lo que tenía y se marchó a una provincia apartada, donde terminó desperdiciando sus recursos.

Jesús no presenta una discusión prolongada entre el padre y el hijo, ni explica todos los pensamientos que llevaron al muchacho a marcharse. Por eso debemos evitar inventar detalles que el texto no proporciona. Lo que sí sabemos es que el hijo quiso disponer de sus bienes, abandonar el hogar y vivir lejos de su padre.

Esa decisión lo condujo a una situación que probablemente nunca imaginó cuando salió de casa. Y aquí encontramos algo que debemos comprender acerca de nuestros propios hijos: llegará un momento en que tendrán que tomar decisiones personales, y algunas de esas decisiones pueden causarnos un dolor profundo.

Podemos enseñarles las Escrituras, llevarlos a la iglesia, orar con ellos y procurar darles un buen ejemplo, pero no podemos producir en sus corazones una fe verdadera mediante nuestra autoridad como padres.

Esto no significa que debamos renunciar a la disciplina o permitir cualquier conducta dentro del hogar. Efesios 6:4 nos llama a criarlos en la disciplina y amonestación del Señor. Mientras están bajo nuestro cuidado, debemos establecer límites responsables y enseñarles a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.

Pero necesitamos comprender que la formación espiritual no consiste simplemente en conseguir que nuestros hijos repitan nuestras palabras. Un adolescente puede asistir a todos los servicios porque sus padres lo exigen, aprender los versículos que le asignan y participar en actividades cristianas sin haber desarrollado todavía una convicción personal acerca del evangelio. Y cuando comienza a crecer, esa diferencia puede hacerse evidente.

Algunos padres interpretan inmediatamente cualquier pregunta como una señal de rebeldía. Si un hijo pregunta por qué creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, por qué existe el sufrimiento o cómo podemos estar seguros de nuestra salvación, reaccionan como si estuviera atacando su autoridad.

Pero preguntar no es necesariamente rechazar a Dios. Hay jóvenes que necesitan comprender aquello que durante su infancia aceptaron porque confiaban en sus padres. Debemos aprender a distinguir entre una duda sincera, una dificultad espiritual y una decisión consciente de vivir en desobediencia. No todas las situaciones necesitan la misma respuesta. Y si nuestro hijo realmente está tomando decisiones equivocadas, tampoco debemos pensar que sus acciones son automáticamente una prueba de que nunca le enseñamos correctamente.

La Escritura presenta a personas que recibieron buenas enseñanzas y aun así escogieron desobedecer. Cada ser humano es responsable de sus decisiones delante del Señor. Esto no elimina nuestra obligación de examinar nuestra conducta. Tal vez descubramos que hemos sido demasiado duros, que enseñamos reglas sin explicar las Escrituras o que nuestro ejemplo no siempre correspondió a nuestras palabras. Si encontramos pecado en nuestra manera de criar, debemos reconocerlo y arrepentirnos.

Pero tampoco debemos cargar con una culpa que la Biblia no nos atribuye, como si la salvación de nuestros hijos dependiera exclusivamente de nuestra capacidad para educarlos. La parábola nos recuerda que el hijo menor tomó una decisión que produjo consecuencias reales. El padre no aparece celebrando su conducta ni enseñando que todas las decisiones conducen al mismo lugar.

Del mismo modo, amar a nuestros hijos no significa aprobar aquello que Dios condena. Podemos decirles que los amamos sin mentirles acerca del pecado. Podemos escucharlos sin aceptar todas sus conclusiones, y podemos mantener una relación cercana sin abandonar nuestras convicciones bíblicas.

Porque una cosa es permitir que nuestros hijos comprendan que seguimos amándolos, y otra muy diferente es enseñarles que cualquier camino que escojan resulta agradable delante de Dios.

II. NO PODEMOS ARREPENTIRNOS EN LUGAR DE NUESTROS HIJOS (Lucas 15:17-19)

Después de desperdiciar sus bienes, el hijo menor comenzó a experimentar una necesidad profunda. Había llegado una gran hambre a aquella provincia, y terminó trabajando en condiciones tan difíciles que deseaba alimentarse con la comida de los cerdos. Entonces el relato presenta un momento decisivo.

Lucas 15:17 comienza diciendo: “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!”

El muchacho comenzó a reconocer su situación. Ya no estaba pensando solamente en la independencia que había deseado, sino en las consecuencias de sus decisiones y en aquello que había despreciado. Sin embargo, debemos observar que su regreso no se limitó al deseo de mejorar sus circunstancias. En los versículos siguientes reconoció que había pecado contra el cielo y contra su padre.

Aquí encontramos una diferencia fundamental entre sentirse mal por las consecuencias y reconocer verdaderamente nuestro pecado. Una persona puede lamentar haber perdido amistades, oportunidades o tranquilidad, sin estar dispuesta a abandonar la conducta que produjo esas pérdidas. El arrepentimiento bíblico exige algo más profundo que la tristeza por lo sucedido; implica reconocer el pecado y volverse de él.

Y esto no podemos hacerlo en lugar de nuestros hijos.

Podemos explicarles las consecuencias de sus decisiones, advertirles acerca de los peligros y recordarles las enseñanzas de las Escrituras. Podemos orar por ellos y buscar oportunidades para conversar, pero no podemos obligarlos a arrepentirse sinceramente.

A veces, por desesperación, los padres intentamos controlar cada aspecto de la vida de un hijo que se está alejando de Dios. Revisamos constantemente sus decisiones, convertimos todas las conversaciones en una corrección y tratamos de recuperar mediante presión la obediencia que antes parecía natural. Pero debemos preguntarnos si nuestra manera de actuar está ayudando a nuestro hijo a comprender la verdad o si solamente estamos aumentando la distancia que existe entre nosotros.

No estamos hablando de abandonar nuestra responsabilidad. Un adolescente todavía necesita límites, protección y consecuencias apropiadas cuando desobedece. Sin embargo, la disciplina debe tener un propósito formativo, no convertirse en una lucha permanente para demostrar quién tiene más autoridad. También debemos cuidar nuestras palabras.

Hay padres que, en medio de su frustración, comienzan a comparar a su hijo con otros jóvenes de la congregación. Le recuerdan constantemente cuánto participan los demás, cómo sirven en la iglesia o cuánto han cambiado ciertos muchachos. Quizás creen que esas comparaciones producirán vergüenza suficiente para hacerlo regresar, pero pueden terminar comunicándole que su valor dentro de la familia depende de cuánto se parece a los hijos de otras personas.

Nuestro objetivo no debe ser conseguir que aparente una vida espiritual para evitar nuestras críticas. Necesitamos conducirlo hacia un arrepentimiento verdadero, y eso requiere que comprenda personalmente su condición delante de Dios. También debemos recordar que la adversidad no produce automáticamente arrepentimiento. En la parábola, el hijo reconoció su pecado y decidió regresar, pero no podemos enseñar que todos los jóvenes que se apartan del Señor necesariamente volverán después de atravesar dificultades.

La historia revela la misericordia de Dios, no una fórmula que garantiza el resultado que nosotros deseamos. Por eso debemos perseverar en la oración sin intentar manipular las circunstancias. Y mientras esperamos, necesitamos continuar viviendo de una manera que no contradiga aquello que les hemos enseñado. Un hijo puede rechazar nuestros consejos, pero todavía observa cómo tratamos a los demás, cómo respondemos cuando estamos enojados y si nuestra fe permanece firme cuando las cosas no salen como esperábamos.

Hay testimonios que no necesitan levantarse la voz para ser escuchados. Cuando nuestros hijos ven que continuamos buscando a Dios, reconociendo nuestros propios errores y viviendo conforme a las Escrituras, encuentran delante de ellos un ejemplo de una fe que no depende simplemente de la obediencia de los demás.

III. DEBEMOS MANTENER EL AMOR SIN ABANDONAR LA VERDAD (Lucas 15:20-24)

Llegamos ahora a una de las escenas más conmovedoras de la parábola. El hijo decidió regresar, y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio, fue movido a misericordia, corrió hacia él y lo recibió. El texto no explica cuánto tiempo había pasado desde su partida ni describe lo que el padre hacía durante su ausencia. Por eso no debemos convertir esta escena en una serie de detalles imaginarios acerca de un hombre que supuestamente pasaba todos los días mirando el camino.

Lo que Jesús sí destaca es la misericordia del padre ante el regreso de su hijo. La palabra griega “σπλαγχνίζομαι” (Es-planj-NÍ-dzo-mai) relacionada con la compasión expresada en Lucas 15:20 describe una profunda conmoción interior que se manifiesta en misericordia (Blue Letter Bible Lexicon, Strong’s G4697). No estamos observando una respuesta fría, interesada únicamente en recordar las faltas cometidas, sino una reacción que revela la alegría del padre al recibir a su hijo. Y esa misericordia tiene una importancia especial dentro del propósito de la parábola.

Recordemos que Jesús estaba respondiendo a quienes criticaban que recibiera a los pecadores. Mediante esta historia, el Señor estaba mostrando el gozo relacionado con el arrepentimiento y confrontando la actitud de quienes no comprendían la misericordia divina.

Por eso, aunque encontramos una aplicación pastoral para nuestros hogares, el padre de la parábola no debe convertirse simplemente en un manual de técnicas para criar adolescentes. La enseñanza principal apunta hacia la gracia de Dios y su disposición a recibir a los pecadores arrepentidos. Pero precisamente esa verdad también debe examinar nuestro corazón. ¿Cómo respondemos cuando un hijo reconoce que se equivocó?

Algunos padres han esperado durante mucho tiempo que su hijo admita una falta, pero cuando finalmente lo hace, comienzan a recordarle cada error cometido. En lugar de abrir una oportunidad para la reconciliación, convierten la conversación en un juicio donde parece imposible obtener perdón. Por supuesto, perdonar no significa eliminar todas las consecuencias. Si un hijo ha causado daño, quizás necesite reparar aquello que hizo, recuperar la confianza o aceptar restricciones razonables.

Sin embargo, debemos distinguir entre corregir una conducta y mantener a una persona permanentemente condenada por su pasado. Un joven que regresa buscando ayuda necesita encontrar padres dispuestos a escuchar la verdad, aunque sea dolorosa. Si responde con arrepentimiento, debemos procurar recibirlo con amor y acompañarlo mientras comienza a corregir su camino. Y si todavía no está dispuesto a cambiar, tampoco debemos utilizar el amor como una recompensa que solamente puede recibir cuando haga exactamente lo que deseamos.

Podemos mantener nuestras convicciones, establecer límites necesarios y continuar tratándolo con dignidad. Esto no significa permitir violencia, abuso o conductas que pongan en peligro a otros miembros de la familia. En esas circunstancias debemos proteger a quienes puedan resultar afectados y buscar ayuda apropiada. Pero en medio de los conflictos ordinarios de la crianza, necesitamos recordar que un hijo no deja de necesitar nuestro amor porque está atravesando una temporada de dificultad espiritual.

Hay algo más que no debemos pasar por alto. La parábola no termina simplemente con el regreso del hijo menor. Jesús también presenta la reacción del hermano mayor, quien se enojó al conocer la celebración preparada por su padre. Esto nos recuerda que una persona puede estar físicamente cerca de la casa y, sin embargo, tener un corazón lleno de resentimiento.

No debemos medir toda la condición espiritual de nuestros hijos únicamente por su asistencia a la iglesia o su participación en actividades religiosas. Esas prácticas son importantes, pero no sustituyen el arrepentimiento, la fe y la obediencia sincera. Por eso la esperanza de nuestra familia debe estar puesta en Jesucristo.

Él es quien murió por nuestros pecados y resucitó para ofrecer salvación a todo aquel que se arrepiente y cree en Él. Ninguno de nuestros hijos puede salvarse por pertenecer a una familia cristiana, del mismo modo que ninguno de nosotros puede alcanzar la vida eterna por haber crecido dentro de una congregación.

La salvación es por gracia mediante la fe en Jesucristo, como enseña Efesios 2:8-9. Y esa es la verdad que debemos continuar anunciando, tanto al hijo que parece alejado como al que participa fielmente en todas las actividades de la iglesia. Porque nuestra mayor responsabilidad no consiste en conseguir que nuestros hijos mantengan una apariencia religiosa, sino en enseñarles a conocer al Salvador y vivir bajo su autoridad.

CONCLUSIÓN

Cuando nuestros hijos adolescentes se alejan de Dios, es natural que sintamos tristeza y preocupación. Hemos dedicado años a enseñarles, corregirlos y acompañarlos, y cuando comienzan a rechazar aquello que consideramos más importante, podemos sentir que todo nuestro esfuerzo fue inútil.

Pero no debemos permitir que ese dolor nos conduzca hacia la desesperación, la manipulación o el abandono de nuestra responsabilidad. La parábola del hijo pródigo nos recuerda que el pecado tiene consecuencias, que el arrepentimiento debe ser personal y que la misericordia de Dios está abierta para quienes verdaderamente regresan a Él.

También nos obliga a examinar nuestra manera de amar. Tal vez hemos convertido cada conversación con nuestro hijo en una discusión religiosa. Quizás hemos reaccionado con enojo cuando expresa una duda sincera, o hemos estado más preocupados por lo que otras personas piensan de nuestra familia que por comprender lo que realmente está sucediendo en su corazón.

Si descubrimos esas actitudes, necesitamos reconocerlas delante del Señor y comenzar a corregirlas. No podemos vivir la fe en lugar de nuestros hijos. Tampoco podemos arrepentirnos por ellos ni garantizar que tomarán las decisiones que deseamos. Pero sí podemos continuar enseñando la verdad, mantener una relación donde exista espacio para conversar y mostrarles mediante nuestro ejemplo que la fe cristiana no es solamente una costumbre familiar. Y aquí quiero que pensemos en una situación muy concreta.

Quizás esta semana nuestro hijo vuelva a decirnos que no quiere acompañarnos a la iglesia. Tal vez nos haga una pregunta que nos incomode, o nos confiese que ya no está seguro de creer lo mismo que nosotros. Antes de reaccionar, escuchemos.

Preguntemos qué lo llevó a pensar así, tratemos de comprender sus inquietudes y respondamos con la verdad de las Escrituras. No tenemos que aprobar todo lo que diga, pero tampoco necesitamos convertir cada desacuerdo en una batalla donde alguien debe terminar derrotado.

Si hemos sido injustos, pidamos perdón. Si necesitamos establecer límites, hagámoslo con firmeza y amor. Y si nuestro hijo ha tomado decisiones que no podemos cambiar, perseveremos en la oración sin utilizar la culpa como instrumento de presión.

Recordemos que Jesucristo no vino a salvar personas que podían presentar una vida perfecta delante de Dios. Vino a llamar a pecadores al arrepentimiento. Y esa verdad también debe renovar nuestra esperanza.

No sabemos qué decisiones tomarán nuestros hijos mañana, ni podemos asegurar que cada uno terminará regresando a la fe. Pero conocemos al Señor que recibe con misericordia al pecador arrepentido, y podemos confiarle nuestras preocupaciones mientras cumplimos fielmente la responsabilidad que nos ha dado.

Que nuestros hogares no se conviertan en lugares donde los hijos tengan que aparentar santidad para sentirse amados, ni en lugares donde llamemos amor a la indiferencia frente al pecado.

Necesitamos familias donde se enseñe la verdad, se practique el arrepentimiento y el perdón tenga un lugar verdadero. Porque cuando un hijo se aleja de Dios, nuestro propósito no debe ser simplemente conseguir que vuelva a sentarse en una banca de la iglesia. Nuestro anhelo debe ser mucho más profundo: que conozca verdaderamente a Jesucristo, se arrepienta de sus pecados y aprenda a caminar en obediencia a su Palabra.

Y mientras oramos por ese día, sigamos siendo padres que aman sin encubrir el pecado, corrigen sin humillar y permanecen fieles al Señor, incluso cuando el camino de nuestros hijos nos llena de preocupación.

© Rafael Rodríguez. Todos los derechos reservados.

Rafael Rodríguez
Autor

Rafael Rodríguez

Mi nombre es Rafael Rodríguez, y tuve la bendición de crecer en un hogar cristiano, donde desde pequeño aprendí a valorar la Palabra de Dios y a reconocer la importancia de vivir conforme a sus enseñanzas. Con el paso de los años, ese fundamento que recibí en mi hogar fue despertando en mí un deseo cada vez mayor de profundizar en las Escrituras y compartir con otros las verdades que encontramos en ellas. No soy pastor de ninguna iglesia, simplemente soy un creyente que ama la Palabra de Dios y reconoce cuánto necesitamos de ella en nuestra vida diaria. Cuando escribo, mi mayor preocupación es mantenerme fiel a lo que enseñan las Escrituras, sin acomodar su mensaje a nuestras opiniones o preferencias personales, porque estoy convencido de que la verdad de Dios no necesita ser modificada, sino comprendida, obedecida y compartida. Mi deseo es que cada artículo que tengas la oportunidad de leer no solamente aumente tu conocimiento bíblico, sino que también te anime a examinar tu corazón, fortalecer tu fe y caminar cada día más cerca de nuestro Señor Jesucristo. Si algo de lo que comparto te ayuda a abrir tu Biblia con mayor interés y a conocer mejor a Dios, entonces este esfuerzo habrá valido la pena.

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