Prédica cristiana basada en Proverbios 3:9-10: Las primicias enseñaron a Israel a reconocer que todo proviene de Dios. En Cristo, nosotros damos con gratitud y generosidad, sin convertir la ofrenda en una fórmula para comprar bendiciones.
Introducción
Uno de los temas que todavía provoca preguntas, discusiones y hasta desconfianza dentro de muchas iglesias cristianas es el dar. Hablamos de ofrendas, diezmos, primicias y de nuestra responsabilidad de sostener la obra de Dios, pero cuando estos temas no se enseñan correctamente pueden convertirse fácilmente en motivo de confusión.
Y tenemos que reconocer algo desde el principio: la iglesia nunca debe manipular a las personas con miedo, prometer riquezas a cambio de una ofrenda ni presentar el dinero como una llave para comprar el favor de Dios.
Pero tampoco debemos reaccionar al abuso dejando de enseñar aquello que la Biblia sí dice acerca de nuestros bienes, nuestra generosidad y nuestra responsabilidad delante del Señor.
Todo lo que somos y todo lo que tenemos proviene finalmente de Dios. Nuestra vida, capacidades, oportunidades, fuerzas y recursos existen porque Él nos los ha permitido administrar. Por eso la pregunta correcta no es solamente: “¿Cuánto tengo que darle a Dios?”, sino algo mucho más profundo: “¿Qué lugar ocupa Dios en aquello que tengo?”
Proverbios declara: “Honra a Jehová con tus bienes, Y con las primicias de todos tus frutos” Proverbios 3:9.
Observe la primera palabra: honra.
El centro de este pasaje no es una fórmula para multiplicar dinero. Es una vida que reconoce a Dios también mediante aquello que posee.
En el Antiguo Testamento las primicias tenían un significado específico dentro del pacto de Dios con Israel. El pueblo debía entregar los primeros frutos de la tierra como reconocimiento de que la cosecha, la tierra y la provisión provenían del Señor.
Pero nosotros vivimos bajo el nuevo pacto en Jesucristo, y por eso debemos hacer una distinción importante. La Biblia no ordena a la iglesia del Nuevo Testamento que presente las primicias agrícolas de Israel como una obligación financiera que garantice prosperidad material.
Lo que sí permanece es el principio espiritual: Dios merece el primer lugar, debemos honrarlo con nuestros recursos y nuestra generosidad debe reflejar gratitud, obediencia y amor.
Así que hoy vamos a examinar qué eran realmente las primicias, qué principios podemos aplicar a nuestra vida cristiana y, sobre todo, cómo Jesucristo transforma nuestra manera de entender todo aquello que Dios ha colocado en nuestras manos.
I. Las primicias enseñaban a Israel a reconocer que todo provenía de Dios
Para entender correctamente las primicias tenemos que comenzar donde la Biblia comienza.
Dios había prometido una tierra a Israel. Cuando el pueblo entrara, cultivara aquella tierra y recibiera su cosecha, debía recordar quién se la había entregado.
Por eso Moisés enseñó:
“Cuando hayas entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da por herencia, y tomes posesión de ella y la habites, entonces tomarás de las primicias de todos los frutos que sacares de la tierra que Jehová tu Dios te da, y las pondrás en una canasta, e irás al lugar que Jehová tu Dios escogiere para hacer habitar allí su nombre” Deuteronomio 26:1-2.
El contexto es importante.
Estas instrucciones fueron dadas específicamente a Israel cuando entrara en la tierra prometida. El israelita tomaba los primeros frutos de aquello que Dios le había permitido cosechar y los llevaba delante del Señor.
Pero no era solamente una transacción económica.
- Era memoria.
- Era gratitud.
- Era adoración.
Al presentar aquellos frutos, el israelita reconocía que no había llegado a la tierra simplemente por su propia capacidad. Dios había sido fiel a su pacto.
Por eso Deuteronomio 26 continúa recordando la historia de la liberación de Egipto. La ofrenda estaba conectada con la memoria de lo que Dios había hecho.
La palabra hebrea רֵאשִׁית (rē’shîth), Strong H7225, utilizada en el Antiguo Testamento y traducida según el contexto como principio, primero, parte principal o primicias, comunica precisamente la idea de aquello que ocupa el primer lugar en tiempo, orden o importancia. Cuando se utiliza para las primicias, habla de la primera porción de la producción presentada delante de Dios. Fuente: Blue Letter Bible Lexicon Strong’s H7225.
Esto nos ayuda a corregir una expresión que muchas veces hemos escuchado: la palabra “primicias” no significa literalmente “una promesa por venir”. Ese significado no corresponde al término hebreo. Su idea principal es lo primero, el comienzo o la parte principal.
Y precisamente allí está la fuerza espiritual de esta práctica. Israel no esperaba hasta consumir todo para entonces mirar si sobraba algo para Dios. Las primicias colocaban al Señor en primer lugar.
Éxodo declara: “Las primicias de los primeros frutos de tu tierra llevarás a la casa de Jehová tu Dios” Éxodo 34:26.
Y Números dice: “De aceite, de mosto y de trigo, todo lo más escogido, las primicias de ello, que presentarán a Jehová” Números 18:12.
Observe nuevamente el principio: lo primero, lo escogido, aquello que reconocía la prioridad de Dios.
Proverbios recoge esta misma idea cuando declara: “Honra a Jehová con tus bienes, Y con las primicias de todos tus frutos” Proverbios 3:9.
Sin embargo, debemos leer también el versículo siguiente dentro del género sapiencial de Proverbios. Cuando dice que los graneros serán llenos y los lagares rebosarán, está enseñando el principio general de la bendición relacionada con una vida que honra a Dios, no estableciendo una fórmula matemática según la cual entregar cierta cantidad de dinero obliga a Dios a multiplicar nuestra cuenta bancaria.
Dios no es una máquina en la que depositamos una ofrenda y recibimos automáticamente una ganancia.
Eso no es adoración.
Eso sería una transacción.
Y Dios no nos llama a negociar con Él; nos llama a confiar en Él.
Las primicias de Israel enseñaban precisamente eso. Antes de saber cuánto produciría finalmente toda la cosecha, el pueblo reconocía que Dios era quien había dado la tierra, la lluvia, la semilla y la capacidad para trabajar.
Ese principio todavía habla poderosamente a nosotros.
¿Reconocemos verdaderamente que lo que tenemos pertenece al Señor?
¿O solamente buscamos a Dios cuando necesitamos algo más?
Existe una diferencia enorme entre decir: “Señor, bendice lo mío”, y comprender: “Señor, todo lo que tengo está bajo tu señorío”.
II. Bajo el nuevo pacto damos por gracia, no para comprar una bendición
Aquí necesitamos hacer una distinción que protege tanto la verdad bíblica como a la iglesia.
Los mandamientos específicos acerca de las primicias de grano, vino, aceite, animales y cosechas pertenecían al pacto que Dios estableció con Israel.
Deuteronomio 18:4 declara: “Las primicias de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de la lana de tus ovejas le darás” Deuteronomio 18:4.
El contexto muestra que estas provisiones estaban relacionadas con los sacerdotes levitas y con el sistema de adoración establecido para Israel.
Por lo tanto, no debemos tomar directamente este mandamiento y decir que desde el momento en que una persona entrega su vida a Cristo está obligada a entregar una cantidad llamada “primicias” para recibir una bendición económica.
El Nuevo Testamento enseña la generosidad cristiana de otra manera.
Pablo escribe: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” 2 Corintios 9:7.
Esto es sumamente importante.
“Cada uno dé como propuso en su corazón”.
- No dice: “Dé porque alguien lo amenazó”.
- No dice: “Dé porque de otra manera Dios destruirá sus finanzas”.
- No dice: “Dé para comprar una cosecha sobrenatural”.
Dice que demos voluntariamente, con un corazón dispuesto y alegre.
La gracia no elimina la generosidad. En realidad, la profundiza.
El cristiano no pregunta solamente cuál es la cantidad mínima que tiene que entregar para cumplir una obligación. Quien entiende la gracia comienza a preguntar: “¿Cómo puedo utilizar aquello que Dios me ha confiado para glorificarlo y ayudar a otros?”
Esto incluye sostener responsablemente la obra del Señor, ayudar a quienes tienen necesidad, cuidar nuestra familia, administrar sabiamente nuestros recursos y aprender a compartir.
Incluso la manera práctica de dar ha cambiado mucho con el tiempo. Hoy una persona puede dar mediante efectivo, cheque, transferencia bancaria o una plataforma digital. El método cambia; el principio espiritual no cambia.
Dios mira el corazón.
Por eso debemos ser particularmente cuidadosos cuando escuchamos expresiones como: “Da esta cantidad y Dios está obligado a devolverte diez veces más”, “siembra esta semilla y recibirás tu milagro”, o “si no entregas tus primicias perderás la protección de Dios”.
Esas afirmaciones convierten la generosidad en superstición.
La Biblia no enseña que una ofrenda pueda comprar protección divina. Tampoco enseña que entregar dinero sea un acto profético mediante el cual ordenamos a las potestades espirituales que no pueden tocar nuestros bienes. Nuestra protección y nuestra seguridad no descansan en una cantidad que entregamos. Descansan en Dios. Y nuestra salvación descansa completamente en Jesucristo.
Esta es también la razón por la cual debemos interpretar correctamente Mateo 6:33: “Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” Mateo 6:33.
Jesús no estaba enseñando una fórmula acerca de entregar primicias.
Estaba hablando de la ansiedad relacionada con comida, bebida y vestido, y enseñando a sus discípulos a buscar primero el reino de Dios confiando en el cuidado del Padre.
Pero el principio sí toca nuestras finanzas. Cuando el reino de Dios ocupa el primer lugar, el dinero deja de ser nuestro dios. Ya no vivimos solamente para acumular. Ya no medimos nuestra vida exclusivamente por aquello que poseemos. Ya no damos para tratar de manipular a Dios. Administramos, compartimos y damos porque Dios ya ocupa el primer lugar. Y aquí debemos mirar a Jesucristo.
Dios no nos enseñó generosidad solamente mediante mandamientos; nos mostró la expresión más grande del dar en su propio Hijo.
La Escritura declara: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” Juan 3:16.
Dios dio, y dio aquello que nosotros jamás hubiéramos podido comprar. Por eso nuestra generosidad cristiana debe nacer primero del evangelio. No damos para conseguir que Dios nos ame. Damos porque hemos conocido su amor.
No damos para comprar nuestra salvación. Damos porque nuestra salvación fue comprada por Cristo. No damos para impresionar a otros. Damos porque reconocemos que todo lo que somos pertenece al Señor.
III. La verdadera bendición de poner a Dios primero se encuentra finalmente en Cristo
El problema más grande de algunas enseñanzas acerca de las primicias aparece cuando la bendición de Dios se reduce casi exclusivamente a dinero, propiedades, negocios o abundancia material.
La Biblia presenta una bendición mucho más grande. Tenemos que recordar que hombres fieles a Dios también atravesaron temporadas de necesidad. Los apóstoles sufrieron. Pablo conoció abundancia y también escasez. Los primeros cristianos enfrentaron persecución.
Por lo tanto, no podemos enseñar que la presencia de dificultades económicas demuestra automáticamente falta de fe, ni que la abundancia económica demuestra automáticamente una espiritualidad superior.
Tampoco debemos utilizar Hageo 2:8, “Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos”, como si Dios estuviera prometiendo entregar riqueza a todo creyente.
En su contexto, Hageo está hablando de la reconstrucción del templo y de la gloria que Dios daría a aquella casa.
La enseñanza que sí podemos tomar es poderosa: Dios es dueño de todo. Nosotros somos administradores. Eso cambia nuestra perspectiva acerca de nuestros recursos.
También debemos tener cuidado con 1 Corintios 2:9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, Ni han subido en corazón de hombre, Son las que Dios ha preparado para los que le aman”.
El contexto no está prometiendo casas, automóviles o abundancia financiera. Pablo está hablando de la sabiduría de Dios revelada por el Espíritu y del plan redentor que el mundo no comprendió. Cuando respetamos el contexto, la Biblia se vuelve más fuerte, no más débil.
No necesitamos fabricar promesas materiales que Dios nunca hizo para convencer a alguien de que sea generoso. Tenemos algo mucho mayor. Tenemos a Cristo. Y el Nuevo Testamento utiliza precisamente el lenguaje de las primicias para llevarnos directamente a Él.
Pablo declara: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” 1 Corintios 15:20.
Observe qué hermosa transformación del concepto. Las primicias de la cosecha aparecían primero y anticipaban aquello que todavía vendría. Y Cristo resucitó como las primicias de aquellos que también serán resucitados.
- Nuestra esperanza final no consiste en que nuestros graneros estén llenos.
- Nuestra esperanza final es la resurrección.
- Nuestra mayor riqueza no es aquello que podemos acumular durante unos cuantos años en esta tierra.
- Nuestra riqueza verdadera está en Cristo.
Eso no significa que Dios no provea. Claro que provee. Jesús nos enseñó a pedir nuestro pan de cada día. La Escritura constantemente nos llama a confiar en el cuidado del Padre. Pero provisión no significa necesariamente lujo, y bendición no significa necesariamente riqueza.
Podemos tener mucho dinero y estar espiritualmente vacíos. Podemos tener recursos limitados y poseer una riqueza espiritual que ningún banco puede medir. La bendición más grande que Dios nos ha dado tiene nombre. Jesucristo.
Por eso cuando hablamos de darle a Dios lo primero y lo mejor, debemos comenzar mucho antes de hablar de una ofrenda.
- Dios quiere nuestro corazón.
- Quiere nuestro tiempo.
- Quiere nuestros dones.
- Quiere nuestra obediencia.
- Quiere que nuestra familia esté bajo su señorío.
- Quiere que también nuestras finanzas estén bajo su autoridad.
Y cuando nuestras finanzas están sometidas a Cristo, aprendemos a trabajar con responsabilidad, evitar deudas innecesarias, cuidar nuestra familia, ahorrar con sabiduría, ayudar al necesitado y contribuir generosamente a la obra de Dios.
Eso también es mayordomía cristiana.
Hoy debemos tener especial cuidado porque existen personas que utilizan la necesidad de otros para enriquecerse.
Pedro advierte acerca de quienes tienen “el corazón habituado a la codicia” 2 Pedro 2:14.
Por eso un creyente maduro no entrega dinero porque alguien le promete una solución mágica. Examina. Ora. Conoce la Palabra. Pregunta cómo se administran los recursos. Da con libertad y responsabilidad. Y nunca piensa que puede comprar mediante una ofrenda aquello que solamente la gracia de Dios puede conceder.
Si una congregación decide llamar “primicias” a una ofrenda especial mediante la cual sus miembros voluntariamente quieren honrar a Dios con lo primero de sus ingresos, puede hacerlo como una práctica voluntaria de gratitud.
Pero no debemos convertir esa práctica en una nueva ley de Moisés para la iglesia.
- No debemos declarar maldito a quien no participa.
- No debemos prometer riqueza automática a quien entrega.
- No debemos utilizar miedo para recaudar dinero.
Porque la ofrenda cristiana debe nacer de un corazón libre, agradecido y transformado por Cristo.
Conclusión
Entonces, ¿qué podemos aprender acerca de la bendición de las primicias?
Primero, aprendemos que Dios enseñó a Israel a reconocer que la tierra, la cosecha y la provisión provenían de Él. Las primicias colocaban delante de sus ojos una verdad que nosotros también necesitamos recordar: todo pertenece finalmente al Señor.
Segundo, comprendemos que bajo el nuevo pacto no damos para comprar bendiciones ni para cumplir un sistema mediante el cual obligamos a Dios a prosperarnos.
- Damos porque hemos recibido gracia.
- Damos voluntariamente.
- Damos generosamente.
- Damos responsablemente.
- Damos con alegría.
Y tercero, comprendemos que la verdadera bendición de Dios alcanza su expresión más gloriosa en Jesucristo.
- Él es nuestra esperanza.
- Él es nuestra salvación.
- Él es aquel que murió por nuestros pecados y resucitó como las primicias de los que durmieron.
Por eso no necesitamos convertir una ofrenda en una fórmula financiera. Tenemos algo mucho más profundo. Podemos colocar toda nuestra vida delante del Señor y decirle: “Todo lo que soy, todo lo que tengo y todo lo que puedo llegar a tener pertenece a ti”.
Tal vez hoy debemos examinar nuestra relación con el dinero.
- ¿Somos agradecidos?
- ¿Somos generosos?
- ¿Sostenemos responsablemente la obra del Señor?
- ¿Ayudamos a quienes tienen verdadera necesidad?
- ¿O nuestro dinero se ha convertido en aquello que determina nuestra seguridad, nuestra felicidad y nuestras decisiones?
Jesús dijo: “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” Mateo 6:21.
Ahí está finalmente la pregunta. No solamente cuánto damos. ¿Dónde está nuestro corazón? Podemos entregar dinero y mantener nuestro corazón lejos de Dios. Pero cuando Cristo posee nuestro corazón, también comenzamos a colocar nuestros recursos bajo su señorío. Así que honra al Señor con aquello que tienes.
- Dale el primer lugar.
- No le presentes las sobras de tu vida.
- Pero tampoco des por miedo ni porque alguien te prometió riquezas.
- Da porque amas a Dios.
- Da porque estás agradecido.
- Da con sabiduría.
- Da con alegría.
- Y sobre todo, entrégate primero tú mismo al Señor.
Porque nuestra mayor bendición no está en aquello que Dios puede colocar en nuestras manos, sino en aquel que fue clavado en una cruz por nosotros, resucitó al tercer día y ahora nos ofrece una esperanza que ningún dinero puede comprar.
Jesucristo es nuestra verdadera riqueza.
Y cuando Él ocupa el primer lugar, aprendemos a utilizar todo lo demás para su gloria.
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