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Rodeado de Jóvenes

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Para los trabajadores azucareros de Cuba, el año estaba dividido en dos períodos totalmente diferentes: LA ZAFRA Y EL TIEMPO MUERTO. La primera era bien recibida por todos. Aparecía mucho trabajo y con él, el dinero para pagar las deudas contraídas durante el año y avanzar un poco más.

La segunda era terrible. Muchos cesaban de trabajar y el espíritu de pobreza señoreaba en las zonas rurales, dejando sin empleos a la mayoría de los trabajadores.

La necesidad se hacía amiga inseparable de los préstamos y las deudas y el descontento se hacía representativo. Pero a pesar de las calamidades, alguna sustancia se le podía sacar a este hueso, y yo lo hacía, escuchando las historias que Leonardo Abreu contaba, a su regreso de las provincias orientales, después de concluir la zafra, trabajando en un central azucarero.

En el portal de la casa, sentado en su sillón y con las dos piernas descansando sobre la baranda; Don Leonardo contemplaba el día, y de cuando en cuando, echaba un vistazo a los animalitos domésticos que tenía en el patio.

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Un grupo de jóvenes -entre los cuales yo nunca faltaba- lo rodeábamos sentados en el suelo para escuchar algunas historias. Leonardo las contaba con una voz suave y educada, todas eran interesantes; pero a mí las que más me fascinaban, eran las de su perro Sultán.

Sultán era el perro, según Leonardo, más valiente de la tierra y lo había demostrado fehacientemente en reiterados combates, en los cuales muchas veces se tuvo que enfrentar a más de un perro al mismo tiempo, consiguiendo ser el vencedor.

De todas las batallas de Sultán, yo escogí de primera, aquélla que Leonardo me contaba que había recibido por escrito un acuerdo, que él aceptó sin titubear, que decía: “Después que Mahoma haga presa, suelto a Carola”.

Mahoma era un perro y Carola una perra, ambos temibles y de buena presa a los cuales el valiente Sultán se enfrentó al mismo tiempo, como resultado de la desafiante misiva que recibió Leonardo, su dueño, quien no pudo evadirla para no poner en evidencia la confianza que le tenía a su perro, el que finalmente no lo defraudó, alcanzando la victoria una vez más.

Leonardo contaba estas historias con todos los detalles, con serenidad y mucha paz; largo y tendidamente, además de tener que responder a las preguntas que yo le formulaba después de cada relato.

Pero él tranquilizaba mi curiosidad con una respuesta suave y diáfana, que cubría todas las interrogantes. Y así nos regresábamos a casa los jóvenes, ocupando uno de los anaqueles de nuestra memoria, con una nueva historia.

¿Por qué aquellos jóvenes teníamos un poco de paciencia para sentarnos a oír a un mayor que contaba unas historias sanas? ¿Por qué los jóvenes de hoy no tienen paciencia para escuchar a los mayores y le llaman a esa buena costumbre old- fashioned y la sustituyen por oídos sordos e incomprensión?

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La respuesta a las preguntas anteriores ya la hemos dado otras veces en estas páginas: Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; 1 Pedro 5:8.

Efectivamente, el enemigo sabe que su tiempo está terminando, y a una velocidad vertiginosa trata de llevarse el mayor número de almas que le sea posible. De aquí, que las buenas costumbres que se han venido practicando por muchos siglos, en sólo unas decenas de años se estén destruyendo.

Pero un león, más fuerte y aun más valiente que el propio perro Sultán del buen amigo Leonardo es JESUCRISTO.

El León de la Tribu de Judá, quien vino a deshacer las malas obras del enemigo. Confía en él y serás salvo.

Quisiera que en mis últimos años de vida, con mucha paz y coordinación mental, pudiera disponer de un cómodo sillón, para sentado sobre él con las piernas descansando sobre la baranda y rodeado de jóvenes, hablarles de ese valiente león que se llama Jesucristo.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca de Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernández, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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