La exhortación de Dios

Reflexiones Cristianas

…Dura es tu palabra; ¿quién la puede oír?..” (Juan 6:60)

El amor no se goza en la injusticia, por lo que cuando cometemos errores estamos obrando injustamente, ante Dios o nuestro prójimo y por ello no debe sorprendernos que nuestro padre nos reprenda o exhorte.

La corrección es una faceta necesaria en el amor. Así pues, Dios no puede consentirnos cuando hemos pecado. Las palabras de aliento, consuelo o comprensión son primeramente para los que obran conforme a su palabra y para los necesitados, pero firme y de autoridad para aquellos no oyeron su palabra. Su voluntad es perfecta, aceptémosla.

La exhortación es una llamado al arrepentimiento. Cuando nuestro prójimo nos exhorta con amor no está buscando atacarnos o confrontarnos, si no que con humildad, reflexionemos sobre nuestras faltas y alcancemos el arrepentimiento, pues entre hermanos en Cristo, es nuestra responsabilidad cuidarnos recíprocamente.

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Por tanto, una reprensión es un fruto del amor, no del odio. Nuestro señor Jesucristo enseñó esto claramente: “Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale” (Lucas 17:3).

Sin embargo, podríamos confundir la exhortación con una afrenta. A veces nos enfadamos por el comportamiento incorrecto de algún hermano o hermana y no soportamos decirle lo mal que ha estado su proceder, entonces terminamos echándole en cara sus errores.

La corrección divina no deriva en enojo. Para exhortar al prójimo debemos ser sabios (¡Y demostrar un gran ejemplo!), midiendo con precisión nuestras palabras pero sin dejar de ser muy honestos. Veremos que corrigiendo en santidad podremos ser de gran ayuda para el prójimo.

En Proverbios (13:1) podemos leer: “El hijo sabio recibe el consejo del padre; mas el burlador no escucha las reprensiones”. Así también nosotros debemos ser sabios, maduros y humildes para aceptar la palabra de nuestro padre, ya cuando es tierna y dulce, como también cuando es estricta y de exhortación.

Aprendamos a madurar en la palabra de Dios, que es como leche y miel para los que se inician en ella y de consistencia más sólida a medida que crecemos. El apóstol Pablo exhorta a los corintios en este sentir: “De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía” (1 Corintios 3:2).

De manera que la palabra de exhortación de Dios es de autoridad divina, por lo tanto puede resultar dura de aceptar si aún no hemos crecido espiritualmente. Pero también podría convertirse en gran alivio para nuestra alma si la escuchamos con humildad.

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