La violencia

Reflexiones Cristianas

Si vemos la historia del ser humano, la violencia ha estado siempre presente en sus pensamientos y actos. De hecho, algunos justifican esto al decir que tender a la violencia es instintivo, que biológicamente estamos “hechos” para hacer el mal al otro. Lo lamentable es que una vez abierta la herida, el prójimo afectado podría también buscar retribuir el dolor. Es de esta forma que el ciclo de la violencia pervive entre nosotros.

¿Qué hacer para detener este monstruo de dolor y odio? La respuesta para todo cristiano es sencilla y única: vivir verdaderamente en el amor que Dios nos ha enseñado. No obstante, ¿en qué consiste exactamente este mandamiento celestial? Porque en nuestro mundo actual urge actitudes concretas que bien podrían ser la calma y paz a la pena, horror, miedo, angustia y tristeza con los muchos corazones y conciencias aún viven.

La bondad es un arma altamente efectiva contra la violencia. Es más sencillo explicar esto si pensamos en la naturaleza de un niño (o niña), siempre inclinada a brindar lo positivo. Por ejemplo, un niño, antes de aprender nada de los adultos, tiende naturalmente a expresar su bondad, sonriendo, disfrutando, socializando, jugando. Esto provoca otra natural reacciones en nosotros, nos alegra, entretiene, nos enternece o y agrada. E incluso si esto llega a desagradar a otros, lo cierto es cierto es que un niño expresará, ante todo, bondad antes que maldad. En este sentido,¿Por qué no volver a ser niños?

La violencia, sobre todo, es fiel consejera de aquellos que luchan por el poder. La historia nos muestra cómo la humanidad ha experimentado desde siempre los efectos terribles de la lucha por el poder mediante conquistas, muertes, hambrunas, robos, guerras originadas en el egoísmo, envidia y ambición de unos pocos seres malvados. En esta situación tan hostil surge otra vez la la pregunta: ¿Queda alguna alternativa (a parte de la bondad)?

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Lo cierto es que la violencia no progresa si rompemos su ciclo: “mal por mal”, el cual tiene que ver con aquellos engendros del odio como venganza, crueldad, enemistad, resentimiento u opresión. Dando paso a sentimientos de arrepentimiento y perdón podríamos neutralizar a la maldad que tan solo busca lastimarnos los unos a los otros. A su vez, manteniendo la calma, seguridad, confianza y unidad podremos evitar ser presas de aquellos que se han apartado de lo bueno, porque percibiran la fortaleza interna que albergamos. Sobre todo, queda recordar que en el amor, hay corrección, por lo tanto no podemos quedarnos indiferentes ante la maldad, es nuestra responsabilidad exhortar a aquellos que quieren abrazar lo maligno. Nadie podría decir que lograr todo esto es fácil, pero no hay motivo alguno que sugiera que este ideal de amor no es posible de alcanzar.

Porque aunque muchos justifican el odio afirmando que estamos constituidos (biológicamente) de este sentimiento, lo que debe arder dentro de nosotros, como llama de fuego viva, es que entre todos los sentimientos, pensamientos, posturas, concepciones, actitudes o acciones que podamos experimentar, el amor ha sido, es y será el más intenso, fuerte y constituye no solo a nuestro cuerpo, sino también a nuestro espíritu y alma. Por eso siempre concluyo en que no existe otro camino para alcanzar la paz – a la que, al final de cuentas, todos aspiran a llegar) más que en en el amor expresado en las múltiples expresiones de fraternidad, solidaridad, cariño y respeto que tan perfectamente nos ha sido enseñado por Dios.

“…Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres…” Romanos 12:18

© Favio Sz Jaramillo. Todos los derechos reservados.

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